1985

El domingo cumplo treinta años.

El día que nací alguien asaltó el garaje donde dormía el Ford Orion de la familia y le rompió las cuatro lunas al coche. No fue el Berlín del 38 pero técnicamente vine al mundo en la noche de los cristales rotos. Nunca se supo quién pudo causar el estropicio, pero de lo que estoy casi seguro es de que esta vez no fueron los nazis. Más alemán fue en cambio que, mientras yo esperaba mi debut en el banquillo, el Madrid le levantó al Bayern un cero a dos en el Santiago Bernabéu. A esa misma hora, mis padres iban camino de Alicante dentro de su coche mellado, con las contracciones en el vientre y el aire despeinándoles los nervios. Por si fuera poco, en las semanas de descuento del embarazo, el médico les había dicho que en vez de un niño le venían dos, así que no estaba la Quinta como para enseñarle a mi madre a remontar.

Después de aquello, me crié en una comarca de interior a veinte kilómetros de la costa. Allí aprendí que muchas veces la playa nunca está tan lejos como a quince minutos. Tuve una infancia rural y feliz, como la que se imaginan los niños que se quedan los veranos en Madrid porque ellos no tienen pueblo al que marcharse en agosto. Mi imaginación era inversamente proporcional y ya entonces soñaba con conquistar sus ciudades: primero como futbolista, después como músico y, por último, como escritor. Nunca se sabe, pero a mi edad Van Basten estaba retirado, Vargas Llosa ya había escrito ‘La ciudad y los perros’, Janis Joplin muerto y yo todavía invierto gran parte de mi sueldo solo en el alquiler. Tal vez los treinta sea la edad de empezar a bajarle la persiana a los sueños. No es pesimismo, pero no necesito frases con aroma a Coelho, porque al único alquimista impaciente que he conocido se mordía las uñas en clase de física hasta que sonaba el timbre y podía bajar al patio a vender hachís.

Una mañana, la maestra de inglés se levantó creativa y nos pidió que hiciéramos el esfuerzo de imaginarnos décadas después: ‘Vamos a hacer un ejercicio para aprender a utilizar el futuro y quiero que escribáis cómo os veis el día de mañana’, nos dijo. Ahora suena ridículo, pero entonces yo estaba convencido de que, antes o después, encontraría el modo de convertirme en el Bill Gates del Vinalopó Medio. Recuerdo que titulé la redacción con el nombre del sistema operativo que pensaba patentar: Towers 2020. Al la semana siguiente me pusieron gafas. Sin embargo, la cosa no se torció del todo hasta que en acabé el bachillerato y, en vez de matricularme en ingeniería informática, convencí a mis padres para que me dejaran una mañana en la puerta de la Complutense. Recuerdo que hacía frío, mucho frío. En el pueblo me habían dicho que el de Madrid no es como el de aquí, que basta con cubrirse bien para no sentirlo. Pero yo estaba helado porque contra el frío de la edad adulta en plaza España no hay más abrigo que el tiempo.

Decía Quino que habría que multar a las vacaciones por exceso de velocidad y algo muy parecido deberían haber hecho con mis años universitarios. Yo pensaba que una vez hecho el gran esfuerzo de decidirse a salir de Aspe el resto sería cerrar la puerta de casa y abrir la del diario El País. Lo cierto es que puse mucho más empeño en aprenderme las reglas del futbolín en Malasaña que el manual de Grijelmo y así, sin medias ni guarras, se me escapó la carrera en el tiempo que se tarda en rebobinar la cinta en el Laberinto. Tuve suerte y acabé aprendiendo el oficio en Interviú sin enseñar las tetas y en Callejeros sin drogarme. Allí, un señor en un rodaje me contó que yo había nacido el mismo día que murió el Yiyo en la plaza de Colmenar. ¿No se le habrá pegado algo del maestro?, me dijo. Aquel día también murió el toro, repliqué por no decirle que yo no creo en reencarnaciones. Es verdad que me gustaría ser inmortal como los animales de Borges, que lo son porque ignoran el final, pero se llega a una edad en la que la muerte llena todas las paredes con sus anuncios. Quizás tenía razón el argentino cuando decía que la vida no es más que una muerte que se viene.

A mi edad, mi padre tenía un coche, un trabajo fijo, dos hijos y una casa y yo ni siquiera he sido capaz de sacarme el carnet. Es verdad que tengo un máster, una carrera, un premio de poesía local y una vez me vine arriba y me atreví a decirle a mi abuelo, que superó la orfandad, el taller y la guerra, que soy miembro de la generación más preparada de la historia. Espero saber decirle algún día para qué. El domingo cumpliré treinta años y no tendré ninguna crisis existencial. Son cosas como las que mis padres hayan cambiado la bañera por un plato de ducha por si algún día tuvieran problemas para entrar las que me hacen sentir vulnerable, como si las certezas tuvieran agujetas. Tengo treinta años y no soy millonario, cantaban Los Punsetes. El tiempo se escurre entre los dedos y se que no se ha inventado policía capaz de cazarle en un radar.  De aquel prometedor Towers 2020 ya solo queda la tentación de reiniciar el sistema de tanto en tanto. Quién sabe si volverán a venir de noche para rompernos los cristales. Después de todo, creo que nunca he aprendido a utilizar el futuro.

27. agosto 2015 by Carlos Torres
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Tres días de luto oficial en Misent

en la orilla

Estos días Misent está abarrotada de madrileños. Empezaron a bajar los primeros fines de semana de mayo y no se irán del todo hasta que septiembre irrumpa con su languidez y la ciudad deje de ser una brasa furiosa en mitad de la meseta. Si uno se acerca a la playa por la tarde todavía puede verlos desesperándose en los semáforos en rojo, con la camisa abierta y el bañador mojado, sacando el brazo por la ventanilla para atrapar con los dedos el último salitre del verano. Antes de partir harán un esfuerzo para sentarse a cenar en un restaurante con espectáculo o tomarán un barco a la isla con la quilla de cristal para amortizar así su costumbre de caminar mirando al suelo. Harán planes con el frenesí de unas vacaciones que se acaban pero, por desgracia, ya no podrán negar en sus caras que la cuenta atrás ha comenzado, como comienza siempre cada quince de agosto, el último gran puerto puntuable del verano.

A partir de aquí todo es cuesta abajo: los castellanos empiezan a embalar los bultos en sus pulpos de goma, los camareros ya huelen a la prestación del Inem y los patinetes de la orilla se amotinan en barricadas como los del Quemado de Bolaño. Pero eso vendrá después, porque esta noche en Misent hay fiesta y las familias de la multipropiedad se mezclarán por el paseo marítimo con los señores del jacuzzi en la terraza y la barraca reformada del abuelo. Lo harán sin saber que, aunque no bajen los cristales tintados de sus ventanillas por miedo a que los pasodobles de las charangas les arruinen el punto álgido del coro de los peregrinos, ellos también se impacientan en los semáforos y le dan a la bocina; que ellos también fondearán en Tabarca aunque no tendrán que hacer cola ni comprar el ticket y que, en vez de mirar a los salmonetes por el casco, observarán a los peces gordos por la borda, con un ojo en su campo de almendros y el otro en el futuro suelo urbanizable. Compradores y comprados. Nadie nos enseñó a distinguir a los chacales de sus presas como Rafael Chirbes, el autor que recalificó nuestra literatura y halló lo extraordinario donde los demás sólo eran capaces de ver una montaña de hedionda rutina. Chirbes fue algo así como el faro de Misent. La luz que repasó con su mirada el mar Mediterráneo, consciente de que un escritor no puede evitar el naufragio pero sí subrayarlo.

Los últimos meses estaba tan harto de mirar siempre desde su atalaya la misma línea del horizonte que había empezado a decir que sentía que ya estaba todo dicho, todo contado, todo vivido y que sólo le quedaba consuelo y desasosiego en releer todo aquello que no comprendió en su momento. Cito: “O sea, la desesperante tarea del niño que quiere meter en el mar su pocito de playa. ¿Cómo escribir si no sabemos nada?, y ¿cómo atreverte a escribir con todas las cosas buenas que se han escrito?”.

Esta noche en Misent los madrileños irán a la verbena y se dejarán emborrachar con las bebidas baratas de verano. Verán la bandera a media asta en el ayuntamiento y no sabrán por quién doblan las campanas. Es mejor así. El concejal de cultura que decretó los tres días de luto tampoco sabrá explicar bien quién es el hombre que hoy por la tarde guardó su luz en un cajón y se dejó marchar a la deriva en un pocito de playa. “Es uno al que le daban premios”, le contará a sus amigos en la cena. Los turistas, ajenos a las tragedias de la literatura, bailarán hasta que el hígado aguante y acabarán en la playa apretando la carnes o vomitando la cena. El primer sol del día salpicará tímido la arena mientras un BMW cargado de remordimientos apurará un semáforo en ámbar. Como sucede con todos los faros, uno no termina de saber lo necesarios que son hasta que se apagan.

 

15. agosto 2015 by Carlos Torres
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La viga catalana

jácena

La jácena de casa de mi abuela es un palo de barco de madera. Desde que conozco sus rincones, el techo amenaza con desplomarse y dejarnos sin vivienda. Sin embargo, los cimientos nunca ceden porque acostumbrada al milenario batir de los mares la mole de pino sabe cómo evitar la deriva. No temáis por nosotros, a las novias que vienen en verano a conocer el pueblo también les cuesta acostumbrarse al temblor de los azulejos, pero más allá de las cicatrices del caparazón, nuestros pasos breves solo son cosquillas para la viga maestra.

Antes de nosotros aquí hubo una posada y después una herrería, hoy la casa es la barricada donde resisten con más oficio que coraje los veteranos de guerra de mi apellido. Ellos dieron lustro a estas paredes que envejecen desde el primer día. Como aquel año que los bisabuelos creyeron que con el jolgorio de su convite de boda el suelo se caería. Qué día aquel, para enmarcarlo. En las paredes hay grietas que ya duran siglos y descuelgan cuadros como recuerdos invisibles que se enroscan a la pechera. La casa fue solo una casa hasta que, a la muerte del padre, el imperio rural se dividió en tres. La jácena mantuvo a todas las partes firmes y, si no las tiró la avaricia, por qué deberíamos temer al tiempo. Ahora, por cada cascote que se despeña, una fotografía de un nuevo bautizo adorna el aparador junto a la bombonera donde el abuelo dejó sus dulces antes de irse a jugar la última partida. Lo que nunca nos dijeron las madres es que dejar de tomar caramelos tampoco evitará que, antes o después, se nos caigan los dientes.

Esta semana estoy en el pueblo y la tele encendida brama el enésimo día histórico que viven en un año el patio de los naranjos y su President. Agosto es el mes más fugaz del año para todos, menos para la jácena. La casa huele a verano y verbena. Se abre el taller y las sillas se llenan. Llego yo, llega mi hermana y vienen los primos de París, pero las vacaciones pasan como el sudor de una fiebre y en septiembre solo quedara el recuerdo de un síntoma. La jácena no, la jácena estará ahí como estaba ahí antes de que nosotros aprendiéramos a quejarnos de sus ruidos. Y estará ahí cuando nuestros huesos adornen otras tierras porque no todos sabemos ser útiles después de la muerte. Mi abuela me pregunta si creo que esta vez los catalanes se irán de España. La jácena se retuerce y cruje cansada del tema. Quizás sí, abuela, por qué no. No me importa. La historia es como el agua de Pessoa, que parece honda porque engaña de tan sucia. El futuro también pasará y nosotros seremos los bisabuelos que creíamos que la alegría de nuestro banquete hundiría la casa. Y después de todo, la viga seguirá estando allí. Varada con su preciso silencio sobre las grietas del mundo. Porque quizás ella sabe que a pesar de todo, si llega el día que el imperio rural que habitamos tenga que dividirse en tres, lo mismo nos tocará seguir siendo vecinos.

05. agosto 2015 by Carlos Torres
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Me cago en los hipsters

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A las once de la mañana la calle Velarde huele a rellano recién fregado. Primera caída. No es sólo que el café Comercial estuviera clausurado al salir del metro de Bilbao, es que los portales de los bares en los que generaciones de madrileños se hicieron mayores tienen a esa hora un aroma a fregasuelos con fragancia de pino que el verdadero riesgo no es ya que los chinos te pillen en horas bajas y te coloquen su merca, sino que se te aparezca una señora con la fregona en la mano para obligarte a pisar por los periódicos. Me paro en una inmobiliaria: Calle San Bernardo, 49 metros, 800 euros. Calle Silva, 45 metros, 900 euros. Calle Barco, interior 55 metros, 990 euros. Dos de Mayo, 68 metros, dos habitaciones, 1100 euros. Si Miguel González, el poeta que me se me ha acercado en la plaza del Dos de Mayo para venderme su libro por un euro tuviera que sufragar un alquiler en el barrio con lo que saca de sus poemas, sus versos serían los más vendidos de la lírica en castellano. Ojeo la portada de su antología: “El amor de mujer/es como una taza de café/que cuanto más caliente está/más lo quieres beber”. Miguel no me jodas que el café me ha costado dos euros en una tienda de tartas de la corredera Alta de San Pablo y la última mujer que yo perseguí por estas calles ahora tiene un chat en en whatsapp con las del grupo de lactancia.

Acostumbrado al tradicional rechazo que sufren los poetas, Miguel es un hombre bregado en la resistencia: “oiga joven, que yo me busco la vida escribiendo”. Me parece tan tierno su empeño, que le doy por sus poemas más o menos lo que cuesta una caña en el Noviciado, el bar al que iba yo siempre que quería encontrarme con la vida. Miguel me da las gracias y se marcha por donde vino. Habrá quien piense que el cambio no está tan mal. Que Malasaña se pone guapa y bla bla bla. Bien, pero es que entre San Andrés y la orilla del barrio que el ayuntamiento le dedicó a Antonio Vega hay tres o cuatro tiendas de ropa para bebés. El efecto Carmena, imagino. En esa esquina donde arranca Tribunal hay ahora una cafetería especializada en bagels que se llama la Avenida del zumo. El sitio de mi recreo, porca miseria. En la misma calle que hace unos años se enseñaba a fumar sin toser ahora se pueden hacer cursos para aprender a decorar cerámica o elegir entre patucos y baberos para el hijo recién nacido de tu colega que no hace tanto tocaba en el grupo de moda.

Para pasar el mal trago huyo a la plaza del Grial buscando el rastro del vino agrio que hace muchos años arrojamos al suelo por si acaso olvidábamos el camino de vuelta. No lo encuentro por ningún sitio porque, para que la gente no beba en la calle, la plaza está tomada ahora por las terrazas de los bares. Me siento en un banco y allí me entero de que el Noviciado, el lugar donde yo hacía a Miguel, cierra por un asunto de renta antigua. Segunda caída. Cuando uno se marcha, las ciudades se desordenan y al volver se pasea por ellas como un padre que todavía no sabe que ha empezado a avergonzar a sus hijos cuando cuenta sus chistes viejos. No son solo el Noviciado o el Comercial. En los últimos años han desaparecido el Groovie, la Nasti, el Garito, el Louie Louie o el Chamizo. Se me han oxidado de un solo plumazo los únicos nacionalismos que me salían a cuenta. Este verano Malasaña parece un cementerio de recuerdos en el que gastrobares y restaurantes japoneses no respetan el periodo de duelo. Pienso en el Pele, el sheriff que custodiaba la vía Lactea, y creo que prefirió morirse antes de tener que ponerse a disparar contra los cupcakes. Me cago en los hipsters y en la gentrificación del barrio. No me extrañaría que esta misma noche, la estatua de la estudiante de bronce que se adentra a la plaza desde la iglesia de San Ildefonso, cambiara de dirección y se alejara a toda prisa del barrio.

Eso hago yo, herido en la memoria como un perro que no encuentra su amo. Bajo por la corredera baja de San Pablo y dejo a la izquierda el letrero en ruinas de La Pepita y a la derecha el viejo cine X que se ha convertido en un supermercado Día. El progreso es pornográfico. Me paseo por la calle Pez y allí consigo por fin un respiro. El Palentino resiste a pesar de que el fantasma del cierre avanza como un glaciar por los surcos de la barra. Tengo un agujero en el estómago. Me duele el barrio porque me gustan más las esquinas de Malasaña donde por tres ochenta cualquiera puede convertirse en el seleccionador del combinado nacional que los locales de moda donde te amargan la ginebra con un buen pepino. Lo pienso otra vez. Me da la asfixia y busco la salida natural hacia Madrid, allá donde la calle Barco naufraga en Desengaño. Me giro por última vez como un emigrante que deja el puerto gallego y pienso que ya lo decían los Astrud: “quizá el mejor momento de las cosas es cuando todavía no han pasado”.

03. agosto 2015 by Carlos Torres
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Apología del pipero

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Las tardes de partido las gradas del Bernabéu se convierten en un sitio al enemigo. Tanto más si la camiseta que viste es la blanca, porque el madridismo es ese comisario soviético del frente que está en la retaguardia con la pistola cargada de silbidos para disparar al primero que se atreva a desertar. Ya le pasó a Hierro, ya le pasó a del Bosque y ya le ha pasado a Casillas. Cuando se trata de dirigir las purgas, el politburó de Valdebebas nunca se echa a temblar.

Hagamos memoria. Casillas es el portero que, gracias por todo Albano Bizzarri, jubiló la mediocridad de la portería blanca y devolvió la decencia a la línea de gol cuando apuntaló entre sus piernas la toma de Glasgow. No hará falta enumerar otras proezas, pero cuentan que hay un farmacéutico en Munich que se ha hecho de oro con todas las pastillas para dormir que le ha vendido a Robben desde el año dos mil diez. Y sin embargo, es cierto que en los últimos años Casillas había perdido su corona de santo porque, una noche como cualquier otra, los milagros dejaron de pastar en el césped del área chica y todos vimos caer al portero como quien ve a su abuelo no atinar a vestirse por primera vez. Hacia tiempo que Iker ya no era el mismo y en las batallas de los córners se acostumbró a pelearse con el aire mientras el balón se acicalaba en una esquina para levantarle a la novia. En Lisboa la turba ya preparaba el cadalso en la puerta del estadio cuando Sergio Ramos salvó la Champions y la cabeza de Casillas. Pero, de todas las manos que el portero no puso en los últimos años, la que nunca le perdonó una parte de la afición -la misma que tenía como referente a un lateral de cartón piedra- fue aquella con la que no se tapó la boca cuando el Napoleón portugués aterrizó con sus delirios de estratega. Mourinho, como todos los generales fanáticos, sentenció al capitán de su tropa por tratar de hacer las paces con el enemigo blaugrana. Para que cundiera el ejemplo, primero lo sentó en el banco y después le dio a morder una manzana envenenada a Adán.

– Eh comisario, mire allí, en la portería, uno se ha dado la vuelta en el frente –

Hoy Casillas se va a Oporto con el fado de la ingratitud en las maletas. A estas alturas todos estamos de acuerdo que el Con Lo Que Ha Sido ya no le alcanzaba para ser titular, pero tal vez lo de Historia que tú hiciste le debería haber dado para conservar el respeto que se le debía hasta el final. Mañana, esa misma masa que silbaba en retaguardia se vestirá de domingo para acusar de piperos -que es la versión garrula de traidor- a los que afean al club su nefasta forma de gestionar la salida de sus ídolos. No duele la acusación porque es la historia de tantas otras despedidas; Özil, di María y quién sabe si Ramos. La grada enfrentada mientras Florentino alicata la sonrisa. Qué talento innato tiene ese hombre que cada vez que le marca un buen gol al madridismo hace que parezca un accidente del portero. Pero no se preocupen, que en septiembre habrá paz y piperos y mourinhistas rugirán juntos con el ilusionante Benítez para ver si esta vez por fin somos capaces de ganar la segunda liga en siete años.

12. julio 2015 by Carlos Torres
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Una calle para Algora

dos rombos

No conocí a Sergio Algora en persona pero siempre que se me atraganta un domingo por la tarde necesito verle masticar fuego. Al cantante de El niño gusano lo han comparado a menudo con Boris Vian porque ambos fueron músicos, poetas, dramaturgos, sufrieron del corazón y murieron a los treinta y nueve. Lo cierto es que cada vez que alguien se permite comparar a Algora su lengua se convierte al instante en la capital del peor país del mundo.

Ayer, en el aniversario de su muerte, tuve que mirar el vídeo otra vez. Me senté en el sofá, encendí el ordenador y lo vi encenderse un papel para metérselo en la boca. Conociendo como conozco los hospitales, imagino que los cardiólogos le habrían advertido a Algora el peligro que corría si no dejaba de fumar. Por eso no puedo evitar reírme al verlo tragar fuego. Algora es un héroe porque, a veces, estar enfermo del corazón es un motivo suficiente para estar triste. Y sin embargo, Algora, el hombre que tomaba pastillas a diario, no murió de sobredosis de antidepresivos como Nick Drake ni se apuñaló dos veces el pecho por pura tristeza como si fuese Elliot Smith. No, el mejor amigo de todo el mundo según Francisco Nixon, se murió dormido de madrugada, tal y como se mueren la fiestas. Porque, aunque dejó pagado el champán, Sergio Algora es una fiesta que desde hace siete años se quedó sin anfitrión.

Decía Tosltoi que quien es capaz de describir su aldea está describiendo el mundo y  el mundo en el que yo quisiera vivir es el que cartografiaba Algora en sus versos.  Hay una ciudad entera tejida con las historias del poeta que publicó su primer relato en la revista LIB y al que algunas madrugadas se le cagaba Leopoldo María Panero en la puerta del kiosko. Hay una ciudad perdida entre el pueblo en el que tuvo que  tocar las campanas de la Iglesia para que la policía le socorriera de los familiares de las chicas con las que había ligado y la urbanización a la que fue a buscar a Camilo Sesto para que les hiciera los coros en un disco. Desde Zaragozafelizfeliz piden ahora que la capital aragonesa tribute honor a su héroe con una calle de verdad. No podría entenderse que el consistorio se pudiera negar, porque Algora se merece un jardín en cada poro y una calle en cada pueblo.

10. julio 2015 by Carlos Torres
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El logo del PP y los himnos del mal

imageHay tres himnos del mal que se pegan a la piel como el alquitrán a los talones en las playas: el Cara el Sol, el himno del Barça y la melodía del PP. Los tres son grandes pruebas de que en este país de autónomos de vez en cuando también es posible dejar satisfecho al cliente y, aunque convenga escucharlos con un Almax a mano, es indiscutible el potencial que ameritan para tatuar la memoria con cada nota que dibujan en el aire. A menudo recuerdo cómo, a pesar del disgusto que llevaba encima, se me agarró el ‘Tenim un nom, el sap tothom‘ al subconsciente la tarde que, escuchando Carrusel mientras volvíamos en coche de Benidorm, perdimos la liga en Tenerife. Qué razón tenía Andrés Montes cuando decía aquello de que el himno del Barça es al fútbol lo que Satisfaction a la historia del rock, aunque la canción de los Stones sea nueve años más antigua. A los madridistas de provincias al menos nos queda el consuelo de que eligieran para el himno de la Décima a Manuel Jabois, nuestro hermano mayor. Pero si el Cant Blaugrana es el viento rockero que empuja las piernas en el Camp Nou, los tambores de guerra que vienen del Mordor de Génova tienen un deje electrizante al Just can’t enough de Depeche Mode que enamora. El padre de la partitura -Manuel Pacho- contaba en una entrevista que concibió su obra cumbre para que pudiera ser tocada por un solo instrumento y no como la del PSOE, que para que suene bien tienen que meter varios la mano. Lo cierto es que el himno socialista es como el candidato de UPyD, que si lo veo lo reconozco pero no sabría decirte quién es. El de Pacho, en cambio, ya es tal hit atemporal que no descarto que Iglesias le haya tentado para ir en su lista a las primarias. Total por uno más. Y que uno, porque mira que le habrán hecho versiones a su himno y todas le sientan bien, hasta la que debió sonar por lo bajito desde el teléfono de Arias Cañete cuando ganó las europeas por uno a cero contra el Cádiz y Rajoy no quiso salir a celebrarlo al balcón.

Es por eso que uno no se quiere creer que en un partido que tiene joyas como su himno haya caído en errores como el de cambiar el logotipo. Es verdad que la debacle venia radiada desde su ideólogo. Malgastó la campaña Floriano cuando en vez de emitir a todo trapo el viejo himno de Pacho se puso a buscarle la piel a los números, que es como dejar a Messi en el banquillo y tratar de ganarle al Bayern en casa jugando con Laporta de central.

Los populares, fieles a su políticas medioambientales, se han cargado a las gaviotas de su emblema y han enrocado sus siglas en el centro como si fueran dos torres timoratas. Herencias de Rajoy. Si lo que buscaba Floriano era evitar que el voto joven emigrara a Ciudadanos el resultado que le ha quedado parece más un Matutano cejijunto que una enseña que se calce orgullosa en el pecho la juventud de este país. El Barça, mientras tanto, es campeón de todo con su himno y los Stones siguen en pie. Si queda alguien sensato en la sede del PP, dejen trabajar a Manuel Pacho y evacuen a Floriano de allí.

09. julio 2015 by Carlos Torres
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Para leer no hace falta carnet

Hace unos años que me prohibieron correr. Fue un febrero que recuerdo bien porque me fui de la consulta con ganas de besarle el anillo al médico que me jubiló de un solo golpe los pantalones Luanvi de deporte y la mala conciencia que me daba cuando en vez de esprintar calle arriba me bajaba a cualquier terraza de Olavide para ver trotar a las primeras faldas del verano. Me duró poco la alegría- es mejor no confiar en un cardiólogo que da la mano blanda- porque a los pocos meses me volvieron a citar en la consulta del hospital y me comunicaron que a partir de entonces se terminaba también lo de beber whisky como si tuviera un agujero en la garganta. Para un periodista becario como yo, que quería ser el poeta underground más reconocido de su pueblo, aquello fue erigir un monumento al folio en blanco tan imponente como el que se levantó en la clase de gimnasia el día que la chica que me gustaba empezó a hacerme caso.

Reconozco que mi propia ley seca me fastidió mucho más que la idea de no volver a hacer ejercicio porque ser abstemio es una profesión que sólo tiene sentido a las seis de la mañana cuando se vuelve de un concierto de Extremoduro en un polideportivo de Getafe y alguien tiene que conducir hasta Madrid. El caso es que yo tampoco tengo carnet y, desde que no tomo ni una copa de vino, se me ha puesto cara mustia, como de cero a la izquierda. Por eso he dejado de ir a muchas cenas, para evitar ver a la gente torcer el gesto cuando hay que coger el coche y yo me acoplo al asiento trasero. Tronco, Torres, a ver cuándo te lo sacas. Después de eso me voy a casa, abro un libro y lloro en silencio, porque aunque la biblia diga que los borrachos no heredarán el reino de Dios, nadie necesita herencias cuando está en un bar bebiendo con los amigos de toda la vida.

Desde que no bebo me he vuelto un tipo extraño y voy diciendo por ahí que me gustan mucho más las cervezas sin alcohol en casa que acabar de madrugada en vete tú a saber dónde con el último copazo de la Sala Sol dejándome la boca como si fuera un bistec de un menú universitario. Incluso cuentan que se me ha escuchado decir- a mí que me bauticé en Malasaña en las aguas del alcohol del Mas allá- la mentira que nos repetimos los tristes cuando ya nadie nos invita a partir Madrid en dos para remendarla después con el plástico de las latas de Mahou que venden los chinos: “ahora ya no salgo por la noche porque me gustan mucho más los planes por la mañana”. Mentira.

Es quizá por eso que no entiendo a los que no prueban el ron por voluntad propia y en mitad de un bar te llevan a una esquina para hablar de Podemos hasta que se les acaba la Fanta. El otro día le dije a uno, que también es periodista, que antes de seguir hablando del Procés prefería irme a la cama, abrir una novela y no dejarla hasta emborracharme tanto de letras que la habitación me diera vueltas porque estar leído es lo más parecido a estar vivo. Me miró con cara de cero a la izquierda y me dijo que él estaba tan liado entrenándose para la maratón de Boston que ya no encontraba tiempo para leer. Pagué mi Sin y su refresco mientras me marchaba maldiciéndole. Debe haber mucho runner atareado, porque hoy he leído en el periódico que uno de cada tres españoles admiten sin ningún tipo de vergüenza no haber leído ningún libro el último año. Qué razón tenía aquel profesor que me decía que nunca te has de fiar de alguien que es abstemio por propia voluntad.

08. julio 2015 by Carlos Torres
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El último viaje de Rita Barberá

RITA

El padre de un amigo contaba todos los cumpleaños el tiempo que le quedaba para poder viajar con el Imserso. El hombre tenía tal ilusión por hacerlo que daban muchas ganas de abrazarlo cuando la fecha de nacimiento le alcanzó para irse a Benidorm con la mujer y dos maletas.  A uno le caen los años como losas cuando lleva a los padres a la estación -‘escribid cuando lleguéis ¿eh?’- y empieza a sufrir al ver el autocar hacerse cada vez más pequeño. No hubo mucho margen para echarle de menos porque el padre de mi amigo llamaba todos los días para contar las novedades con las que se encontraba. Lo que más le fascinaba era la pensión completa y las cordilleras de comida que preparaban las cocineras del hotel. Todo riquísimo, hijo, hasta el arroz chino.

La primera vez que uno va a Benidorm, se adentra en la playa y mira a tierra desde la orilla, las vistas, además de ser terribles para las cervicales, sobrecogen: las barricadas de sombrillas, los carteles en alemán, los balcones con su ritual del izado de la toalla y una montaña extraña que se aúpa imponente por encima de todos los edificios. Cuenta la leyenda que un gigante llamado Roldán la melló de una patada y mandó una buena porción de tierra a la balsa de agua que es el Mediterráneo en la Playa de Levante. Los padres de mi amigo visitaron el islote en un barquito con el casco de cristal y la encontraron llena de pavos reales. Desde allí se hicieron un fotografía muy borrosa con el InTempo – el edificio más alto de Benidorm- de fondo. Cuenta otra leyenda, mucho más urbana, que el arquitecto que ideó el rascacielos tuvo que dimitir porque una vez construido el imponente mamotreto se dio cuenta de que en su afán por deslumbrar había olvidado planear el hueco para el ascensor. De haber sido así, el InTempo sería  sin dudarlo el edificio más alicantino del mundo.

Los días que los padres de mi amigo no tenían ganas de excursiones se quedaban en el hotel muy tranquilos. Por las mañanas había aquagym en la piscina y cine por las tardes; por las noches, si había partido del Athletic, se reunían en el salón y después echaban unos bailes con una orquesta muy fina que parecía de fiestas mayores. Entre recomendarle gafas al linier y algún cuba libre que se terciaba, la pareja echó sus amistades y algunas noches, cuando se cansaban de la verbena, salían todos juntos del hotel y daban una vuelta por la avenida que los vascos han bautizado en Benidorm como la calle del Coño -Coño, Aitor, tú también por aquí.

Les quedaba ya poco tiempo para volver a Euskadi cuando el padre de mi amigo llamó bastante cabreado a su hijo. Una pareja había perdido las llaves en la playa y estaban en recepción con mucho apuro. Su padre, que había trabajado de cerrajero un tiempo, les abrió la puerta con una tarjeta de crédito. El buen hombre, que cuando está a doscientos kilómetros de casa tiene la manía de hacerse el simpático, estuvo interrogando al matrimonio hasta que les sacó que también estaban allí con el Imserso y que habían viajado el mismo día que ellos. El padre de mi amigo no los había visto ni en la isla, ni en el Aquagym, ni el restaurante, ni en los bailes de la orquesta, ni en la calle del Coño. Pensó que serían tímidos o que, como a su hermano Antonio, les gustaba ir a su aire. Por si acaso, les invitó a bajar esa noche a tomar algo en la verbena. La mujer dio un respingo y al marido se le agrió la cara. El señor, muy contrariado, le cerró la puerta en las narices sin siquiera darle las gracias por haberles sacado del aprieto.

No había vuelto a pensar en él hasta que el viernes estuve en Las Cortes Valencianas. Allí, por el mismo precio que se puede observar a los anodinos miembros del PSPV, uno puede visitar una cabina de prensa con vistas directas a la bancada popular, mucho más colorida y elegante, dónde va a parar. Por encima de las barricadas de butacas, los trajes a medida de ellos y las mechas californianas de ellas, sobresalía el orgullo mellado de la exalcaldesa de Valencia. Rita Barberá aguantó estoicamente los discursos que mencionaban su gestión pegada a las escaleras como si no quisiera perder de vista la puerta de salida. De tanto en tanto, tamborileaba el aire con los dedos para palpar la ausencia que deja el poder cuando se marcha y resoplaba.  Fue la primera vez que la vi en acción en Les Corts y la última, porque esa misma tarde se anunció que se iba al Senado. No es que fuera una sorpresa que, después de tantos años en el equipo ganador, Barberá fuera a saltar de la butaca a las primeras de cambio de gobierno, pero al leer la noticia en el periódico no pude evitar acordarme del padre de mi amigo en sus viajes a Benidorm. Cualquier otro habría estado contento de huir en el autocar rumbo a un retiro dorado y, sin embargo, Rita traía la cara agria de quien habiendo volado en primera se ve obligado a viajar con el Imsermso.

07. julio 2015 by Carlos Torres
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El último día tres

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Hace tres años Juan Cotino lo era todo en Valencia. Había, como siempre que se habla de un capo, una bandada de rumores revoloteando su despacho que hacía que algo en la espina dorsal se removiera cuando se pronunciaban las tres sílabas de su apellido. Quiero hablar con Juan Cotino. ¿Co-ti-no? la sombra de cada vocal asustaba en un sonoro nosequé.  Tal vez, de todos los atributos del exdirector general de la Policia, era su aspecto de señor afable lo que más mosqueaba.  Si hubiéramos enseñado una foto a alguno de esos guiris que campan por Benidorm probablemente se hubiera reído de nuestros temores porque Cotino era un venerable hombre de pelo blanco, con su tripita de persona corriente y una cara bien afeitada.  Y sin embargo Cotino asustaba. Asustaba como solo asustan ciertas sonrisas forzadas, como asustan los defensas centrales que galopan hacia la jugada dispuestos a llevarse el balón o la pierna. Algo así, algo así era él, el defensa central de un PP valenciano mesiánico que jamás se ensuciaba por más que se tirara al barro para atajar el ataque de la oposición.

Cotino lo había sido todo hasta tal punto- además de jefe de la policía, fue delegado del Gobierno, vicepresidente, conseller en tres ocasiones- que cuando el metro naufragó en la estación de Jesús se presentó para medrar en la oscura curva del accidente ¿Qué hacía el responsable de agricultura lidiando con un siniestro en área el transporte? ¿Por qué Co-ti-no llamó a las víctimas? ¿Por qué Co-ti-no había ido a los tanatorios? escalofríos.  No hubo demasiado tiempo para resolver dudas entonces porque dos días después el Papa llegó a Valencia y alguien tenía que escoltar a la pompa vaticana. Cotino otra vez, claro. Hubo que añadir a ese primer aturdimiento el esperpento de la comisión de investigación exprés, teledirigida y manipulada, que condenó a las víctimas a una larga travesía por el desierto de las dudas.

Y así seguían las cosas hace dos años en una Valencia aletargada donde Cotino todavía lo era todo. Afable, afeitado, cristiano,…  había tan poco barro en sus botas que era imposible detectar que ese grupito insignificante de personas derrotadas por él mismo que se reunían todos los días tres a la sombra de la catedral podía ser una amenaza. Sin embargo, la Asociación de Víctimas del metro había tenido el tiempo y la cabeza fría para unir con flechas los puntos negros del accidente. La basura empezaba a flotar en los despachos de les Corts y así emergió el documento que acreditaba la manipulación de la comisión de investigación, los recuerdos de las llamadas a los familiares y las visitas a los tanatorios. Tenían la información, sí, pero todo apuntaba en una dirección que aterraba.

Es en esos momentos, cuando más horrorizado está uno, cuando el humor puede convertirse en un arma. ¿Cotino? Sí ¿Juan Cotino? Sí. Y entonces fue la última vez que Co-ti-no lo fue todo, hasta su hermano. Le teníamos tanto respeto al President  de les Corts que siempre nos sorprenderá que entre todas las preguntas espeluznantes que rondaban aquellos días a la Asociación, quizás fuese la más inocente la que empezó a desperezar Valencia. Debe ser duro pasarse la vida sorteando el lodazal que había dejado Camps para ponerse de cieno hasta las cejas con solo una llamada. El episodio subió en twitter como la espuma de un champán que se había guardado mucho tiempo en la nevera. Lo que pasó después, cuando Cotino puso el intermitente con la corbata y se saltó en rojo todo el cuestionario, ya  es un catecismo de la huida.

Mañana la AVM3J bajará por última vez a la plaza. Todavía les quedan muchas respuestas que encontrar, pero hay un compromiso firmado por todos los partidos – todos menos el de Cotino que por no ser en Valencia ya ni es barbilampiño- para repetir con garantías la comisión de investigación. Sin embargo, antes de bajar a la plaza este año habrá una novedad, las víctimas irán a les Corts para que les pidan perdón. Perdón por el accidente, perdón por la soledad, pero sobre todo perdón porque el hombre que lo era todo en la Comunitat les trató desde allí como si ellos fueran ciudadanos de cuarta. Y lo hizo en nombre de todos los valencianos, valencianos que el viernes a las siete deberíamos bajar por última vez a la plaza para dar las gracias a la asociación de víctimas del metro. Gracias por el coraje de resistir cuando estaban solos  y por la coherencia de mantenerse firmes cuando todos les acompañaban. Ojalá que nunca más nadie pueda sentirse todo para creer que puede tratar a los demás como si fueran nada.

02. julio 2015 by Carlos Torres
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