Mortal y sirio

image

Uno de los pasajes mitológicos más bellos de la literatura española asegura que Francisco Umbral lanzaba los libros que no le gustaban a su piscina. Y aunque él ayudó a propagar la hazaña en alguna de sus columnas, la viuda, María España, insistió que aquello no era cierto, que lo más que hizo el escritor fue lanzar a la balsa uno o dos libros de sus enemigos, porque si de verdad hubiera tirado al agua todos los que no le gustaban hubieran tenido que mudarse a un aquapark. Aún así, yo prefiero creer que Umbral lo hacía, que se subía a la primera planta de la casa, se asomaba a la ventana, echaba un último vistazo a la cubierta y arrojaba el libro a la piscina como si fuera un obús de intrascendencia. Al menos así es como me gusta recordarlo, porque al fin y al cabo las cosas que no se han vivido son las que mejor se evocan. Dice Eduardo Arroyo, en lo que a la piscina se refiere, que lo curioso del asunto es que a un libro lo mismo le vence el fuego que le vence el agua. Sin embargo, desde hace unos años a nadie se le ocurriría quemar ningún volumen, por insufrible que éste fuera, si no quisiera exponerse a ser tachado de filofascista.

Lo cierto es que hace poco me recordaron la anécdota de la piscina y sentí la tentación irrefrenable de visitar otra vez a Umbral. Incluso no siendo padre, no sé si ha sido una buena idea, porque estas vísperas de otoño, húmedas e inestables, uno toma ‘Mortal y rosa’ y se le afila tanto la nostalgia que se han de hacer altos en el camino para evitar herirse las costuras. Allí Umbral no es ese autor huraño que arroja novelas al agua estancada, sino un hombre vencido frente al océano que mientras ve a la marea subir y bajar, cree escuchar como todavía crece su hijo a pesar de estar muerto. El libro es un aullido que se podría haber escrito a pie de playa con los ojos de un padre sirio, como el de Aylan Kurdi, que escuchó llegar la muerte entre las olas y nada pudo hacer para detenerlas.

Pero no sólo él, porque hoy Umbral tendría en Europa cientos de alter egos  donde elegir. Padres y madres que por huir de las corrientes que arrastran a sus críos al abismo se han enfrentado a las bombas, al desierto y al Mediterráneo. Qué iban a saber ellos que, después de todo los martirios de los que han logrado escapar, la Unión Europea iba a lanzarles con sus subastas de miseria un jarro de agua fría. En el periódico, junto a sus caras asustadas está la periodista cobarde que repartía a base de zancadillas tarjetas de bienvenida a la civilización. El fuego de las patadas a traición y el agua de los gobiernos que regatean cuotas en Bruselas. Lo curioso del asunto es que los dos elementos vencen al padre y al hijo, pero solo al uso de uno de ellos se atreverán a llamarlo fascismo.

10. septiembre 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 1 comment

One Comment

  1. “Iba yo a comprar el pan….” Durante años incluyó el buen Umbral en su columna diaria en El País, junto a la mención del motorista que le recogía sus originales (no existía Internet, ni ordenador, ni fax; solamente máquina de escribir Underwood u Olivetti), esa famosa frase, que luego decaería en favor de la de “Yo he venido aquí para hablar de mi libro….” Pues bien, creo que entre la acción de la periodista zancadillera y el regateo de cuotas de los gobiernos europeos para acogida de refugiados equivaldría ambos casos y tildaría a ambos de su clarísima definición: fascismo. Pena de que se nos haya largado.

Leave a Reply

Required fields are marked *