Ésta es nuestra amnistía

tram

Cada mañana cruzo a pie uno de esos barrios de Barcelona donde la gente pasea a perros con jersey a rayas hasta que llego a la plaza donde cojo el TRAM que me lleva a la redacción. En la parada no hay tornos ni rejas. Uno puede acercarse y subirse a los tranvías sin necesidad de abonar el billete. Entre una nube de libros, bostezos y conversaciones sobre el tiempo que no llevan a ninguna parte, el tren arranca pasajeros del centro de Barcelona para depositarlos en poco más de media hora en algún sitio indefinido del extrarradio al pie de un polígono. Junto a los trabajadores, algunos estudiantes suben con prisa, llegan tarde a clase y todavía llevan la marca de agua de sus sábanas serigrafiada en las mejillas. Muchos suben sin pagar, quizá porque gastaron el dinero del bonobús y la partida presupuestaria para fotocopias que pidieron por adelantado a sus padres en la última copa de anoche. Entre página y página los miramos con envidia sana. Alguna vez, en algún tranvía que ya pasó de largo, todos hemos sido esos ingenuos que se desayunan el mundo y que corren a través de las vías si ven que al otro lado del vagón se ha subido el revisor.

Los olvido con el primer café de máquina al calor de la tercera planta de un edificio que bien podría ser una fábrica de porexpan. Después de comer las horas se dejan pasar con cierta dificultad en el reloj. Al acabar la jornada repito la maniobra pero esta vez el viaje es de vuelta. En el camino a la inversa ya no hay jóvenes despeinados y los trabajadores que regresamos con la fiambrera sucia por los restos de un pollo plancha con ensalada, compartimos viaje con algún jubilado que vuelve de la visita del traumatólogo en el hospital de Sant Joan Despí. Escucho a una mujer quejarse del olor de un pasajero. Estos días de frío algunos sin techo aprovechan que la entrada es “libre” para poder mantenerse calientes al menos hasta la hora a la que cierra el servicio. Ayer uno de esos animales sin pedigrí que andan descarriados en la jungla barcelonesa se subió cargado de una carpeta llena de dibujos a la línea T3 en la parada de Sardana. Una señora muy amable le cedió el sitio para poder alejarse a la otra punta del tranvía. Nadie se apartó cuando varias paradas después, justo antes de que cerraran las puertas, se sumó al inventario de pasajeros un tipo encorbatado que no hizo ademán de sacar las manos de sus bolsillos ni para ticar el billete.

Yo seguí a lo mío, embaucado en la lectura de “Memorias líquidas”, el último libro de Enric González. No deseaba que nadie me sacara de ese momento, y mucho menos la figura gris de un revisor que cruzaba entre los asientos para pedir explicaciones. Tranquilo con la conciencia de haber abonado mi trayecto escuché cómo el hombre de la gomina aseguraba no haber sabido pagar en la máquina por no tener suelto. A dos metros, como esperando su propio juicio, aguardaba sin marcharse el homeless. Antes de bajarme pensé en él, si el revisor fuera el ministro Montoro, el trajeado podría volver a viajar por sólo 20 céntimos (el 10% de lo que vale un billete) y el hombre de los dibujos y la gabardina rota pagaría todos los trayectos de los viajeros que salieron corriendo. Bendita crisis.

08. febrero 2013 by Carlos Torres
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Comments (5)

  1. Y aún más: el tranvía no les llevaría a los dos al mismo destino…

    http://masclaroagua.blogspot.com

  2. MANIFIESTO DE LA PLATAFORMA EN DEFENSA DE LAS LIBERTADES DEMOCRÁTICAS: http://iniciativadeclase.blogspot.com.es/2013/02/manifiesto-de-la-plataforma-en-defensa.html

  3. Importante:
    MANIFIESTO DE LA PLATAFORMA EN DEFENSA DE LAS LIBERTADES DEMOCRÁTICAS: http://iniciativadeclase.blogspot.com.es/2013/02/manifiesto-de-la-plataforma-en-defensa.html

  4. bello y triste escrito!!

  5. ¿Alguien que comente este brillante post, en el que por un día le ha ganado la amargura a la ironía, sin aprovechar para autopublicitarse?
    http://cagüentodo.blogspot.com

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