Barcelona en plano secuencia. El padrón.

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Cambiar de ciudad es como cerrar una etapa y abrir una herida al mismo tiempo. La herida del recuerdo, que se deforma tanto que acaba por parecernos incluso bonita, nos escuece al acordarnos de todos esos a los que uno va dejando atrás y con los que tanto quiso alguna vez. Recuerdo la primera Navidad que volví a casa como un chorro de vinagre, balsámico tal vez, pero vinagre que arañaba la memoria hasta dejarla a flor de piel. Por suerte, ahora uno ya esta acostumbrado a la ruina de los andenes y cuando la nostalgia anuncia una grieta siempre hay algún consuelo con el que poder taparla. Salvo hoy, que me siento uno mas de esos miles de personas que llegaron a la oficina del padrón con un pueblo a sus espaldas y salieron engullidos por la solitaria multitud de las masas.

Llevo más de diez años fuera de casa y, aunque no empadronarme era tan infantil como el niño que se tapa los ojos para esconderse, desde hoy soy una víctima de la burocracia. Me digo a mi mismo que sólo es un papel, una formalidad,  un puñado de letras bien ordenadas que me convierten en ciudadano de una urbe empeñada en arrancar semillas de las provincias y, sin embargo, la celulosa ha caído como una losa sobre la raíces de esta maceta de años a la que a veces nos da por llamar vida. Es una pequeña traición a la infancia. Quién me lo iba a decir a mí hace diez años. De habitante de Aspe a ciudadano del Farró, Barcelona. De gañán a urbanita en un sello de goma.

Ya se me pasará, al fin y al cabo da igual que a mitad de camino en los viajes uno ensaye su mejor acento, hace tiempo que en el pueblo me llaman catalán (antes era madrileño) y en Cataluña valenciano. Condenados a jugar a abogados del diablo, donde en la urbe defiendes al pueblo y en el campo a la ciudad.  Supongo que algún día desistiré y acabaré por asumirlo, da igual lo que diga el padrón, los que viajamos en los Talgos tenemos patrias de ida y vuelta. Por suerte, al menos por esta vez, las vías son junto al mar.

06. abril 2013 by Carlos Torres
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Comments (5)

  1. A mí me ocurrió algo parecido, pero lo resolví de inmediato, me explico:
    Yo soy madrileño por casualidad, pues en el momento de venir al mundo, dio la casualidad que mi madre estaba ahí, si lo hubiera dejado para un mes después habría sido donostiarra, pues es donde se fue mi madre a poco de nacer yo, en cambio si llego a este mundo dos meses antes habría sido valenciano, ¿como es posible? sencillamente mis padres eran de los que habían perdido en la guerra «incivil» y buscaban trabajo en donde podían, encima yo estaba por llegar al mundo y la cosa era acuciante.
    Por lo descrito verás que soy de Madrid por casualidad, pues es donde en ese momento estaba mi madre, y yo no iba a hacer lo que decía el gran Miguel Gila: Nací solo porque mi mamá había salido salido a un recado.

  2. Y añado a lo comentado anteriormente:
    Uno es donde se empadrona, pues normalmente es el sitio en donde trabajas, yo estaba esperando la jubilación como agua de mayo, para poder empadronarme y vivir en donde me pareciera, pero…… iluso de mí, otra vez una mujer ha decido que no puedo elegir, (en este caso mi compañera) y como ella es urbanita, se acabó la esperanza de dejar una urbe que agobia por un placentero pueblo perdido en medio de la nada donde poder ser feliz, sin tele ni contaminación ni gente siempre con prisas. ¡¡ Que le vamos a hacer!!

  3. Yo, como tú, he perdido la cuenta de los viajes y ya no sé si voy o si vengo… ¿No es una locura? ¿En cuántas camas hemos dormido? ¿En cuantas cocinas hemos desayunado? ¿En cuantos baños nos hemos sentado pensando: «yo es que si no es en mi casa…»? Siempre buscando un piso más barato, una habitación más grande o una calle que esté más cerca.
    Pero nosotros tenemos siempre un lugar al que volver con unos padres que guardan la cama de nuestra infancia y unos amigos que se empeñan en «novachear» nuestras andanzas. Y eso no hay papel que lo borre.

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