Mi vida sin gobierno

desasosiego

Los días que transcurren entre la mañana en la que me someto a las pruebas médicas del corazón y la tarde de consulta en la que recibo los resultados, mi vida se desgobierna. Desnudo de cintura para arriba, con mi ropa hecha una madeja en la silla y las gafas en una mesa, cierro los ojos y agudizo el oído para advertir cómo se reparten las oleadas de sangre por el cuerpo hasta atravesar compuertas escondidas y circunvalar órganos vitales con su mecánica rutina. Desconfiad de los que os digan escucha tu corazón, probablemente no hayan ido en su vida a un cardiólogo.

¿Cuánto mides, Carlos? ¿Cuánto pesas?

Todas esas fronteras soy yo mientras me tumbo en una camilla de la división de ecocardiogramas de un hospital. Este hospital. Mi hospital, que como todos los demás hospitales del mundo, es un castillo en el aire donde el Mal conspira en coalición con el miedo. Quizá por eso procuro no mirar atrás al salir de allí. Y vuelvo al trabajo, veo partidos de fútbol, bajo al cine, quedo con amigos, salgo a cenar y río sin saber bien qué significa reír porque la incertidumbre es una tristeza nerviosa. El desgobierno no parece tan malo, me digo. La vida puede ser siempre así, no pasa nada. Pero después, frente al espejo del baño, oráculo de Delfos para hipocondríacos, estudio la pequeña cicatriz que me desabrocha el pecho y puedo oír al miedo silbar entre mis dudas. Qué profundo abismo se abre a nuestros pies cuando uno sabe que tiene un mal pero los médicos todavía no se han reunido para ponerle nombre.

Años atrás, estas noches me atrincheraba en Urgencias y me dejaba mecer por el metrónomo de los aparatos hasta que se hacía de día y las enfermeras me dejaban salir en libertad y sin cargos. Ahora sé que es mejor no perder el tiempo en esa cárcel de certezas porque no hay medicina que me funcione cuando es el temor lo que duele. Así que me acuesto para matar el tiempo y entonces, en el silencio de la noche, mi colchón es como una camilla en la que oigo a los médicos charlar entre ellos como si su idioma indescifrable no pudiera herirme: “aquí se ve una incipiente IM”, “allá parece que hay bloqueo”, “acá un gradiente”. Qué es una IM, dios mío. Qué achaque fatal se disfraza en esas siglas y cómo se me pudo pasar a mí que el médico dijo que allí había un bloqueo sin preguntar qué narices significa. Y con un ojo abierto y el otro soñando con la muerte, me tienta la idea de consultar en el móvil su gravedad porque no me gustaría morir y dejar mi habitación desordenada.

Por unos minutos el mundo es un flan hasta que escucho la respiración satisfecha de mi chica y vuelvo a sentir las oleadas de sangre dando fuelle a las yemas de mis dedos para tantear su cuerpo tranquilo. Ése es el último dique que sigue en pie contra la oscuridad cuando todo lo demás se desmorona. Mañana será otro día, un día menos sin mi gobierno íntimo, en el que me atiborraré a cafeína y aceleraré el paso para tentar al Mal y hacerlo salir de su escondite, tal y como hacen los personajes de la última novela de Chirbes. Probablemente volveré a angustiarme, pensaré en esas siglas trascendentales, auscultaré mis cicatrices, cartografiaré las sendas que abre el dolor a su paso por el pecho y seré más pulcro con el orden. Pero, aunque tarde en darle la razón a Gil de Biedma, sé que llegará el día en el que me siente en una consulta tenue del hospital para escuchar que envejecer vuelve a ser el único argumento de la obra.  Porque volveré a tener gobierno, al menos un año más. Y de vuelta a casa, esta vez sí, miraré al hospital y pensaré: tanto sufrir para que todo siga igual.

11. febrero 2016 by Carlos Torres
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Comments (4)

  1. Brutal Carlos, brutal.

    • Estimado desconocido Carlos:
      Acabo de llegar de la enésima consulta con una nueva cardióloga y de repente doy con tu escrito.
      Qué lejos y que cerca! Qué incertidumbre… qué miedo!
      Espero que al final de todas las pruebas innombrables sean capaces de darme un período de gracia suficiente para colmar todos mis deseos de amor hacia mi hija, en mi caso ella, con tan solo 7 años, es la única luz en este penumbroso camino.

      Un fuerte abrazo. Ánimo

  2. ¡¡¡Tremendo!!!

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