El presidente y el constructor. Fábula de altos vuelos.

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Un político sube al jet privado de un empresario. El avión lleva dos días en un hangar del aeropuerto de Buenos Aires, lo ha fletado un magnate de la construcción que esperaba cerrar un importante negocio. Días antes, las rémoras olieron la sangre e hicieron crecer en bolsa los valores de la industria del ladrillo. Hace unas escasas horas una señora abría el periódico en Cuenca para leer que el 94% de sus conciudadanos avalaban la llegada del proyecto; qué no habrá soñado ya con gastar el empresario cuando confabulaba con una tormenta de maná llovido del cielo. Los rayos todavía no han cesado, la lluvia se desploma sobre los tejados de una casi primaveral Buenos Aires, sin acabar de digerirlo lo miembros de la delegación que ha acudido al evento camina cabizbaja en el hall de un hotel. Algunos políticos se acercan al stand del mejor cortador de jamón del mundo; si todavía pudieran sentir vergüenza el apetito se habría esfumado junto a la reputación de la ciudad que representan.

Otro proyecto, quizás otros tiburones, han arrebatado el pastel a última hora; “¿Estambul? pero si están en permanente estado de sitio” piensa para sí por última vez antes de abrocharse el cinturón del avión que le devolverá a Madrid. El hombre está cansado, ha visto a una compañera completar una memorable actuación frente a millones de personas, “High level”, pobre mujer,  la oposición le atacará con ello en el próximo pleno del Ayuntamiento. No es el momento de darle demasiadas vueltas, la autocrítica se escurre entre el agua que salpica las alas, se diluye en el asfalto mientras el avión coge carrerilla. “Nos tienen manía esos gabachos”, exclama el empresario antes de que el comandante comience a hablar; en España los hombres hechos a sí mismos primero se construyen ellos y después se empeñan en alicatar al resto, cosas del “spanish dream”. No es el único político a bordo, varios más han accedido a subirse en el avión pagado por la constructora para ahorrarse a los periodistas en el drama de la cola de embarque; huir no pasa factura en la Comunidad y dar la cara no es un síntoma de la enfermedad política española.

Algunos han empezado a ahogar el sábado en gintonic, el político piensa que los mandamases del partido han escapado en otro avión en el que no había sitio para él. Le cruza por la cabeza el viejo eslogan de los servicios de limpieza de la ciudad: “Madrid, limpia, es capital”. ¿Para quién?, se pregunta el presidente. La panza del avión asciende sobre la pista. Buenos Aires, Tokio, Madrid, es la primera vez que un avión abandona tres ciudades en un solo vuelo.  Tal vez por los viejos tiempos, el constructor espera a estar sobrevolando el océano para acercarse al hombre que horas antes veía a la alcaldesa dilapidar su futuro cartel electoral. No importan los años de entradas en el palco o los pactos de antaño, ningún empresario cede asientos gratis a cambio del aire. Mañana el parqué bursátil ajustará cuentas y no hay tiempo que perder para recalificar las relaciones. Antes de que empiecen a hablar una azafata ofrece café al empresario y al político; “el mío con leche, por favor”, se apresura en demandar él. Las luces de la ciudad ya no se atisban por las ventanillas, la tormenta empieza a cesar pero el trueno todavía no ha llegado:  “Entonces ¿cómo lo arreglamos?”.

10. septiembre 2013 by Carlos Torres
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