Me cago en los hipsters

FullSizeRender

A las once de la mañana la calle Velarde huele a rellano recién fregado. Primera caída. No es sólo que el café Comercial estuviera clausurado al salir del metro de Bilbao, es que los portales de los bares en los que generaciones de madrileños se hicieron mayores tienen a esa hora un aroma a fregasuelos con fragancia de pino que el verdadero riesgo no es ya que los chinos te pillen en horas bajas y te coloquen su merca, sino que se te aparezca una señora con la fregona en la mano para obligarte a pisar por los periódicos. Me paro en una inmobiliaria: Calle San Bernardo, 49 metros, 800 euros. Calle Silva, 45 metros, 900 euros. Calle Barco, interior 55 metros, 990 euros. Dos de Mayo, 68 metros, dos habitaciones, 1100 euros. Si Miguel González, el poeta que me se me ha acercado en la plaza del Dos de Mayo para venderme su libro por un euro tuviera que sufragar un alquiler en el barrio con lo que saca de sus poemas, sus versos serían los más vendidos de la lírica en castellano. Ojeo la portada de su antología: “El amor de mujer/es como una taza de café/que cuanto más caliente está/más lo quieres beber”. Miguel no me jodas que el café me ha costado dos euros en una tienda de tartas de la corredera Alta de San Pablo y la última mujer que yo perseguí por estas calles ahora tiene un chat en en whatsapp con las del grupo de lactancia.

Acostumbrado al tradicional rechazo que sufren los poetas, Miguel es un hombre bregado en la resistencia: “oiga joven, que yo me busco la vida escribiendo”. Me parece tan tierno su empeño, que le doy por sus poemas más o menos lo que cuesta una caña en el Noviciado, el bar al que iba yo siempre que quería encontrarme con la vida. Miguel me da las gracias y se marcha por donde vino. Habrá quien piense que el cambio no está tan mal. Que Malasaña se pone guapa y bla bla bla. Bien, pero es que entre San Andrés y la orilla del barrio que el ayuntamiento le dedicó a Antonio Vega hay tres o cuatro tiendas de ropa para bebés. El efecto Carmena, imagino. En esa esquina donde arranca Tribunal hay ahora una cafetería especializada en bagels que se llama la Avenida del zumo. El sitio de mi recreo, porca miseria. En la misma calle que hace unos años se enseñaba a fumar sin toser ahora se pueden hacer cursos para aprender a decorar cerámica o elegir entre patucos y baberos para el hijo recién nacido de tu colega que no hace tanto tocaba en el grupo de moda.

Para pasar el mal trago huyo a la plaza del Grial buscando el rastro del vino agrio que hace muchos años arrojamos al suelo por si acaso olvidábamos el camino de vuelta. No lo encuentro por ningún sitio porque, para que la gente no beba en la calle, la plaza está tomada ahora por las terrazas de los bares. Me siento en un banco y allí me entero de que el Noviciado, el lugar donde yo hacía a Miguel, cierra por un asunto de renta antigua. Segunda caída. Cuando uno se marcha, las ciudades se desordenan y al volver se pasea por ellas como un padre que todavía no sabe que ha empezado a avergonzar a sus hijos cuando cuenta sus chistes viejos. No son solo el Noviciado o el Comercial. En los últimos años han desaparecido el Groovie, la Nasti, el Garito, el Louie Louie o el Chamizo. Se me han oxidado de un solo plumazo los únicos nacionalismos que me salían a cuenta. Este verano Malasaña parece un cementerio de recuerdos en el que gastrobares y restaurantes japoneses no respetan el periodo de duelo. Pienso en el Pele, el sheriff que custodiaba la vía Lactea, y creo que prefirió morirse antes de tener que ponerse a disparar contra los cupcakes. Me cago en los hipsters y en la gentrificación del barrio. No me extrañaría que esta misma noche, la estatua de la estudiante de bronce que se adentra a la plaza desde la iglesia de San Ildefonso, cambiara de dirección y se alejara a toda prisa del barrio.

Eso hago yo, herido en la memoria como un perro que no encuentra su amo. Bajo por la corredera baja de San Pablo y dejo a la izquierda el letrero en ruinas de La Pepita y a la derecha el viejo cine X que se ha convertido en un supermercado Día. El progreso es pornográfico. Me paseo por la calle Pez y allí consigo por fin un respiro. El Palentino resiste a pesar de que el fantasma del cierre avanza como un glaciar por los surcos de la barra. Tengo un agujero en el estómago. Me duele el barrio porque me gustan más las esquinas de Malasaña donde por tres ochenta cualquiera puede convertirse en el seleccionador del combinado nacional que los locales de moda donde te amargan la ginebra con un buen pepino. Lo pienso otra vez. Me da la asfixia y busco la salida natural hacia Madrid, allá donde la calle Barco naufraga en Desengaño. Me giro por última vez como un emigrante que deja el puerto gallego y pienso que ya lo decían los Astrud: “quizá el mejor momento de las cosas es cuando todavía no han pasado”.

03. agosto 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | Leave a comment

Leave a Reply

Required fields are marked *