Puta feria

Desde las alturas, el campo del Europa luce en la noche como una parcela de hierba crecida a la sombra del muro gris de un rascacielos. A estas horas, Barcelona está tan minada de campos de fútbol alumbrados con esa luz blanca de las instalaciones deportivas que se diría que la convención que cobija bajo su ala debe de ser de futbolistas y no de ingenieros. El cráter negro que deja el Parque Güell sobre la superficie de su montaña, la luz azulgrana de la fálica torre Agbar o el brillo rojo de los barcos de pasajeros que entran después de la hora de la cena quedan atrás como un espectáculo fugaz. Tras el tacto frío de la ventanilla, el trazado de las bombillas del Eixample parece una inmensa pista de aterrizaje dispuesta para que el aparato entre a la ciudad a la torera. Sin embargo, en vez de tomar ese camino sembrado en el asfalto, el avión se adentra en la panza oscura del Mediterráneo, como si en su afán por conquistar la ciudad el piloto se hubiera pasado de frenada. Ahora, la curva del diminuto avión, que se debe divisar a ras de suelo únicamente como una estrella intermitente, sobrevuela los camiones alineados en diagonal en los aparcamientos de la zona franca. El pasajero tuerce el gesto, como si tras conocer la tripa tersa de una chica bella hubiera sido obligado a descubrir después el interior de sus intestinos. Por suerte, la sensación dura poco. El comandante les desea una feliz estancia. La gente está tan acostumbrada a volar que ya nadie aplaude cuando el avión toca tierra.

No queda rastro de nubes  pero el suelo está mojado, como si la lluvia hubiera sido la tarjeta de visita que precede al viajero. Una lluvia que algunos esperan facturar en euros, pues estos días el precio de una noche en el un hotel de extrarradio cuesta lo mismo que el alquiler de todo un mes en un piso del barrio de Gracia. En el recibidor del aeropuerto los chóferes esperan con un buen ramillete de apellidos anglosajones, nórdicos y asiáticos escritos sobre cartulinas. Los autobuses y el cercanías también van llenos. El Prat achica viajeros a la desesperada. Barcelona está impracticable y, estos días, el centro está sometido a un hacinamiento de empujones, de acreditaciones que penden del cuello de una chaqueta, de bolígrafos asomando en los bolsillos de las camisas y del simpático aire de admiración que desprenden los pasajeros habituales del metro hacia esos tipos anodinos con pinta de informático que ganan mucho dinero.

Las unidades móviles de televisión trabajan a destajo. La feria es tan beneficiosa para el conjunto de Barcelona que Zuckerberg y Felipe VI, representantes de dos monarquías antagónicas, la inauguraron cada uno a su manera. A ras de pabellón, la prensa especializada salta de chiringuito en chiringuito a la rapiña de algún obsequio que entregar en casa como impuesto revolucionario por su ausencia. Cuando acabe la semana, día 8 de marzo, se escribirán muchas páginas con cifras sobre la integración laboral en las nuevas tecnologías. Pero hoy, a la salida de la feria, unos tipos que reparten flyers de lujosas casas de citas a trabajadores y la luminaria verde de los taxis procesiona de lupanar en hotel y de hotel en lupanar por el gran burdel nocturno de Barcelona. Cualquiera diría que son los mismos cerebros que se han inventado aplicaciones para ligar. 4G, 3G punto G, todo tiene su tarifa y a la sombra del Mobile World Congress surge una feria paralela de mafias internacionales de la prostitución. No deja de ser irónico que miles de metros cuadrados levantados para honrar al futuro de las tecnologías acaben necesitando de una industria tan vieja como ésta. El negocio de la carne visibiliza como pocos que  la igualdad se quedó sin cobertura.

05. marzo 2015 by Carlos Torres
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