La noche que Rajoy perdió las elecciones

La noche que conocimos a Zapatero yo tenía dieciocho años, un pueblo que parecía muy lejano y un amigo de León. Llevaba apenas seis meses en Madrid, mitad engullido y excitado por el miedo a las alturas de aquella época frenética en la que todo es un misterio y un peligro. Un año atrás tocaba el clarinete en la banda, me peinaba con gomina y tenía como único objetivo en la vida el intercambio de hormonas en los rincones más oscuros de la discoteca Karma de Aspe. Antes de irme de casa, mis padres me habían regalado un cuaderno que habían titulado ‘Diario de un paleto’ para que ilustrase mis andanzas por la capital. Nunca escribí en él por temor a dejar de ser un autor sin obra para convertirme en un autor mediocre más, pero confieso que, de haber tenido agallas para atreverme a escribirlo entonces, la primera página de aquel compendio de piruetas hubiera empezado así:

La tarde del catorce de marzo, Fernando y yo fuimos a Ferraz. Un día antes habíamos estado en Génova para ver desgañitarse a la gente del ‘Pásalo’. Mi amigo me llevaba un año de ventaja en Madrid y se había curtido en las manifestaciones del No a la Guerra pero yo parecía un flan alicantino entre las lecheras de los antidisturbios. Sin embargo, por si acaso alguien pensaba que era un cagón, no me moví cuando la policía anunció por megáfono que cargaría. Distinto fue cuando me llamó mi familia al móvil y, entonces sí, esprinté Santa Engracia arriba para coger el teléfono sin que se oyera el griterío. La vida de un paleto en Madrid es un camino intermitente en el que uno pasa de gritar consignas sobre Alqaeda a esconderse en un callejón para hablar con su abuela.

Sea como fuere, desde que el lunes un profesor nos había mandado cubrir las elecciones generales para una de sus prácticas, Madrid se había derrumbado y levantado varias veces. Las bombas, las manifestaciones y las falsas alarmas habían convertido a la ciudad en una estructura sonámbula. Fernando y yo habíamos pasado el fin de semana caminando en círculos desde Santa Bárbara a la plaza del Dos de Mayo contagiados por esa sensación. Para los dos eran nuestras primeras elecciones generales, pero yo no voté. Faltaban ocho años para Sol y el PSOE todavía no nos parecía la misma mierda que el PP. Por aquellos años, en la facultad corría la leyenda urbana de que una estudiante había conseguido un puesto en El País después de encerrarse en un baño durante horas para ser la única que había logrado una entrevista con Fraga (Fraga, sí) y teníamos como objetivo dar una campanada similar.

Cuando salimos del metro de Moncloa, Rajoy ya sabía que no iba a suceder a Aznar. Merodeamos, cámara réflex en mano, por el perímetro de vallas que abrazaba a la sede socialista buscando grietas por las que colarnos. Tres Ista, ista, ista, España socialista después, el tumulto de la euforia y las groupies de ZP, que existir existían, nos cortaron el paso y nos dejaron avanzar más. Hicimos un segundo intento de tomar la sede por la zona del garaje donde las televisiones tenían sus cámaras y los periodistas preparaban sus stand up. Recuerdo la cara de la corresponsal de TV3 a la que solo le faltó pasarnos la mano por el flequillo y mandarnos a acostar después de haberle contado nuestra idea. Heridos en nuestro orgullo periodístico, Fernando enfiló con determinación hacia la entrada y yo le seguí.

Un gorila nos detuvo: ¿Vosotros quiénes sois? Somos sobrinos de Rafael Simancas, dijo Fernando porque por el extremo contrario del pasillo llegaba el candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid al que ni una victoria en las generales le quitaba ya la cara de ser un hombre al que acaban de robar. Le saludamos efusivamente y, como buen político, Rafael nos correspondió. Qué tal muchachos, cómo vais. En cuestión de segundos estábamos en el epicentro de la noticia, brindando con champán junto a Cristina del Valle y unos conocidos de Jesús Caldera, que ahora no es nadie pero que entonces tenía su propio guiñol. Después todo pasó muy rápido, Zapatero cruzó por delante de nosotros y junto a él una nube de seguridad. La misma seguridad que había dejado que dos estudiantes de primero de periodismo vivieran desde dentro su propio triunfo electoral nos privaba ahora de una entrevista con el futuro presidente. Nos vinimos abajo pero seguimos en Ferraz  hasta que se acabaron los canapés y el carrete.

El peor fracaso vino al día siguiente, cuando intentamos revelar la película y Fernando me confesó que la había puesto mal. Al final sólo salió una foto que nos valió una buena nota en la práctica pero que dio al traste con nuestras pretensiones de acabar con un reportaje en El País. Doce años después, como si nuestra cámara fuera un artefacto del demonio, las fotos de Caldera se fueron borrando también de la vida real. Quizás el profesor de redacción haya ordenado a sus alumnos rurales que cubran las elecciones y ya nadie podrá escribir un diario sobre nosotros porque Zapatero se jubiló, Fernando vive en algún punto indeterminado de Sudamérica,  yo abandoné Madrid y, de toda esta historia, ya solo queda Rajoy.

18. diciembre 2015 by Carlos Torres
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Comments (3)

  1. Hola, soy Fernando. Este año alguien deberá a ir a ver a Pablito que me da que va a obtener mejores resultados de los que dicen las encuestas.

    • Yo mas bien pienso lo contrario. Creo que Iglesias tiene predicamento en las grandes ciudades, no en resto de poblaciones. La levy. D’Hont hara el resto.

  2. No tengo intención de hacer un juicio de política. Quiero solo decir que me encanta la redacción de ese trozo de historia de nuestro país.
    No conozco a su autor, pero esa es la forma de escribir que me gustaría encontrar en tantos artículos periodísticos, que se me hacen imposibles de digerir.

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