Un solo pueblo

Puta2
En la casa en la que vivía han colgado una estelada. Paso por delante del portal cada mañana de camino al trabajo, todavía deben llegar al buzón algunas cartas a mi nombre. Mi viejo piso- frío, caluroso, extremo- llevaba sin alquilarse tres o cuatro meses desde que lo dejamos. Ahora la bandera delata que la vida ha vuelto a germinarle. ¿Será una pareja o un soltero? Allí uno nunca se sentía solo porque los pasos tiritaban en los azulejos del suelo hidráulico y el ruido se propagaba como un tsunami por toda la casa. Pedimos que nos pusieran parqué pero se negaron a hacerlo. Espero que al nuevo inquilino al menos le hayan arreglado el grifo de la cocina, pero mucho me temo que la cuenta corriente del casero no entiende de patrias.
Mi antiguo bloque es una finca de Gràcia, veterana, acostumbrada a banderas. El vecino de abajo puso una del Barça para decir ‘no he sido yo’ al minuto siguiente de que un puñado de madridistas saliéramos de la clandestinidad en el último suspiro de la final de Lisboa. La peña culé-atlética gracienca, inexistente hasta la fecha, llevaba 92 minutos amargándonos el partido con su pólvora mojada. Después de aquel día, bautizamos a mi calle como Avenida de la Décima. Ahora vivo a trescientos metros de allí, en un tramo de acera que es un palimpsesto en el que a primera hora de la noche unos cafres pintan Viva España y por la mañana otros le han escrito encima Puta. Quizás por eso, hace un par de años, los vendedores pakistaníes de la diada despachaban con un brazo la bandera catalana y con el otro la rojigualda.
A mi actual vecino se la traen al pairo las dos afirmaciones. Ninguna patria le convence porque hace un tiempo su sobrino casi se deja el aliento saltando de una a otra en la valla de Melilla. Me lo encontré en el ascensor con el As en la mano. De qué equipo eres, Pablo. Del Espanyol, pero me caen muy bien los del Barça, ¿eh? Tranquilo Pablo, yo soy el Madrid. ¿Del Madrid? Uf, yo también. Juntos hacemos uno de los rellanos más atípicos de toda Barcelona. La semana pasada se nos cagó en la escalera un inquilino del piso turistico que hay en el ático. Una de las cosas en las que se pusieron de acuerdo los vecinos indepes y los unionistas es que aquello era una guarrada. IMG_3480
Ayer fui a votar con mi antigua compañera de piso. Cordobesa, trabajadora en el puerto, 28 años. Todos sus compañeros del grupo de batucada iban a votar a la CUP. Nosotros no supimos bien qué hacer hasta el último momento. Mucho más claro lo tuvo el miembro de la brigada paracaidista que votó delante de nosotros mientras sacaba pecho para que el resto viéramos sus emblemas. Media hora después, si de mí hubiera dependido, hubiera votado a la camarera del bar de Saragossa que es la única en Barcelona que sabe tirar bien las cañas.
De vuelta a casa reconté cientos de balcones con esteladas, muchas menos españolas, alguna bandera republicana y una señora tendiendo ropa interior que ante la primeras gotas del día dudaba si descolgar del tendedero su nacionalismo más íntimo. Seguro que a la mujer de la lluvia los resultados de las elecciones no le pillarían en bragas. Para el sí ganó el sí, paro el no ganó el no, para Unió la democracia. Los de C’s acabaron con las existencias de ginebra en el Upper Diagonal y los que estaban a punto de celebrarlo en el Born descorcharon el cava sin salirse del guión de la victoria soñada. “Un solo pueblo, un solo pueblo”, gritaban en la conexión de TV3. Y yo me fui a dormir pensando que en mi bloque sólo hemos sabido decretar por unanimidad que si huele a mierda en el rellano, huele a mierda y no pasa nada.

28. Septiembre 2015 by Carlos Torres
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