La abuela de todos

prontoCuando yo no sabía lo que era el periodismo, mi abuela María me enseñó lo que era la censura. Recuerdo que fue en aquellos pegajosos meses de verano que sólo habitan de ese modo en el lugar de donde yo vengo. Las mañanas de los domingos nos sentábamos en la galería de su casa con la esperanza de que la escuálida brisa creciera en algún momento y aprendiera a robarnos el calor. Para matar el tiempo, o tal vez para que las playas de las fotos nos contagiaran con sus refrescantes mareas, tomábamos por turnos la revista Pronto, a la que mi abuela más que suscrita sigue afiliada. Mientras los mayores hablaban nosotros nos poníamos al día de todos los cotilleos que sembraban el agosto patrio de jugosas exclusivas. Por aquel entonces yo era un púber bastante curioso y no puedo decir que me importara colisionar con la fotografía de algún escote robado entre aquellas tediosas lecturas. Las buscaba con una mezcla de inocencia y culpabilidad que no he vuelto a hallar en ningún otro deseo. Deteniéndome en los artículos edulcorados de las fiestas que Gil organizaba en Marbella para que mis ojos no levantaran sospechas y delataran el destino final de su viaje. Aún siento ese cosquilleo que sentía cuando las páginas que estaba esperando se acercaban. El corazón se me amotinaba y mi mente ya sólo pensaba en ese pezón furtivo de Lidia Bosch o Natalia Estrada asomando al exterior con la inocencia del bañista. Toda esa agitación se derrumbaba al instante porque mi abuela tenía otros planes reservados para preservar la decencia de su familia y, antes de dejar que las revistas se amontonaran en la mesa, había pasado bolígrafo en mano, como si de una brigada del decoro se tratase, por todos los números de Pronto para devolver a mano la parte de arriba del bikini que alguna famosa había olvidado graciosamente sobre la arena.

Mi abuela es mi abuela y también la abuela de todos. Una mujer que ha conocido a tres reyes, dos dictadores y dos democracias pero sabe que Belén Esteban sólo hay una. Hoy cumple noventa años y, a pesar de una salud en retroceso, todavía no está dispuesta a ceder el bastón de mando. Me pregunto cómo va a ceder una mujer que consigue que sus nietos de metro ochenta le sigan llamando “abuelita”. Es inútil regatearle la nomenclatura porque mi abuela María (a la que por cierto bautizaron como Nieves pero a ella no le pareció bien) no está sometida a más principios que a los suyos. Incluso al único Dios con el que se relaciona lo ha sometido a la férrea programación de su pantalla y, si antes para encontrarla había que ir a la iglesia, ahora pone las misas que emiten por televisión a todo trapo, con la esperanza, imagino, de que a fuerza de escuchar la palabra del Señor más alta terminemos por escucharla.

Mi abuela no quiere que salga a la calle por la noche por si me confunden con otra persona y me pegan un tiro, no quiere que me vaya de viaje con mi novia si no estamos casados, quiere que salga con una mujer dos o tres años más joven porque ellas son más listas y así la inteligencia se compensa, no quiere que me retire tarde y por supuesto no quiere que beba alcohol. Pero sobre todo, mi abuela no duerme si a alguno de sus nietos les pasa algo malo. Mi abuela es también vuestras abuelas, incluso esas que ya se han ido. Un miembro más de esa liga de mujeres extraordinarias cada día más menudas, cada día más frágiles, cada día más lejanas. Esas mujeres que tienen las piernas llenas de varices y los surcos que les dejan las venas en la piel son los caminos de un tiempo que ya se marcha. Un tiempo cada vez más corto, un tiempo cada vez más extraño. Hoy me he levantado pensado que cuando mi abuela ya no esté ya no habrá nadie dispuesto a pintar sobre las páginas del Pronto.

28. febrero 2015 by Carlos Torres
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