Yo me resistí a Ronald Koeman

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El fin de semana que me mudé a Barcelona, el Barça ganó la Champions. Gol de Pedro. Gol de Messi. Gol de Villa. Después de muchas expectativas, el botín de mi primera incursión en la ciudad fueron siete horas en un autobús de Alsa, una cobra en el Primavera y el paseo triunfal de la rúa dels Campions. Si no me até una piedra al cuello y me lancé al fondo del mar aquel domingo fue por no coger frío en la garganta. Pero el puñal de la Victoria me reservaba todavía otra punzada. Yo estaba frente a la pantalla gigante del Fórum, digiriendo los goles con cerveza y nostalgia mientras todos los demás se abrazaban y Puyol recogía la copa cuando caí en la cuenta. De todos los lugares en los que aquel Barça podría haber triturado al Manchester United, el imperio del Mal escogió Wembley para manifestarse por segunda vez.
Aquello venía de largo. Desde 1992 estoy peleado con ese estadio por culpa de un póster que mi hermano había colgado en la puerta del armario y que esgrimía siempre que quería recordarme que él había visto ganar una Champions a su equipo y yo no. Aunque pocos ahora lo sospechan, yo nací en el seno de una familia de barcelonistas conversos que bajaban el volumen a Canal 9 para oír los gritos de Manolo Oliveros -al que siempre me imaginé con la cara de Sazatornil- narrando los goles en la Ser. A veces, cuando mi hermano no estaba en casa, entraba en su habitación, me colocaba delante de la puerta e imaginaba cómo debía ser que el Real Madrid ganase una final. Allí me esperaba Ronald Koeman abriendo los brazos en la celebración como pidiéndome que venciera mi resistencia y abrazara por fin al barcelonismo. Por principios y porque Diego -el mejor jugador de clase- era merengue, nunca sucumbí a la camiseta blaugrana.

Desde entonces, el madridismo ha sido mi modo de practicar la resistencia. Resistencia a los comentarios de mi padre, a los chascarrillos del trabajo, al bar donde se corea el gol de carambola que nos acaban de meter, al vecindario que lanza cohetes cuando nos eliminan en Cádiz y al catalán amable y bienintencionado que te dice ‘para ser del Madrid pareces normal’. Por más enemigos que nos crezcan, no merece la pena cogerse un berrinche. Sobre todo cuando, por suerte, sabemos que ese milagro llamado Real Madrid se descorchará antes o después y nos dará la opción de redimirnos a lo grande. Como hace dos años, cuando un buen puñado de madridistas expatriados nos congregamos en mi antigua casa para ver la final y acabamos con toda las existencias de diazepam. Hoy todavía paso por allí de vez en cuando y escucho a las paredes quejarse por el bramido que dimos cuando la cabeza de Sergio Ramos dejó a medio Madrid con con agujetas en las ganas.

Después de aquello, y aunque bautizamos a mi calle como Avenida de la Décima, me mudé de allí porque esa casa ya no podía darme más. Una tarde me encontré a mí actual vecino en el ascensor con el As en la mano y le miré con la misma cara con la que debían mirarse los partisanos cuando se reconocían en una misión clandestina. De qué equipo eres, Pablo. Del Espanyol, pero me cae muy bien el Barça ¿eh? Tranquilo Pablo, que yo soy del Madrid. ¿Del Madrid? Uf, yo también. Y es en aquel suspiro de alivio en lo que pienso cuando digo que el sábado no jugamos sólo contra el Atleti, también lo haremos contra el jefe, el vecino, el cuñado del whatsapp, twitter, el camarero del Polígono, la presión que te hace ocultar tu equipo y, sobre todo, contra aquel poster de Koeman que mi hermano descolgó de la puerta cuando se fue de casa pero que sigue pidiéndome que le abrace desde allá donde esté.

27. mayo 2016 by Carlos Torres
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