Gente perdida para objetos encontrados

El viernes perdí los papeles. Debió ser en el tranvía. Acababa de llegar al trabajo y estaba a punto de cruzar la frontera que separa la vida civil de la vida laboral cuando advertí que no llevaba mi cartera encima. Me quedé unos minutos varado en la tierra de nadie de la caseta de seguridad porque sin la tarjeta que llevo en mi billetera no se puede superar los tornos de la empresa. Mientras esperaba a que me dejaran pasar, me vino a la cabeza un carrusel de cosas horribles que se podían hacer con ella: señoras sacando dinero de mi cuenta, bribones valiéndose de mi documentación para delinquir o parejas usurpando mi DNI para poder contratar algún servicio a su nombre.  Ninguna de esas tropelías me provocó tanto terror como que alguien se apoderara de la foto de carnet en la que todavía salgo como un adolescente de pelo largo. Sentí un escalofrío. Registré de nuevo de arriba a abajo la mochila, me palpé todos los resortes ocultos de la chaqueta y comprobé una y otra vez que ésta no estuviera en el suelo.

No es la primera ocasión que entro en pánico de forma infundada, pero la mayor parte de veces que doy el grito de alarma la cartera casi nunca está tan lejos como en la propia mano. Quizá por eso, los compañeros me recordaban con insistencia la metodología que ha de seguirse en la arqueología del despiste: “¿Has mirado bien en los bolsillos interiores, Carlos?”. Volví a llevarme las manos a ellos con escaso éxito. Al contrario que en anteriores sucesos, esta vez los bolsillos parecían agrandarse con toda la ausencia que les cabe dentro. “¿Sabes dónde la has perdido?”. Si lo supiera no estaría escribiendo esta crónica.

Asumida la tragedia de la pérdida pasé a la siguiente fase, la de la tortura burocrática. El primer paso es el más fácil: anular las tarjetas. El banco, diligente en que ningún cliente se quede sin la posibilidad de gastar, te envía a casa nuevas copias en un periodo de tres días. El Estado, en cambio, conduce a menor velocidad que las sucursales bancarias y todavía tardaré un poco en renovarme mi carné de identidad. Aunque barajé la posibilidad durante un buen rato, no puse la denuncia porque hace meses una amiga perdió la cartera y la ciudadana que la encontró tuvo que localizarla personalmente a través de las redes sociales porque los mossos d’esquadra le dijeron que no tenían forma de encontrarla. La policía no puede localizar a una chica. Por suerte para ella, la externalización del servicio vía twitter fue un éxito. Me pregunto qué hubiera pasado con su billetera de haberla hallado un analfabeto tecnológico.

Ya había dado el episodio por resuelto y el cabreo por amortizado cuando, a media tarde, un señor parapetado tras un teléfono oculto me llamó informándome de que una ciudadana- lo dijo así, una ciudadana- había encontrado mi cartera y la había llevado a la oficina de objetos perdidos para devolvérmela. Yo ya estaba en el tranvía de vuelta y me puse tan nervioso por la noticia que casi lloro de la alegría. La ciudadana podría haberse quedado el dinero de la cartera porque, de golpe, me había devuelto una cantidad ingente de tiempo. Cuando el señor que me había dado la noticia colgó, me entró la risa floja del éxito. La euforia todavía duró un rato, pero cuando llegó la sensatez, advertí que no había sido capaz de apuntar la dirección de la oficina en la que mi cartera me esperaba. Según cuenta Sergio Castro, en esos casos de absoluta fortuna, medio cerebro se pone a festejar y el otro medio hace lo que puede.

Como si fuera la escena de “Lo imposible” en la que el padre busca a sus hijos de hospital en hospital, he llamado a todas las policías locales del extrarradio, he visitado los retenes de los ayuntamientos y he buscado más veces de lo deseado la compresión de la teleoperadora del número de atención de los usuarios del tranvía, pero nadie se ha identificado como el autor de la llamada. ¿Por qué se oculta un hombre que te ayuda a encontrar cosas? Esas oficinas y las gentes que lo habitan son para mí un misterio. Me cuenta Ander Izagirre que, “con más optimismo (y con más precisión), en inglés –found objects- y francés –objects trouvés”-  nombran como oficinas de objetos encontrados a lo que aquí llamamos objetos perdidos. Curioso que en mi búsqueda desenfrenada, una muestra más de que Barcelona ya es Europa, haya descubierto que aquí el ayuntamiento también la llama “Oficina de troballes”.  Jordi de Miguel me ha dado la idea de arrojar este mensaje al espacio porque quizás así reencuentre mi cartera:  El viernes perdí mis papeles y alguien los encontró. Ahora soy yo el que ha perdido la oficina de objetos perdidos y todo esto no me pasa por otra cosa que por haber extraviado la memoria.

16. marzo 2015 by Carlos Torres
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Comments (3)

  1. A ver si lo siguiente que pierde son barbarismos como «entrar en pánico». Gracias

  2. …’en esos casos de absoluta fortuna, medio cerebro se pone a festejar y el otro medio hace lo que puede.’

    ¡Cuánta razón! me ha encnatado.

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