1985

El domingo cumplo treinta años.

El día que nací alguien asaltó el garaje donde dormía el Ford Orion de la familia y le rompió las cuatro lunas al coche. No fue el Berlín del 38 pero técnicamente vine al mundo en la noche de los cristales rotos. Nunca se supo quién pudo causar el estropicio, pero de lo que estoy casi seguro es de que esta vez no fueron los nazis. Más alemán fue en cambio que, mientras yo esperaba mi debut en el banquillo, el Madrid le levantó al Bayern un cero a dos en el Santiago Bernabéu. A esa misma hora, mis padres iban camino de Alicante dentro de su coche mellado, con las contracciones en el vientre y el aire despeinándoles los nervios. Por si fuera poco, en las semanas de descuento del embarazo, el médico les había dicho que en vez de un niño le venían dos, así que no estaba la Quinta como para enseñarle a mi madre a remontar.

Después de aquello, me crié en una comarca de interior a veinte kilómetros de la costa. Allí aprendí que muchas veces la playa nunca está tan lejos como a quince minutos. Tuve una infancia rural y feliz, como la que se imaginan los niños que se quedan los veranos en Madrid porque ellos no tienen pueblo al que marcharse en agosto. Mi imaginación era inversamente proporcional y ya entonces soñaba con conquistar sus ciudades: primero como futbolista, después como músico y, por último, como escritor. Nunca se sabe, pero a mi edad Van Basten estaba retirado, Vargas Llosa ya había escrito ‘La ciudad y los perros’, Janis Joplin muerto y yo todavía invierto gran parte de mi sueldo solo en el alquiler. Tal vez los treinta sea la edad de empezar a bajarle la persiana a los sueños. No es pesimismo, pero no necesito frases con aroma a Coelho, porque al único alquimista impaciente que he conocido se mordía las uñas en clase de física hasta que sonaba el timbre y podía bajar al patio a vender hachís.

Una mañana, la maestra de inglés se levantó creativa y nos pidió que hiciéramos el esfuerzo de imaginarnos décadas después: ‘Vamos a hacer un ejercicio para aprender a utilizar el futuro y quiero que escribáis cómo os veis el día de mañana’, nos dijo. Ahora suena ridículo, pero entonces yo estaba convencido de que, antes o después, encontraría el modo de convertirme en el Bill Gates del Vinalopó Medio. Recuerdo que titulé la redacción con el nombre del sistema operativo que pensaba patentar: Towers 2020. Al la semana siguiente me pusieron gafas. Sin embargo, la cosa no se torció del todo hasta que en acabé el bachillerato y, en vez de matricularme en ingeniería informática, convencí a mis padres para que me dejaran una mañana en la puerta de la Complutense. Recuerdo que hacía frío, mucho frío. En el pueblo me habían dicho que el de Madrid no es como el de aquí, que basta con cubrirse bien para no sentirlo. Pero yo estaba helado porque contra el frío de la edad adulta en plaza España no hay más abrigo que el tiempo.

Decía Quino que habría que multar a las vacaciones por exceso de velocidad y algo muy parecido deberían haber hecho con mis años universitarios. Yo pensaba que una vez hecho el gran esfuerzo de decidirse a salir de Aspe el resto sería cerrar la puerta de casa y abrir la del diario El País. Lo cierto es que puse mucho más empeño en aprenderme las reglas del futbolín en Malasaña que el manual de Grijelmo y así, sin medias ni guarras, se me escapó la carrera en el tiempo que se tarda en rebobinar la cinta en el Laberinto. Tuve suerte y acabé aprendiendo el oficio en Interviú sin enseñar las tetas y en Callejeros sin drogarme. Allí, un señor en un rodaje me contó que yo había nacido el mismo día que murió el Yiyo en la plaza de Colmenar. ¿No se le habrá pegado algo del maestro?, me dijo. Aquel día también murió el toro, repliqué por no decirle que yo no creo en reencarnaciones. Es verdad que me gustaría ser inmortal como los animales de Borges, que lo son porque ignoran el final, pero se llega a una edad en la que la muerte llena todas las paredes con sus anuncios. Quizás tenía razón el argentino cuando decía que la vida no es más que una muerte que se viene.

A mi edad, mi padre tenía un coche, un trabajo fijo, dos hijos y una casa y yo ni siquiera he sido capaz de sacarme el carnet. Es verdad que tengo un máster, una carrera, un premio de poesía local y una vez me vine arriba y me atreví a decirle a mi abuelo, que superó la orfandad, el taller y la guerra, que soy miembro de la generación más preparada de la historia. Espero saber decirle algún día para qué. El domingo cumpliré treinta años y no tendré ninguna crisis existencial. Son cosas como las que mis padres hayan cambiado la bañera por un plato de ducha por si algún día tuvieran problemas para entrar las que me hacen sentir vulnerable, como si las certezas tuvieran agujetas. Tengo treinta años y no soy millonario, cantaban Los Punsetes. El tiempo se escurre entre los dedos y se que no se ha inventado policía capaz de cazarle en un radar.  De aquel prometedor Towers 2020 ya solo queda la tentación de reiniciar el sistema de tanto en tanto. Quién sabe si volverán a venir de noche para rompernos los cristales. Después de todo, creo que nunca he aprendido a utilizar el futuro.

27. agosto 2015 by Carlos Torres
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