Tranvía busca lectores

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A las nueve de la mañana la plaza de Francesc Macià es uno de los extremos de los vasos comunicantes que unen el extarradio de Barcelona con el centro de la ciudad. A esa hora el andén está lleno de trabajadores y estudiantes que esperan al tranvía que le desabrocha las legañas a la Diagonal. El tren que yo cojo va y viene cada diez minutos desde la sede de La Vanguardia hasta el polígono industrial donde se camufla la redacción del programa en el que trabajo. Al no ser que arañe algunos minutos en la demora, tengo tasada la distancia hasta Sant Feliu de Llobregat en treinta páginas por viaje.

Me gusta leer aquí porque es un viaje muy literario. Parte de la plaza que es el polo sur del barrio barcelonés que alumbró los mejores días del boom latinoamericano y abre trocha en línea recta hasta la universidad. No hay visitas guiadas para turistas, pero la primera parada de ese itinerario está en L´illa, justo enfrente de la entrada de la Fnac. Los que estén familiarizados con esas superficies sabrán que hace tiempo que el desierto de la tecnología ha cercado el ecosistema de la narrativa, lo que en resumen sólo es una réplica a gran escala de la tragedia doméstica que ha supuesto quitar las estanterías del salón para que quepa bien una buena tele de plasma.

A escasas dos paradas de allí, en el Corte Inglés, las cosas tampoco mejoran. Es una estación concurrida porque muchos viajeros que vienen del metro se reenganchan a nuestro convoy y llenan de prisas los vagones con su transfusión. Sin embargo, a pesar de la concentración de fragancias, la ratio de libro por pasajero es tan pobre que es mejor no mencionarla para no abochornarse. Se reanuda la marcha y las plantas colgantes del edificio de Planeta surgen a la derecha como un santuario de ciencia ficción. Qué dirán los trabajadores de la editorial, al saber que los artefactos que fabrican desde sus sellos apenas tienen penetración en los andenes. Aunque en honor a la verdad sería injusto decir que nadie lee, pues casi todos los pasajeros están ensimismados en sus pantallas telefónicas y para cuando el tranvía peina Les Corts el transporte público es una jungla de smartphones. Duele especialmente que sea aquí, a tan pocos metros del piso que Bolaño ocupó con su madre y su hermana la primera vez que vivió entre nosotros y tan cerca del tanatorio donde se veló su cuerpo antes de l último adiós.

Atrás queda el recuerdo del chileno cuando las vías resquebrajan la universidad en dos mitades, a la derecha matemáticas y a la izquierda arquitectura. Antes un buen médico, un buen arquitecto o un buen matemático, debían leer literatura para ccompletar su formación. Hoy los estudiantes bajan con las manos vacías y sólo de tanto en tanto aparece algún alumno que no se avergüenza de llevar una novela bajo el brazo. No es que uno pida que se lea como en Finlandia, a razón de cuarenta y siete ejemplares al año, pero votaría gustoso en las próximas elecciones al partido que me asegurase que va a hacer todo lo necesario para subir el índice de natalidad cultural. De momento, ni independentistas ni unionistas han hablado de cultura en la campaña del 27 de septiembre. No sé si es que a ambos les molesta o es que sencillamente ahora no toca. La duda me ronda la cabeza toda la mañana y buena parte de la tarde hasta que, ya de vuelta, leo que ha muerto Carmen Balcells. Punto final a una de las páginas más vitales para la literatura en castellano. Xavi Ayén debe estar a estas horas escribiendo su obituario en La Vanguardia. Levanto la vista para buscar el edificio y ni un sólo libro abierto abanica el llanto en la despedida. Será la rabia de la ausencia, pero de poco servirá el legado de la superagente si no le encontramos con urgencia lectores a este tranvía.

22. Septiembre 2015 by Carlos Torres
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One Comment

  1. ¡Buen artículo, voto a bríos! Hacía mucho tiempo que yo no usaba el metro ni el autobús, pero ahora que se me ha averiado (¿definitivamente?) el coche he regresado al transporte público y, ¡oh, decepción!, ya no veo a todos aquell@s lector@s de libros enfrascados en sus lecturas mientras llegan a sus destinos, mayoritariamente del género femenino. Ahora el móvil ya es el único rey del mambo, seguido por algún que otro libro electrónico y en ultísimo lugar el clásico despistado con un periódico en la mano. Estos últimos, ¡ay!, ya pertenecen a nuestra reciente prehistoria. Pues eso, ¡viva el rey del mambo!, qué le vamos a hacer.

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