Las cartas de amor de un soldado desde el frente del 38.

1938, 3-12-38A

A la hermana de mi abuelo le mataron el novio en la Guerra Civil. Lo habían hablado antes de que le llamaran a filas, pero su futuro marido no llegó a tiempo para casarse y mi tía se convirtió en una viuda sin boda. Una mujer vestida de negro que lloró por los hijos huérfanos que ya nunca tendría. “¿Cuándo será, nena, el día en el que tú puedas decir qué nene tengo? pero que sea mío se entiende ¿eh?”, se preguntaba el novio desde la casa particular donde se refugiaba su brigada. Nunca fueron de él, tampoco fueron de nadie. Fue un suspiro antes del final de la contienda, a mitad de camino entre Córdoba y Badajoz, en algún lugar indeterminado del frente republicano. “Me dice Emilio que te diga de su parte que tiene muchas ganas de que termine esta maldita guerra para poder venir a celebrar nuestra boda que ya tiene muchas ganas de que llegue ese día“, le escribió ella un diciembre del 38. Nunca llegó ese día, Emilio nunca estrenó el traje y las toñas, unos bizcochos que entonces eran el único convite para la celebración, se quedaron sin hornear. En las trincheras en las que se ha convertido twitter, muchos pensarán al leer este relato que él era un rojo alistado por conciencia y otros tantos que fue un valiente defensor de un régimen legítimo. Ni lo uno ni lo otro. Sin militancias políticas ni ganas de oír hablar de ello, lo del hombre que pudo ser mi tío fue un accidente geográfico, un muchacho nacido en un pueblo de Alicante al que le pusieron un fusil entre las manos y lo trasladaron de ojo en ojo del huracán. “Pues verás nena de por aquí sólo puedo decirte que hago la vida de viajante“, le escribía, de pueblo en pueblo, como unos comerciantes de su propia vida que regateaban a diario con la muerte.

Ni arribas España ni no pasarán, lo único que no se rindió en aquel hombre durante sus tres años de guardias, disparos y hambre fue el ánimo de reencontrarse con su novia, con su amor. “Nena no sabes cuántas son las ganas de que llegue el día de poderte abrazar de verdad, pero en fin, qué vamos a hacer, paciencia hasta que quiera llegar ese día“, le animaba él. El encuentro parecía inminente, en diciembre del 38 al soldado le habían prometido un permiso para volver a casa, una tregua en su lucha de tres años contra los piojos que se asían a sus mantas. “Sobre lo que me dices que ya no te digo nada sobre el permiso tengo que decirte que no creas que por eso es que no voy a ir, pues tú ya sabes que a mí siempre me ha gustado avisar con el golpe (…) lo más seguro es que vaya para Navidad así que tú nena mía no te hagas el ánimo para antes“. Mi tía era una mujer de pueblo, una católica practicante que no quería acompañar a solas al cine a su novio hasta que no estuvieran casados y él un agricultor sin ideales que escribía cartas en el reverso de una factura, un hombre obligado a disparar contra el prójimo. Ni negro ni blanco, ni rojo ni azul, en la lucha de poderes los muertos siempre los pone el pueblo

“Nena solamente cuatro letras para tu tranquilidad”, repetía como un mantra en todas sus misivas. La última no fue una excepción: “Nena cuatro letras solamente para tu tranquilidad, puesto que tú no tienes prisa de escribirme según veo, por lo visto es que te vas olvidando de mí ¿no es verdad nena mía que sí?”. No era cierto, no se olvidó nunca mi tía de él. Yo la recuerdo siempre con aquel eterno vestido negro, tejiendo a ganchillo junto a una ventana como una Penélope que tiene la certeza de que Ulises no va a volver. “Ya se que me vas a decir que no tengo razón lo que ocurre es que no tienes tiempo (…) pobretica, cúanta faena tienes ¿Es verdad nena mía? Pero en fin, no te apures que esto son cuatro días y entonces ya podré ayudarte yo ¿No te parece bien nena?“. Lo mataron con los albores del cuarto día y nunca más se pudieron ayudar.

30. agosto 2013 by Carlos Torres
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Comments (4)

  1. Cómo bien dices Carlos en la muerte no hay colores.. solo uno: el de la sangre que los iguala a todos frente al dolor.. Siguen pasando siglos y quien decide las guerras o las modernas “intervenciones militares” (como en este momento lo están haciendo Obama – premio Nobel de la Paz – y otros tantos..) no son quiénes dejan la vida y los sueños en las trincheras.. Triste destino el de los jugadores que no son dueños del tablero y no pueden cambiar las reglas del juego…

  2. ¡Madre mía! Lo cierto es que desde el sofá de casa todo se ve tan “irreal” que creemos que todo esto no es más que pura novela. Desde luego un NO enorme a las guerras que no dan sino para que algunos midan qué tan grande tienen el … ego.

  3. Muy bueno Carlos, muy personal y tan real como lo que está ocurriendo en Siria, un abrazo!!

  4. Extraordinario. El retrato universal de miles de vidas acuciadas por la barbarie. Un texto eterno, joder

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