Hasta siempre, Javier

El viernes Javier Cambronero se nos fue. He leído desde entonces varios emotivos textos de homenaje pero en ninguno se menciona lo buena que estaba su fabada. Si hay algo que recuerdo bien de Javier es que cocinaba con la misma pasión las letras y las legumbres. Cuando uno entraba en su casa, y ya se había acostumbrado al olor del puro, lo encontraba casi siempre entre montañas de platos con el uniforme de batalla: una cuchara, un delantal y unas mangas de camisa. Su generosidad era tal que acabarse las raciones de calamares, carne o pochas (cuando no las tres en una sola comida), se convertía en una titánica proeza. Recuerdo a la primera comida a la que asistí, hará siete u ocho años, su figura me impresionó tanto que le confesé a su hija que desde entonces para mí su padre se convertía automáticamente en Don Javier y, aunque a él no le gustara, no se hablaría más.

Hoy leo en el obituario de El País lo mucho que lo querían, admiraban y defendían los editores a los que distribuyó. No es para menos, todos sabían que cuando Javier tronaba la cultura llovía, por mucho que en cada nueva tempestad la riada se llevara los mejores esfuerzos de sus años.  Quién sabe, quizá por eso guardaba tantos botijos, para poder conservar fresco y puro en su soñado retiro salmantino el talento que le sobraba. Mitad charro,  mitad madridista, como su admirado Del Bosque, Javier disfrutaba lo mismo con versos de Plath que con los de Zidane. Y de ambos sabía tanto que a menudo hablar con él se convertía en una interminable partida de trivial en la que era imposible ganar si él no se dejaba perder. Pero él siempre se dejaba, porque  solo una cosa tuvo más grande que su generosidad: el amor por sus hijas.

A mí, que me fui de Aspe a Madrid con la barba sin cerrar y el miedo en el cuerpo, me acogió en su casa como a uno más de los suyos.  Me dio parte de su calor, me ofreció el bien preciado de sus libros y me alimentó en abundancia en todos los sentidos. Javier fue un mentor, siempre me animó a creer en mí y a escribir este blog. Y aunque esta mañana es una de las más tristes de las que nos ha tocado vivir no puedo más que dedicarle una entrada para darle las gracias por tanto, por cómo y por qué.

El viernes nos pidieron que le recordáramos como él era. Por eso, al volver a casa, abrimos una botella de escocés que un amigo guardaba para regalársela, encendimos el Grândola Vila Morena y brindamos por él.  Fue como si un intenso olor a puro entrara por las rendijas de la calle para despertar ese Madrid que ya nunca será como antes. Hasta siempre, Javier.  Te has llevado contigo el Don que solo tú tenías, pero has dejado en cada esquina un amigo.

10. junio 2013 by Carlos Torres
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Comments (7)

  1. Hay veces que la expresión «Siempre se van los mejores» es una jodida verdad.

    http://masclaroagua.blogspot.com

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  3. Sin duda lo mejor que he leido sobre mi tio. Gracias Carlos

  4. Yo no podría haberlo dicho tan bonito. Muchas gracias por compartir tus recuerdos.

  5. Gracias por tus letras y lo que contienen,por tus sentimientos y formas de espresarlos.He deseado en mi vida poder darle a las palabras ese sonido que aclara los sentires…y no lo logro pero si sé reconocer cuando una persona lo hace,lo intenta y lo logra.Me alegra enormemente comprobar que hay seres como tú,enrolados en la sensibilidad y su descubrimiento.Gracias,Carlos.

  6. No puedo comentar nada, pero son tus palabras tan sencillas y cariñosas que abren el corazón de cada uno de nosotros. Gracias Carlos por expresarte de esta forma tan excepcional.

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