Apología del pipero

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Las tardes de partido las gradas del Bernabéu se convierten en un sitio al enemigo. Tanto más si la camiseta que viste es la blanca, porque el madridismo es ese comisario soviético del frente que está en la retaguardia con la pistola cargada de silbidos para disparar al primero que se atreva a desertar. Ya le pasó a Hierro, ya le pasó a del Bosque y ya le ha pasado a Casillas. Cuando se trata de dirigir las purgas, el politburó de Valdebebas nunca se echa a temblar.

Hagamos memoria. Casillas es el portero que, gracias por todo Albano Bizzarri, jubiló la mediocridad de la portería blanca y devolvió la decencia a la línea de gol cuando apuntaló entre sus piernas la toma de Glasgow. No hará falta enumerar otras proezas, pero cuentan que hay un farmacéutico en Munich que se ha hecho de oro con todas las pastillas para dormir que le ha vendido a Robben desde el año dos mil diez. Y sin embargo, es cierto que en los últimos años Casillas había perdido su corona de santo porque, una noche como cualquier otra, los milagros dejaron de pastar en el césped del área chica y todos vimos caer al portero como quien ve a su abuelo no atinar a vestirse por primera vez. Hacia tiempo que Iker ya no era el mismo y en las batallas de los córners se acostumbró a pelearse con el aire mientras el balón se acicalaba en una esquina para levantarle a la novia. En Lisboa la turba ya preparaba el cadalso en la puerta del estadio cuando Sergio Ramos salvó la Champions y la cabeza de Casillas. Pero, de todas las manos que el portero no puso en los últimos años, la que nunca le perdonó una parte de la afición -la misma que tenía como referente a un lateral de cartón piedra- fue aquella con la que no se tapó la boca cuando el Napoleón portugués aterrizó con sus delirios de estratega. Mourinho, como todos los generales fanáticos, sentenció al capitán de su tropa por tratar de hacer las paces con el enemigo blaugrana. Para que cundiera el ejemplo, primero lo sentó en el banco y después le dio a morder una manzana envenenada a Adán.

– Eh comisario, mire allí, en la portería, uno se ha dado la vuelta en el frente –

Hoy Casillas se va a Oporto con el fado de la ingratitud en las maletas. A estas alturas todos estamos de acuerdo que el Con Lo Que Ha Sido ya no le alcanzaba para ser titular, pero tal vez lo de Historia que tú hiciste le debería haber dado para conservar el respeto que se le debía hasta el final. Mañana, esa misma masa que silbaba en retaguardia se vestirá de domingo para acusar de piperos -que es la versión garrula de traidor- a los que afean al club su nefasta forma de gestionar la salida de sus ídolos. No duele la acusación porque es la historia de tantas otras despedidas; Özil, di María y quién sabe si Ramos. La grada enfrentada mientras Florentino alicata la sonrisa. Qué talento innato tiene ese hombre que cada vez que le marca un buen gol al madridismo hace que parezca un accidente del portero. Pero no se preocupen, que en septiembre habrá paz y piperos y mourinhistas rugirán juntos con el ilusionante Benítez para ver si esta vez por fin somos capaces de ganar la segunda liga en siete años.

12. julio 2015 by Carlos Torres
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Una calle para Algora

dos rombos

No conocí a Sergio Algora en persona pero siempre que se me atraganta un domingo por la tarde necesito verle masticar fuego. Al cantante de El niño gusano lo han comparado a menudo con Boris Vian porque ambos fueron músicos, poetas, dramaturgos, sufrieron del corazón y murieron a los treinta y nueve. Lo cierto es que cada vez que alguien se permite comparar a Algora su lengua se convierte al instante en la capital del peor país del mundo.

Ayer, en el aniversario de su muerte, tuve que mirar el vídeo otra vez. Me senté en el sofá, encendí el ordenador y lo vi encenderse un papel para metérselo en la boca. Conociendo como conozco los hospitales, imagino que los cardiólogos le habrían advertido a Algora el peligro que corría si no dejaba de fumar. Por eso no puedo evitar reírme al verlo tragar fuego. Algora es un héroe porque, a veces, estar enfermo del corazón es un motivo suficiente para estar triste. Y sin embargo, Algora, el hombre que tomaba pastillas a diario, no murió de sobredosis de antidepresivos como Nick Drake ni se apuñaló dos veces el pecho por pura tristeza como si fuese Elliot Smith. No, el mejor amigo de todo el mundo según Francisco Nixon, se murió dormido de madrugada, tal y como se mueren la fiestas. Porque, aunque dejó pagado el champán, Sergio Algora es una fiesta que desde hace siete años se quedó sin anfitrión.

Decía Tosltoi que quien es capaz de describir su aldea está describiendo el mundo y  el mundo en el que yo quisiera vivir es el que cartografiaba Algora en sus versos.  Hay una ciudad entera tejida con las historias del poeta que publicó su primer relato en la revista LIB y al que algunas madrugadas se le cagaba Leopoldo María Panero en la puerta del kiosko. Hay una ciudad perdida entre el pueblo en el que tuvo que  tocar las campanas de la Iglesia para que la policía le socorriera de los familiares de las chicas con las que había ligado y la urbanización a la que fue a buscar a Camilo Sesto para que les hiciera los coros en un disco. Desde Zaragozafelizfeliz piden ahora que la capital aragonesa tribute honor a su héroe con una calle de verdad. No podría entenderse que el consistorio se pudiera negar, porque Algora se merece un jardín en cada poro y una calle en cada pueblo.

10. julio 2015 by Carlos Torres
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El logo del PP y los himnos del mal

imageHay tres himnos del mal que se pegan a la piel como el alquitrán a los talones en las playas: el Cara el Sol, el himno del Barça y la melodía del PP. Los tres son grandes pruebas de que en este país de autónomos de vez en cuando también es posible dejar satisfecho al cliente y, aunque convenga escucharlos con un Almax a mano, es indiscutible el potencial que ameritan para tatuar la memoria con cada nota que dibujan en el aire. A menudo recuerdo cómo, a pesar del disgusto que llevaba encima, se me agarró el ‘Tenim un nom, el sap tothom‘ al subconsciente la tarde que, escuchando Carrusel mientras volvíamos en coche de Benidorm, perdimos la liga en Tenerife. Qué razón tenía Andrés Montes cuando decía aquello de que el himno del Barça es al fútbol lo que Satisfaction a la historia del rock, aunque la canción de los Stones sea nueve años más antigua. A los madridistas de provincias al menos nos queda el consuelo de que eligieran para el himno de la Décima a Manuel Jabois, nuestro hermano mayor. Pero si el Cant Blaugrana es el viento rockero que empuja las piernas en el Camp Nou, los tambores de guerra que vienen del Mordor de Génova tienen un deje electrizante al Just can’t enough de Depeche Mode que enamora. El padre de la partitura -Manuel Pacho- contaba en una entrevista que concibió su obra cumbre para que pudiera ser tocada por un solo instrumento y no como la del PSOE, que para que suene bien tienen que meter varios la mano. Lo cierto es que el himno socialista es como el candidato de UPyD, que si lo veo lo reconozco pero no sabría decirte quién es. El de Pacho, en cambio, ya es tal hit atemporal que no descarto que Iglesias le haya tentado para ir en su lista a las primarias. Total por uno más. Y que uno, porque mira que le habrán hecho versiones a su himno y todas le sientan bien, hasta la que debió sonar por lo bajito desde el teléfono de Arias Cañete cuando ganó las europeas por uno a cero contra el Cádiz y Rajoy no quiso salir a celebrarlo al balcón.

Es por eso que uno no se quiere creer que en un partido que tiene joyas como su himno haya caído en errores como el de cambiar el logotipo. Es verdad que la debacle venia radiada desde su ideólogo. Malgastó la campaña Floriano cuando en vez de emitir a todo trapo el viejo himno de Pacho se puso a buscarle la piel a los números, que es como dejar a Messi en el banquillo y tratar de ganarle al Bayern en casa jugando con Laporta de central.

Los populares, fieles a su políticas medioambientales, se han cargado a las gaviotas de su emblema y han enrocado sus siglas en el centro como si fueran dos torres timoratas. Herencias de Rajoy. Si lo que buscaba Floriano era evitar que el voto joven emigrara a Ciudadanos el resultado que le ha quedado parece más un Matutano cejijunto que una enseña que se calce orgullosa en el pecho la juventud de este país. El Barça, mientras tanto, es campeón de todo con su himno y los Stones siguen en pie. Si queda alguien sensato en la sede del PP, dejen trabajar a Manuel Pacho y evacuen a Floriano de allí.

09. julio 2015 by Carlos Torres
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Para leer no hace falta carnet

Hace unos años que me prohibieron correr. Fue un febrero que recuerdo bien porque me fui de la consulta con ganas de besarle el anillo al médico que me jubiló de un solo golpe los pantalones Luanvi de deporte y la mala conciencia que me daba cuando en vez de esprintar calle arriba me bajaba a cualquier terraza de Olavide para ver trotar a las primeras faldas del verano. Me duró poco la alegría- es mejor no confiar en un cardiólogo que da la mano blanda- porque a los pocos meses me volvieron a citar en la consulta del hospital y me comunicaron que a partir de entonces se terminaba también lo de beber whisky como si tuviera un agujero en la garganta. Para un periodista becario como yo, que quería ser el poeta underground más reconocido de su pueblo, aquello fue erigir un monumento al folio en blanco tan imponente como el que se levantó en la clase de gimnasia el día que la chica que me gustaba empezó a hacerme caso.

Reconozco que mi propia ley seca me fastidió mucho más que la idea de no volver a hacer ejercicio porque ser abstemio es una profesión que sólo tiene sentido a las seis de la mañana cuando se vuelve de un concierto de Extremoduro en un polideportivo de Getafe y alguien tiene que conducir hasta Madrid. El caso es que yo tampoco tengo carnet y, desde que no tomo ni una copa de vino, se me ha puesto cara mustia, como de cero a la izquierda. Por eso he dejado de ir a muchas cenas, para evitar ver a la gente torcer el gesto cuando hay que coger el coche y yo me acoplo al asiento trasero. Tronco, Torres, a ver cuándo te lo sacas. Después de eso me voy a casa, abro un libro y lloro en silencio, porque aunque la biblia diga que los borrachos no heredarán el reino de Dios, nadie necesita herencias cuando está en un bar bebiendo con los amigos de toda la vida.

Desde que no bebo me he vuelto un tipo extraño y voy diciendo por ahí que me gustan mucho más las cervezas sin alcohol en casa que acabar de madrugada en vete tú a saber dónde con el último copazo de la Sala Sol dejándome la boca como si fuera un bistec de un menú universitario. Incluso cuentan que se me ha escuchado decir- a mí que me bauticé en Malasaña en las aguas del alcohol del Mas allá- la mentira que nos repetimos los tristes cuando ya nadie nos invita a partir Madrid en dos para remendarla después con el plástico de las latas de Mahou que venden los chinos: “ahora ya no salgo por la noche porque me gustan mucho más los planes por la mañana”. Mentira.

Es quizá por eso que no entiendo a los que no prueban el ron por voluntad propia y en mitad de un bar te llevan a una esquina para hablar de Podemos hasta que se les acaba la Fanta. El otro día le dije a uno, que también es periodista, que antes de seguir hablando del Procés prefería irme a la cama, abrir una novela y no dejarla hasta emborracharme tanto de letras que la habitación me diera vueltas porque estar leído es lo más parecido a estar vivo. Me miró con cara de cero a la izquierda y me dijo que él estaba tan liado entrenándose para la maratón de Boston que ya no encontraba tiempo para leer. Pagué mi Sin y su refresco mientras me marchaba maldiciéndole. Debe haber mucho runner atareado, porque hoy he leído en el periódico que uno de cada tres españoles admiten sin ningún tipo de vergüenza no haber leído ningún libro el último año. Qué razón tenía aquel profesor que me decía que nunca te has de fiar de alguien que es abstemio por propia voluntad.

08. julio 2015 by Carlos Torres
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El último viaje de Rita Barberá

RITA

El padre de un amigo contaba todos los cumpleaños el tiempo que le quedaba para poder viajar con el Imserso. El hombre tenía tal ilusión por hacerlo que daban muchas ganas de abrazarlo cuando la fecha de nacimiento le alcanzó para irse a Benidorm con la mujer y dos maletas.  A uno le caen los años como losas cuando lleva a los padres a la estación -‘escribid cuando lleguéis ¿eh?’- y empieza a sufrir al ver el autocar hacerse cada vez más pequeño. No hubo mucho margen para echarle de menos porque el padre de mi amigo llamaba todos los días para contar las novedades con las que se encontraba. Lo que más le fascinaba era la pensión completa y las cordilleras de comida que preparaban las cocineras del hotel. Todo riquísimo, hijo, hasta el arroz chino.

La primera vez que uno va a Benidorm, se adentra en la playa y mira a tierra desde la orilla, las vistas, además de ser terribles para las cervicales, sobrecogen: las barricadas de sombrillas, los carteles en alemán, los balcones con su ritual del izado de la toalla y una montaña extraña que se aúpa imponente por encima de todos los edificios. Cuenta la leyenda que un gigante llamado Roldán la melló de una patada y mandó una buena porción de tierra a la balsa de agua que es el Mediterráneo en la Playa de Levante. Los padres de mi amigo visitaron el islote en un barquito con el casco de cristal y la encontraron llena de pavos reales. Desde allí se hicieron un fotografía muy borrosa con el InTempo – el edificio más alto de Benidorm- de fondo. Cuenta otra leyenda, mucho más urbana, que el arquitecto que ideó el rascacielos tuvo que dimitir porque una vez construido el imponente mamotreto se dio cuenta de que en su afán por deslumbrar había olvidado planear el hueco para el ascensor. De haber sido así, el InTempo sería  sin dudarlo el edificio más alicantino del mundo.

Los días que los padres de mi amigo no tenían ganas de excursiones se quedaban en el hotel muy tranquilos. Por las mañanas había aquagym en la piscina y cine por las tardes; por las noches, si había partido del Athletic, se reunían en el salón y después echaban unos bailes con una orquesta muy fina que parecía de fiestas mayores. Entre recomendarle gafas al linier y algún cuba libre que se terciaba, la pareja echó sus amistades y algunas noches, cuando se cansaban de la verbena, salían todos juntos del hotel y daban una vuelta por la avenida que los vascos han bautizado en Benidorm como la calle del Coño -Coño, Aitor, tú también por aquí.

Les quedaba ya poco tiempo para volver a Euskadi cuando el padre de mi amigo llamó bastante cabreado a su hijo. Una pareja había perdido las llaves en la playa y estaban en recepción con mucho apuro. Su padre, que había trabajado de cerrajero un tiempo, les abrió la puerta con una tarjeta de crédito. El buen hombre, que cuando está a doscientos kilómetros de casa tiene la manía de hacerse el simpático, estuvo interrogando al matrimonio hasta que les sacó que también estaban allí con el Imserso y que habían viajado el mismo día que ellos. El padre de mi amigo no los había visto ni en la isla, ni en el Aquagym, ni el restaurante, ni en los bailes de la orquesta, ni en la calle del Coño. Pensó que serían tímidos o que, como a su hermano Antonio, les gustaba ir a su aire. Por si acaso, les invitó a bajar esa noche a tomar algo en la verbena. La mujer dio un respingo y al marido se le agrió la cara. El señor, muy contrariado, le cerró la puerta en las narices sin siquiera darle las gracias por haberles sacado del aprieto.

No había vuelto a pensar en él hasta que el viernes estuve en Las Cortes Valencianas. Allí, por el mismo precio que se puede observar a los anodinos miembros del PSPV, uno puede visitar una cabina de prensa con vistas directas a la bancada popular, mucho más colorida y elegante, dónde va a parar. Por encima de las barricadas de butacas, los trajes a medida de ellos y las mechas californianas de ellas, sobresalía el orgullo mellado de la exalcaldesa de Valencia. Rita Barberá aguantó estoicamente los discursos que mencionaban su gestión pegada a las escaleras como si no quisiera perder de vista la puerta de salida. De tanto en tanto, tamborileaba el aire con los dedos para palpar la ausencia que deja el poder cuando se marcha y resoplaba.  Fue la primera vez que la vi en acción en Les Corts y la última, porque esa misma tarde se anunció que se iba al Senado. No es que fuera una sorpresa que, después de tantos años en el equipo ganador, Barberá fuera a saltar de la butaca a las primeras de cambio de gobierno, pero al leer la noticia en el periódico no pude evitar acordarme del padre de mi amigo en sus viajes a Benidorm. Cualquier otro habría estado contento de huir en el autocar rumbo a un retiro dorado y, sin embargo, Rita traía la cara agria de quien habiendo volado en primera se ve obligado a viajar con el Imsermso.

07. julio 2015 by Carlos Torres
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El último día tres

foto-jesus-signes

Hace tres años Juan Cotino lo era todo en Valencia. Había, como siempre que se habla de un capo, una bandada de rumores revoloteando su despacho que hacía que algo en la espina dorsal se removiera cuando se pronunciaban las tres sílabas de su apellido. Quiero hablar con Juan Cotino. ¿Co-ti-no? la sombra de cada vocal asustaba en un sonoro nosequé.  Tal vez, de todos los atributos del exdirector general de la Policia, era su aspecto de señor afable lo que más mosqueaba.  Si hubiéramos enseñado una foto a alguno de esos guiris que campan por Benidorm probablemente se hubiera reído de nuestros temores porque Cotino era un venerable hombre de pelo blanco, con su tripita de persona corriente y una cara bien afeitada.  Y sin embargo Cotino asustaba. Asustaba como solo asustan ciertas sonrisas forzadas, como asustan los defensas centrales que galopan hacia la jugada dispuestos a llevarse el balón o la pierna. Algo así, algo así era él, el defensa central de un PP valenciano mesiánico que jamás se ensuciaba por más que se tirara al barro para atajar el ataque de la oposición.

Cotino lo había sido todo hasta tal punto- además de jefe de la policía, fue delegado del Gobierno, vicepresidente, conseller en tres ocasiones- que cuando el metro naufragó en la estación de Jesús se presentó para medrar en la oscura curva del accidente ¿Qué hacía el responsable de agricultura lidiando con un siniestro en área el transporte? ¿Por qué Co-ti-no llamó a las víctimas? ¿Por qué Co-ti-no había ido a los tanatorios? escalofríos.  No hubo demasiado tiempo para resolver dudas entonces porque dos días después el Papa llegó a Valencia y alguien tenía que escoltar a la pompa vaticana. Cotino otra vez, claro. Hubo que añadir a ese primer aturdimiento el esperpento de la comisión de investigación exprés, teledirigida y manipulada, que condenó a las víctimas a una larga travesía por el desierto de las dudas.

Y así seguían las cosas hace dos años en una Valencia aletargada donde Cotino todavía lo era todo. Afable, afeitado, cristiano,…  había tan poco barro en sus botas que era imposible detectar que ese grupito insignificante de personas derrotadas por él mismo que se reunían todos los días tres a la sombra de la catedral podía ser una amenaza. Sin embargo, la Asociación de Víctimas del metro había tenido el tiempo y la cabeza fría para unir con flechas los puntos negros del accidente. La basura empezaba a flotar en los despachos de les Corts y así emergió el documento que acreditaba la manipulación de la comisión de investigación, los recuerdos de las llamadas a los familiares y las visitas a los tanatorios. Tenían la información, sí, pero todo apuntaba en una dirección que aterraba.

Es en esos momentos, cuando más horrorizado está uno, cuando el humor puede convertirse en un arma. ¿Cotino? Sí ¿Juan Cotino? Sí. Y entonces fue la última vez que Co-ti-no lo fue todo, hasta su hermano. Le teníamos tanto respeto al President  de les Corts que siempre nos sorprenderá que entre todas las preguntas espeluznantes que rondaban aquellos días a la Asociación, quizás fuese la más inocente la que empezó a desperezar Valencia. Debe ser duro pasarse la vida sorteando el lodazal que había dejado Camps para ponerse de cieno hasta las cejas con solo una llamada. El episodio subió en twitter como la espuma de un champán que se había guardado mucho tiempo en la nevera. Lo que pasó después, cuando Cotino puso el intermitente con la corbata y se saltó en rojo todo el cuestionario, ya  es un catecismo de la huida.

Mañana la AVM3J bajará por última vez a la plaza. Todavía les quedan muchas respuestas que encontrar, pero hay un compromiso firmado por todos los partidos – todos menos el de Cotino que por no ser en Valencia ya ni es barbilampiño- para repetir con garantías la comisión de investigación. Sin embargo, antes de bajar a la plaza este año habrá una novedad, las víctimas irán a les Corts para que les pidan perdón. Perdón por el accidente, perdón por la soledad, pero sobre todo perdón porque el hombre que lo era todo en la Comunitat les trató desde allí como si ellos fueran ciudadanos de cuarta. Y lo hizo en nombre de todos los valencianos, valencianos que el viernes a las siete deberíamos bajar por última vez a la plaza para dar las gracias a la asociación de víctimas del metro. Gracias por el coraje de resistir cuando estaban solos  y por la coherencia de mantenerse firmes cuando todos les acompañaban. Ojalá que nunca más nadie pueda sentirse todo para creer que puede tratar a los demás como si fueran nada.

02. julio 2015 by Carlos Torres
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¿Qué hay detrás del Partido Popular de Madrid?

mitin-PP

Hay días que un acto en Barajas, un vecino y un móvil te pueden destartalar las estudiadas puestas en escena de la campaña electoral. Es cuestión de perspectiva pero, siendo explícitos, a esta fotografía se le podría titular “lo que el Partido Popular esconde” o tal vez “lo que el PP no quiere ver”. Lo cierto es que pocas veces cabe tanto Madrid dentro de una sola foto. Es como si Aguirre, que ya anunció su intención de echar a los sin techo del centro de la ciudad, hubiera empezado por ocultar tras un panel del partido a una señora que busca en la basura su sustento diario. Decía Rajoy el viernes, en un mitin en Oviedo, que hemos salido de la crisis gracias al sacrificio de las familias. A veces al gallego ingenuo le bastaría con mirar un poco más a la trastienda de su maquinaria electoral para saber que todavía hay muchos que, si acaso, atinan a emerger de su recesión diez minutos, que es el tiempo que tardan más o menos en encontrar el siguiente contenedor.

Quizá la escena es tan frecuente que puede que ya nos hayamos acostumbrado a regatearla con la mirada cuando nos topamos con ella. En la foto, por ejemplo,  todos los asistentes están tan entretenidos con los globos que regalan en la carpa popular que nadie mira hacia la señora. Curiosamente, Aguirre parece ser la única que la observa con detenimiento desde el autobús que capitanea con esa sonrisa que es tan suya que no necesita registrar en ninguna oficina de patentes. De ser su versión de carne y hueso la que hubiera estado en Barajas y no su alter ego de photoshop, no dudo de que Esperanza Aguirre se hubiera acercado para hablar con la mujer. Ya se sabe que, cuando a la marquesa se le pone en marcha el reloj biológico de la democracia, es una política todoterreno a la que le bastaría un solo minuto para llenar de demagogia la mochila de la señora. Aunque esto no es exclusivo de Madrid, a los socialistas de Barcelona que repartían su programa junto a una rosa en la puerta del metro se les marchitaron antes las promesas que las flores.

Hay días en los que una fotografía sintetiza cuatro años. Son esos en los que una mujer que se sumerge dentro en una basura llena de ofrendas políticas incumplidas levanta la cabeza y lee en el autobús: “Vota Esperanza”. Deja en el suelo sus bolsas llenas de herencia recibida, apoya sus manos en el borde del contenedor, trepa para salir y se pregunta: “Esperanza ¿Para quién?”.

19. mayo 2015 by Carlos Torres
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Gente perdida para objetos encontrados

El viernes perdí los papeles. Debió ser en el tranvía. Acababa de llegar al trabajo y estaba a punto de cruzar la frontera que separa la vida civil de la vida laboral cuando advertí que no llevaba mi cartera encima. Me quedé unos minutos varado en la tierra de nadie de la caseta de seguridad porque sin la tarjeta que llevo en mi billetera no se puede superar los tornos de la empresa. Mientras esperaba a que me dejaran pasar, me vino a la cabeza un carrusel de cosas horribles que se podían hacer con ella: señoras sacando dinero de mi cuenta, bribones valiéndose de mi documentación para delinquir o parejas usurpando mi DNI para poder contratar algún servicio a su nombre.  Ninguna de esas tropelías me provocó tanto terror como que alguien se apoderara de la foto de carnet en la que todavía salgo como un adolescente de pelo largo. Sentí un escalofrío. Registré de nuevo de arriba a abajo la mochila, me palpé todos los resortes ocultos de la chaqueta y comprobé una y otra vez que ésta no estuviera en el suelo.

No es la primera ocasión que entro en pánico de forma infundada, pero la mayor parte de veces que doy el grito de alarma la cartera casi nunca está tan lejos como en la propia mano. Quizá por eso, los compañeros me recordaban con insistencia la metodología que ha de seguirse en la arqueología del despiste: “¿Has mirado bien en los bolsillos interiores, Carlos?”. Volví a llevarme las manos a ellos con escaso éxito. Al contrario que en anteriores sucesos, esta vez los bolsillos parecían agrandarse con toda la ausencia que les cabe dentro. “¿Sabes dónde la has perdido?”. Si lo supiera no estaría escribiendo esta crónica.

Asumida la tragedia de la pérdida pasé a la siguiente fase, la de la tortura burocrática. El primer paso es el más fácil: anular las tarjetas. El banco, diligente en que ningún cliente se quede sin la posibilidad de gastar, te envía a casa nuevas copias en un periodo de tres días. El Estado, en cambio, conduce a menor velocidad que las sucursales bancarias y todavía tardaré un poco en renovarme mi carné de identidad. Aunque barajé la posibilidad durante un buen rato, no puse la denuncia porque hace meses una amiga perdió la cartera y la ciudadana que la encontró tuvo que localizarla personalmente a través de las redes sociales porque los mossos d’esquadra le dijeron que no tenían forma de encontrarla. La policía no puede localizar a una chica. Por suerte para ella, la externalización del servicio vía twitter fue un éxito. Me pregunto qué hubiera pasado con su billetera de haberla hallado un analfabeto tecnológico.

Ya había dado el episodio por resuelto y el cabreo por amortizado cuando, a media tarde, un señor parapetado tras un teléfono oculto me llamó informándome de que una ciudadana- lo dijo así, una ciudadana- había encontrado mi cartera y la había llevado a la oficina de objetos perdidos para devolvérmela. Yo ya estaba en el tranvía de vuelta y me puse tan nervioso por la noticia que casi lloro de la alegría. La ciudadana podría haberse quedado el dinero de la cartera porque, de golpe, me había devuelto una cantidad ingente de tiempo. Cuando el señor que me había dado la noticia colgó, me entró la risa floja del éxito. La euforia todavía duró un rato, pero cuando llegó la sensatez, advertí que no había sido capaz de apuntar la dirección de la oficina en la que mi cartera me esperaba. Según cuenta Sergio Castro, en esos casos de absoluta fortuna, medio cerebro se pone a festejar y el otro medio hace lo que puede.

Como si fuera la escena de “Lo imposible” en la que el padre busca a sus hijos de hospital en hospital, he llamado a todas las policías locales del extrarradio, he visitado los retenes de los ayuntamientos y he buscado más veces de lo deseado la compresión de la teleoperadora del número de atención de los usuarios del tranvía, pero nadie se ha identificado como el autor de la llamada. ¿Por qué se oculta un hombre que te ayuda a encontrar cosas? Esas oficinas y las gentes que lo habitan son para mí un misterio. Me cuenta Ander Izagirre que, “con más optimismo (y con más precisión), en inglés –found objects- y francés –objects trouvés”-  nombran como oficinas de objetos encontrados a lo que aquí llamamos objetos perdidos. Curioso que en mi búsqueda desenfrenada, una muestra más de que Barcelona ya es Europa, haya descubierto que aquí el ayuntamiento también la llama “Oficina de troballes”.  Jordi de Miguel me ha dado la idea de arrojar este mensaje al espacio porque quizás así reencuentre mi cartera:  El viernes perdí mis papeles y alguien los encontró. Ahora soy yo el que ha perdido la oficina de objetos perdidos y todo esto no me pasa por otra cosa que por haber extraviado la memoria.

16. marzo 2015 by Carlos Torres
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Puta feria

Desde las alturas, el campo del Europa luce en la noche como una parcela de hierba crecida a la sombra del muro gris de un rascacielos. A estas horas, Barcelona está tan minada de campos de fútbol alumbrados con esa luz blanca de las instalaciones deportivas que se diría que la convención que cobija bajo su ala debe de ser de futbolistas y no de ingenieros. El cráter negro que deja el Parque Güell sobre la superficie de su montaña, la luz azulgrana de la fálica torre Agbar o el brillo rojo de los barcos de pasajeros que entran después de la hora de la cena quedan atrás como un espectáculo fugaz. Tras el tacto frío de la ventanilla, el trazado de las bombillas del Eixample parece una inmensa pista de aterrizaje dispuesta para que el aparato entre a la ciudad a la torera. Sin embargo, en vez de tomar ese camino sembrado en el asfalto, el avión se adentra en la panza oscura del Mediterráneo, como si en su afán por conquistar la ciudad el piloto se hubiera pasado de frenada. Ahora, la curva del diminuto avión, que se debe divisar a ras de suelo únicamente como una estrella intermitente, sobrevuela los camiones alineados en diagonal en los aparcamientos de la zona franca. El pasajero tuerce el gesto, como si tras conocer la tripa tersa de una chica bella hubiera sido obligado a descubrir después el interior de sus intestinos. Por suerte, la sensación dura poco. El comandante les desea una feliz estancia. La gente está tan acostumbrada a volar que ya nadie aplaude cuando el avión toca tierra.

No queda rastro de nubes  pero el suelo está mojado, como si la lluvia hubiera sido la tarjeta de visita que precede al viajero. Una lluvia que algunos esperan facturar en euros, pues estos días el precio de una noche en el un hotel de extrarradio cuesta lo mismo que el alquiler de todo un mes en un piso del barrio de Gracia. En el recibidor del aeropuerto los chóferes esperan con un buen ramillete de apellidos anglosajones, nórdicos y asiáticos escritos sobre cartulinas. Los autobuses y el cercanías también van llenos. El Prat achica viajeros a la desesperada. Barcelona está impracticable y, estos días, el centro está sometido a un hacinamiento de empujones, de acreditaciones que penden del cuello de una chaqueta, de bolígrafos asomando en los bolsillos de las camisas y del simpático aire de admiración que desprenden los pasajeros habituales del metro hacia esos tipos anodinos con pinta de informático que ganan mucho dinero.

Las unidades móviles de televisión trabajan a destajo. La feria es tan beneficiosa para el conjunto de Barcelona que Zuckerberg y Felipe VI, representantes de dos monarquías antagónicas, la inauguraron cada uno a su manera. A ras de pabellón, la prensa especializada salta de chiringuito en chiringuito a la rapiña de algún obsequio que entregar en casa como impuesto revolucionario por su ausencia. Cuando acabe la semana, día 8 de marzo, se escribirán muchas páginas con cifras sobre la integración laboral en las nuevas tecnologías. Pero hoy, a la salida de la feria, unos tipos que reparten flyers de lujosas casas de citas a trabajadores y la luminaria verde de los taxis procesiona de lupanar en hotel y de hotel en lupanar por el gran burdel nocturno de Barcelona. Cualquiera diría que son los mismos cerebros que se han inventado aplicaciones para ligar. 4G, 3G punto G, todo tiene su tarifa y a la sombra del Mobile World Congress surge una feria paralela de mafias internacionales de la prostitución. No deja de ser irónico que miles de metros cuadrados levantados para honrar al futuro de las tecnologías acaben necesitando de una industria tan vieja como ésta. El negocio de la carne visibiliza como pocos que  la igualdad se quedó sin cobertura.

05. marzo 2015 by Carlos Torres
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La abuela de todos

prontoCuando yo no sabía lo que era el periodismo, mi abuela María me enseñó lo que era la censura. Recuerdo que fue en aquellos pegajosos meses de verano que sólo habitan de ese modo en el lugar de donde yo vengo. Las mañanas de los domingos nos sentábamos en la galería de su casa con la esperanza de que la escuálida brisa creciera en algún momento y aprendiera a robarnos el calor. Para matar el tiempo, o tal vez para que las playas de las fotos nos contagiaran con sus refrescantes mareas, tomábamos por turnos la revista Pronto, a la que mi abuela más que suscrita sigue afiliada. Mientras los mayores hablaban nosotros nos poníamos al día de todos los cotilleos que sembraban el agosto patrio de jugosas exclusivas. Por aquel entonces yo era un púber bastante curioso y no puedo decir que me importara colisionar con la fotografía de algún escote robado entre aquellas tediosas lecturas. Las buscaba con una mezcla de inocencia y culpabilidad que no he vuelto a hallar en ningún otro deseo. Deteniéndome en los artículos edulcorados de las fiestas que Gil organizaba en Marbella para que mis ojos no levantaran sospechas y delataran el destino final de su viaje. Aún siento ese cosquilleo que sentía cuando las páginas que estaba esperando se acercaban. El corazón se me amotinaba y mi mente ya sólo pensaba en ese pezón furtivo de Lidia Bosch o Natalia Estrada asomando al exterior con la inocencia del bañista. Toda esa agitación se derrumbaba al instante porque mi abuela tenía otros planes reservados para preservar la decencia de su familia y, antes de dejar que las revistas se amontonaran en la mesa, había pasado bolígrafo en mano, como si de una brigada del decoro se tratase, por todos los números de Pronto para devolver a mano la parte de arriba del bikini que alguna famosa había olvidado graciosamente sobre la arena.

Mi abuela es mi abuela y también la abuela de todos. Una mujer que ha conocido a tres reyes, dos dictadores y dos democracias pero sabe que Belén Esteban sólo hay una. Hoy cumple noventa años y, a pesar de una salud en retroceso, todavía no está dispuesta a ceder el bastón de mando. Me pregunto cómo va a ceder una mujer que consigue que sus nietos de metro ochenta le sigan llamando “abuelita”. Es inútil regatearle la nomenclatura porque mi abuela María (a la que por cierto bautizaron como Nieves pero a ella no le pareció bien) no está sometida a más principios que a los suyos. Incluso al único Dios con el que se relaciona lo ha sometido a la férrea programación de su pantalla y, si antes para encontrarla había que ir a la iglesia, ahora pone las misas que emiten por televisión a todo trapo, con la esperanza, imagino, de que a fuerza de escuchar la palabra del Señor más alta terminemos por escucharla.

Mi abuela no quiere que salga a la calle por la noche por si me confunden con otra persona y me pegan un tiro, no quiere que me vaya de viaje con mi novia si no estamos casados, quiere que salga con una mujer dos o tres años más joven porque ellas son más listas y así la inteligencia se compensa, no quiere que me retire tarde y por supuesto no quiere que beba alcohol. Pero sobre todo, mi abuela no duerme si a alguno de sus nietos les pasa algo malo. Mi abuela es también vuestras abuelas, incluso esas que ya se han ido. Un miembro más de esa liga de mujeres extraordinarias cada día más menudas, cada día más frágiles, cada día más lejanas. Esas mujeres que tienen las piernas llenas de varices y los surcos que les dejan las venas en la piel son los caminos de un tiempo que ya se marcha. Un tiempo cada vez más corto, un tiempo cada vez más extraño. Hoy me he levantado pensado que cuando mi abuela ya no esté ya no habrá nadie dispuesto a pintar sobre las páginas del Pronto.

28. febrero 2015 by Carlos Torres
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