Tres días de luto oficial en Misent | Importancia Capital

Tres días de luto oficial en Misent

en la orilla

Estos días Misent está abarrotada de madrileños. Empezaron a bajar los primeros fines de semana de mayo y no se irán del todo hasta que septiembre irrumpa con su languidez y la ciudad deje de ser una brasa furiosa en mitad de la meseta. Si uno se acerca a la playa por la tarde todavía puede verlos desesperándose en los semáforos en rojo, con la camisa abierta y el bañador mojado, sacando el brazo por la ventanilla para atrapar con los dedos el último salitre del verano. Antes de partir harán un esfuerzo para sentarse a cenar en un restaurante con espectáculo o tomarán un barco a la isla con la quilla de cristal para amortizar así su costumbre de caminar mirando al suelo. Harán planes con el frenesí de unas vacaciones que se acaban pero, por desgracia, ya no podrán negar en sus caras que la cuenta atrás ha comenzado, como comienza siempre cada quince de agosto, el último gran puerto puntuable del verano.

A partir de aquí todo es cuesta abajo: los castellanos empiezan a embalar los bultos en sus pulpos de goma, los camareros ya huelen a la prestación del Inem y los patinetes de la orilla se amotinan en barricadas como los del Quemado de Bolaño. Pero eso vendrá después, porque esta noche en Misent hay fiesta y las familias de la multipropiedad se mezclarán por el paseo marítimo con los señores del jacuzzi en la terraza y la barraca reformada del abuelo. Lo harán sin saber que, aunque no bajen los cristales tintados de sus ventanillas por miedo a que los pasodobles de las charangas les arruinen el punto álgido del coro de los peregrinos, ellos también se impacientan en los semáforos y le dan a la bocina; que ellos también fondearán en Tabarca aunque no tendrán que hacer cola ni comprar el ticket y que, en vez de mirar a los salmonetes por el casco, observarán a los peces gordos por la borda, con un ojo en su campo de almendros y el otro en el futuro suelo urbanizable. Compradores y comprados. Nadie nos enseñó a distinguir a los chacales de sus presas como Rafael Chirbes, el autor que recalificó nuestra literatura y halló lo extraordinario donde los demás sólo eran capaces de ver una montaña de hedionda rutina. Chirbes fue algo así como el faro de Misent. La luz que repasó con su mirada el mar Mediterráneo, consciente de que un escritor no puede evitar el naufragio pero sí subrayarlo.

Los últimos meses estaba tan harto de mirar siempre desde su atalaya la misma línea del horizonte que había empezado a decir que sentía que ya estaba todo dicho, todo contado, todo vivido y que sólo le quedaba consuelo y desasosiego en releer todo aquello que no comprendió en su momento. Cito: “O sea, la desesperante tarea del niño que quiere meter en el mar su pocito de playa. ¿Cómo escribir si no sabemos nada?, y ¿cómo atreverte a escribir con todas las cosas buenas que se han escrito?”.

Esta noche en Misent los madrileños irán a la verbena y se dejarán emborrachar con las bebidas baratas de verano. Verán la bandera a media asta en el ayuntamiento y no sabrán por quién doblan las campanas. Es mejor así. El concejal de cultura que decretó los tres días de luto tampoco sabrá explicar bien quién es el hombre que hoy por la tarde guardó su luz en un cajón y se dejó marchar a la deriva en un pocito de playa. “Es uno al que le daban premios”, le contará a sus amigos en la cena. Los turistas, ajenos a las tragedias de la literatura, bailarán hasta que el hígado aguante y acabarán en la playa apretando la carnes o vomitando la cena. El primer sol del día salpicará tímido la arena mientras un BMW cargado de remordimientos apurará un semáforo en ámbar. Como sucede con todos los faros, uno no termina de saber lo necesarios que son hasta que se apagan.

 

15. agosto 2015 by Carlos Torres
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Comments (4)

  1. Com escrius tio!!!!!!!

  2. Gracias Carlos por este post de despedida a uno de los grandes maestros. Al enterarme de su despedida, por no nombrar a la Parca no nos vaya a traer mala suerte, se me saltaron las lagrimas y pensé que todas sus obras por escribir irán a parar al olvido. Descubrí a Chirbes de manera silenciosa hace años con los relatos de Mediterráneos y desde entonces es un asiduo en mi mesita de noche.
    Ay Chirbes aun no te has ido y ya te echo de menos, aunque lo bueno de los maestros es que nunca llegan a irse, siempre nos quedan sus obras para disfrutar releyendolas una y otra vez.

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