Derecho a ganar

El equipo alevín del UD. Aspense. 1996, Lloret de Mar.

Hace 16 años un equipo de fútbol de alevines recorrió en autocar los 591 kilómetros que separan la ciudad Aspe (Alicante) de Lloret de mar (Girona). El objetivo era pasar unos días de convivencia con otros cientos de chicos de distintas nacionalidades y de paso poder enfrentarse a equipos contra los que jamás habían soñado jugar.  Siendo sinceros, nadie creyó que el equipo alicantino tendría mucho más que hacer que recoger  algún que otro balón del fondo de sus redes. No obstante,  en aquel campeonato se daban cita gran parte de las mejores escuadras de fútbol base de Europa.  Quién sabe si fue el azar o tal vez la calidad futbolística de una generación de niños, pero, contra todo pronóstico, el Aspense U.D. ganó al Athletic Club de Bilbao. No se conformaron con eliminar a la portentosa cantera de Lezama y, además de a los vascos, el rodillo aspense pasó por encima de los italianos de la Sampdoria y del Nápoles, o de los rusos del del Spartak de Moscú  que no pudieron hacer nada para frenar a un equipo que había puesto su fe en llegar a la final.
Ese día llegó. El alma de los padres que habían mandado a sus hijos a Cataluña para que poco más que veranearan en la Costa Brava se contrajo con las noticias que llegaban de Lloret. El equipo alicantino se enfrentaba contra el Don Bosco, filial del Valencia, y las cosas no iban tan bien como en otras tardes. Ambas formaciones se vigilaban de cerca y ninguno de los dos equipos logró romper el empate a uno antes de que acabara el encuentro. La tragedia de los penalties apareció en escena. Si para unos profesionales que cobran cifras obscenas parece duro, para unos niños que no hacía mucho no sabían atarse los cordones de las botas el trance debió ser angustioso. Lanzaron sus penaltis en el orden que había designado el míster hasta que, por suerte, el último lanzador del Valencia falló el disparo. El tiempo se detuvo en su cabeza mientras los gritos de alegría de los de Aspe le anunciaban que había sido el responsable de la derrota. Probablemente no olvidaría con facilidad el día en que su balón no entró en la portería.

De vuelta a casa, los ganadores se sintieron como reyes en un pueblo que hace demasiado tiempo que no tiene un equipo más allá de la preferente regional. Sin embargo, pronto aprendieron que los héroes de este siglo no nacen para perdurar demasiado tiempo. Así que, dejaron de ser niños, se bajaron de la bici y la vida dejó de ir sobre ruedas. Unos llegaron a la universidad y otros abandonaron el instituto. Como muchos en el pueblo, habrá de los que trabajaron en la industria del mármol hasta que el fin de la burbuja inmobiliaria les mandó al paro, otros dirigiran su propia empresa mientras  que algún compañero hace encaje de bolillos para pagar la hipoteca y las facturas con su sueldo de gerente. Quizá, incluso alguno de ellos haya pensado en cambiar de país para dar salida a sus estudios. El caso es que sea como fuere, y a pesar de que el Aspense es un equipo que ya no existe, hace unos meses les hicieron un homenaje en el campo municipal para recordar que todos tenemos derecho a ganar al menos una vez en la vida. Si no, que se lo pregunten al niño del Valencia que falló el penalti, según recuerdan algunos jugadores rivales, un tal Roberto Soldado.

01. octubre 2012 by Carlos Torres
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Comments (2)

  1. Pedazo de historia. Muy bien contada.

  2. Pingback: Derecho a ganar: Del fallo de un penalti a la selección española

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