La viga catalana

jácena

La jácena de casa de mi abuela es un palo de barco de madera. Desde que conozco sus rincones, el techo amenaza con desplomarse y dejarnos sin vivienda. Sin embargo, los cimientos nunca ceden porque acostumbrada al milenario batir de los mares la mole de pino sabe cómo evitar la deriva. No temáis por nosotros, a las novias que vienen en verano a conocer el pueblo también les cuesta acostumbrarse al temblor de los azulejos, pero más allá de las cicatrices del caparazón, nuestros pasos breves solo son cosquillas para la viga maestra.

Antes de nosotros aquí hubo una posada y después una herrería, hoy la casa es la barricada donde resisten con más oficio que coraje los veteranos de guerra de mi apellido. Ellos dieron lustro a estas paredes que envejecen desde el primer día. Como aquel año que los bisabuelos creyeron que con el jolgorio de su convite de boda el suelo se caería. Qué día aquel, para enmarcarlo. En las paredes hay grietas que ya duran siglos y descuelgan cuadros como recuerdos invisibles que se enroscan a la pechera. La casa fue solo una casa hasta que, a la muerte del padre, el imperio rural se dividió en tres. La jácena mantuvo a todas las partes firmes y, si no las tiró la avaricia, por qué deberíamos temer al tiempo. Ahora, por cada cascote que se despeña, una fotografía de un nuevo bautizo adorna el aparador junto a la bombonera donde el abuelo dejó sus dulces antes de irse a jugar la última partida. Lo que nunca nos dijeron las madres es que dejar de tomar caramelos tampoco evitará que, antes o después, se nos caigan los dientes.

Esta semana estoy en el pueblo y la tele encendida brama el enésimo día histórico que viven en un año el patio de los naranjos y su President. Agosto es el mes más fugaz del año para todos, menos para la jácena. La casa huele a verano y verbena. Se abre el taller y las sillas se llenan. Llego yo, llega mi hermana y vienen los primos de París, pero las vacaciones pasan como el sudor de una fiebre y en septiembre solo quedara el recuerdo de un síntoma. La jácena no, la jácena estará ahí como estaba ahí antes de que nosotros aprendiéramos a quejarnos de sus ruidos. Y estará ahí cuando nuestros huesos adornen otras tierras porque no todos sabemos ser útiles después de la muerte. Mi abuela me pregunta si creo que esta vez los catalanes se irán de España. La jácena se retuerce y cruje cansada del tema. Quizás sí, abuela, por qué no. No me importa. La historia es como el agua de Pessoa, que parece honda porque engaña de tan sucia. El futuro también pasará y nosotros seremos los bisabuelos que creíamos que la alegría de nuestro banquete hundiría la casa. Y después de todo, la viga seguirá estando allí. Varada con su preciso silencio sobre las grietas del mundo. Porque quizás ella sabe que a pesar de todo, si llega el día que el imperio rural que habitamos tenga que dividirse en tres, lo mismo nos tocará seguir siendo vecinos.

05. agosto 2015 by Carlos Torres
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