El último viaje de Rita Barberá

RITA

El padre de un amigo contaba todos los cumpleaños el tiempo que le quedaba para poder viajar con el Imserso. El hombre tenía tal ilusión por hacerlo que daban muchas ganas de abrazarlo cuando la fecha de nacimiento le alcanzó para irse a Benidorm con la mujer y dos maletas.  A uno le caen los años como losas cuando lleva a los padres a la estación -‘escribid cuando lleguéis ¿eh?’- y empieza a sufrir al ver el autocar hacerse cada vez más pequeño. No hubo mucho margen para echarle de menos porque el padre de mi amigo llamaba todos los días para contar las novedades con las que se encontraba. Lo que más le fascinaba era la pensión completa y las cordilleras de comida que preparaban las cocineras del hotel. Todo riquísimo, hijo, hasta el arroz chino.

La primera vez que uno va a Benidorm, se adentra en la playa y mira a tierra desde la orilla, las vistas, además de ser terribles para las cervicales, sobrecogen: las barricadas de sombrillas, los carteles en alemán, los balcones con su ritual del izado de la toalla y una montaña extraña que se aúpa imponente por encima de todos los edificios. Cuenta la leyenda que un gigante llamado Roldán la melló de una patada y mandó una buena porción de tierra a la balsa de agua que es el Mediterráneo en la Playa de Levante. Los padres de mi amigo visitaron el islote en un barquito con el casco de cristal y la encontraron llena de pavos reales. Desde allí se hicieron un fotografía muy borrosa con el InTempo – el edificio más alto de Benidorm- de fondo. Cuenta otra leyenda, mucho más urbana, que el arquitecto que ideó el rascacielos tuvo que dimitir porque una vez construido el imponente mamotreto se dio cuenta de que en su afán por deslumbrar había olvidado planear el hueco para el ascensor. De haber sido así, el InTempo sería  sin dudarlo el edificio más alicantino del mundo.

Los días que los padres de mi amigo no tenían ganas de excursiones se quedaban en el hotel muy tranquilos. Por las mañanas había aquagym en la piscina y cine por las tardes; por las noches, si había partido del Athletic, se reunían en el salón y después echaban unos bailes con una orquesta muy fina que parecía de fiestas mayores. Entre recomendarle gafas al linier y algún cuba libre que se terciaba, la pareja echó sus amistades y algunas noches, cuando se cansaban de la verbena, salían todos juntos del hotel y daban una vuelta por la avenida que los vascos han bautizado en Benidorm como la calle del Coño -Coño, Aitor, tú también por aquí.

Les quedaba ya poco tiempo para volver a Euskadi cuando el padre de mi amigo llamó bastante cabreado a su hijo. Una pareja había perdido las llaves en la playa y estaban en recepción con mucho apuro. Su padre, que había trabajado de cerrajero un tiempo, les abrió la puerta con una tarjeta de crédito. El buen hombre, que cuando está a doscientos kilómetros de casa tiene la manía de hacerse el simpático, estuvo interrogando al matrimonio hasta que les sacó que también estaban allí con el Imserso y que habían viajado el mismo día que ellos. El padre de mi amigo no los había visto ni en la isla, ni en el Aquagym, ni el restaurante, ni en los bailes de la orquesta, ni en la calle del Coño. Pensó que serían tímidos o que, como a su hermano Antonio, les gustaba ir a su aire. Por si acaso, les invitó a bajar esa noche a tomar algo en la verbena. La mujer dio un respingo y al marido se le agrió la cara. El señor, muy contrariado, le cerró la puerta en las narices sin siquiera darle las gracias por haberles sacado del aprieto.

No había vuelto a pensar en él hasta que el viernes estuve en Las Cortes Valencianas. Allí, por el mismo precio que se puede observar a los anodinos miembros del PSPV, uno puede visitar una cabina de prensa con vistas directas a la bancada popular, mucho más colorida y elegante, dónde va a parar. Por encima de las barricadas de butacas, los trajes a medida de ellos y las mechas californianas de ellas, sobresalía el orgullo mellado de la exalcaldesa de Valencia. Rita Barberá aguantó estoicamente los discursos que mencionaban su gestión pegada a las escaleras como si no quisiera perder de vista la puerta de salida. De tanto en tanto, tamborileaba el aire con los dedos para palpar la ausencia que deja el poder cuando se marcha y resoplaba.  Fue la primera vez que la vi en acción en Les Corts y la última, porque esa misma tarde se anunció que se iba al Senado. No es que fuera una sorpresa que, después de tantos años en el equipo ganador, Barberá fuera a saltar de la butaca a las primeras de cambio de gobierno, pero al leer la noticia en el periódico no pude evitar acordarme del padre de mi amigo en sus viajes a Benidorm. Cualquier otro habría estado contento de huir en el autocar rumbo a un retiro dorado y, sin embargo, Rita traía la cara agria de quien habiendo volado en primera se ve obligado a viajar con el Imsermso.

07. julio 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | Leave a comment

El último día tres

foto-jesus-signes

Hace tres años Juan Cotino lo era todo en Valencia. Había, como siempre que se habla de un capo, una bandada de rumores revoloteando su despacho que hacía que algo en la espina dorsal se removiera cuando se pronunciaban las tres sílabas de su apellido. Quiero hablar con Juan Cotino. ¿Co-ti-no? la sombra de cada vocal asustaba en un sonoro nosequé.  Tal vez, de todos los atributos del exdirector general de la Policia, era su aspecto de señor afable lo que más mosqueaba.  Si hubiéramos enseñado una foto a alguno de esos guiris que campan por Benidorm probablemente se hubiera reído de nuestros temores porque Cotino era un venerable hombre de pelo blanco, con su tripita de persona corriente y una cara bien afeitada.  Y sin embargo Cotino asustaba. Asustaba como solo asustan ciertas sonrisas forzadas, como asustan los defensas centrales que galopan hacia la jugada dispuestos a llevarse el balón o la pierna. Algo así, algo así era él, el defensa central de un PP valenciano mesiánico que jamás se ensuciaba por más que se tirara al barro para atajar el ataque de la oposición.

Cotino lo había sido todo hasta tal punto- además de jefe de la policía, fue delegado del Gobierno, vicepresidente, conseller en tres ocasiones- que cuando el metro naufragó en la estación de Jesús se presentó para medrar en la oscura curva del accidente ¿Qué hacía el responsable de agricultura lidiando con un siniestro en área el transporte? ¿Por qué Co-ti-no llamó a las víctimas? ¿Por qué Co-ti-no había ido a los tanatorios? escalofríos.  No hubo demasiado tiempo para resolver dudas entonces porque dos días después el Papa llegó a Valencia y alguien tenía que escoltar a la pompa vaticana. Cotino otra vez, claro. Hubo que añadir a ese primer aturdimiento el esperpento de la comisión de investigación exprés, teledirigida y manipulada, que condenó a las víctimas a una larga travesía por el desierto de las dudas.

Y así seguían las cosas hace dos años en una Valencia aletargada donde Cotino todavía lo era todo. Afable, afeitado, cristiano,…  había tan poco barro en sus botas que era imposible detectar que ese grupito insignificante de personas derrotadas por él mismo que se reunían todos los días tres a la sombra de la catedral podía ser una amenaza. Sin embargo, la Asociación de Víctimas del metro había tenido el tiempo y la cabeza fría para unir con flechas los puntos negros del accidente. La basura empezaba a flotar en los despachos de les Corts y así emergió el documento que acreditaba la manipulación de la comisión de investigación, los recuerdos de las llamadas a los familiares y las visitas a los tanatorios. Tenían la información, sí, pero todo apuntaba en una dirección que aterraba.

Es en esos momentos, cuando más horrorizado está uno, cuando el humor puede convertirse en un arma. ¿Cotino? Sí ¿Juan Cotino? Sí. Y entonces fue la última vez que Co-ti-no lo fue todo, hasta su hermano. Le teníamos tanto respeto al President  de les Corts que siempre nos sorprenderá que entre todas las preguntas espeluznantes que rondaban aquellos días a la Asociación, quizás fuese la más inocente la que empezó a desperezar Valencia. Debe ser duro pasarse la vida sorteando el lodazal que había dejado Camps para ponerse de cieno hasta las cejas con solo una llamada. El episodio subió en twitter como la espuma de un champán que se había guardado mucho tiempo en la nevera. Lo que pasó después, cuando Cotino puso el intermitente con la corbata y se saltó en rojo todo el cuestionario, ya  es un catecismo de la huida.

Mañana la AVM3J bajará por última vez a la plaza. Todavía les quedan muchas respuestas que encontrar, pero hay un compromiso firmado por todos los partidos – todos menos el de Cotino que por no ser en Valencia ya ni es barbilampiño- para repetir con garantías la comisión de investigación. Sin embargo, antes de bajar a la plaza este año habrá una novedad, las víctimas irán a les Corts para que les pidan perdón. Perdón por el accidente, perdón por la soledad, pero sobre todo perdón porque el hombre que lo era todo en la Comunitat les trató desde allí como si ellos fueran ciudadanos de cuarta. Y lo hizo en nombre de todos los valencianos, valencianos que el viernes a las siete deberíamos bajar por última vez a la plaza para dar las gracias a la asociación de víctimas del metro. Gracias por el coraje de resistir cuando estaban solos  y por la coherencia de mantenerse firmes cuando todos les acompañaban. Ojalá que nunca más nadie pueda sentirse todo para creer que puede tratar a los demás como si fueran nada.

02. julio 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | Leave a comment

¿Qué hay detrás del Partido Popular de Madrid?

mitin-PP

Hay días que un acto en Barajas, un vecino y un móvil te pueden destartalar las estudiadas puestas en escena de la campaña electoral. Es cuestión de perspectiva pero, siendo explícitos, a esta fotografía se le podría titular “lo que el Partido Popular esconde” o tal vez “lo que el PP no quiere ver”. Lo cierto es que pocas veces cabe tanto Madrid dentro de una sola foto. Es como si Aguirre, que ya anunció su intención de echar a los sin techo del centro de la ciudad, hubiera empezado por ocultar tras un panel del partido a una señora que busca en la basura su sustento diario. Decía Rajoy el viernes, en un mitin en Oviedo, que hemos salido de la crisis gracias al sacrificio de las familias. A veces al gallego ingenuo le bastaría con mirar un poco más a la trastienda de su maquinaria electoral para saber que todavía hay muchos que, si acaso, atinan a emerger de su recesión diez minutos, que es el tiempo que tardan más o menos en encontrar el siguiente contenedor.

Quizá la escena es tan frecuente que puede que ya nos hayamos acostumbrado a regatearla con la mirada cuando nos topamos con ella. En la foto, por ejemplo,  todos los asistentes están tan entretenidos con los globos que regalan en la carpa popular que nadie mira hacia la señora. Curiosamente, Aguirre parece ser la única que la observa con detenimiento desde el autobús que capitanea con esa sonrisa que es tan suya que no necesita registrar en ninguna oficina de patentes. De ser su versión de carne y hueso la que hubiera estado en Barajas y no su alter ego de photoshop, no dudo de que Esperanza Aguirre se hubiera acercado para hablar con la mujer. Ya se sabe que, cuando a la marquesa se le pone en marcha el reloj biológico de la democracia, es una política todoterreno a la que le bastaría un solo minuto para llenar de demagogia la mochila de la señora. Aunque esto no es exclusivo de Madrid, a los socialistas de Barcelona que repartían su programa junto a una rosa en la puerta del metro se les marchitaron antes las promesas que las flores.

Hay días en los que una fotografía sintetiza cuatro años. Son esos en los que una mujer que se sumerge dentro en una basura llena de ofrendas políticas incumplidas levanta la cabeza y lee en el autobús: “Vota Esperanza”. Deja en el suelo sus bolsas llenas de herencia recibida, apoya sus manos en el borde del contenedor, trepa para salir y se pregunta: “Esperanza ¿Para quién?”.

19. mayo 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 23 comments

Gente perdida para objetos encontrados

El viernes perdí los papeles. Debió ser en el tranvía. Acababa de llegar al trabajo y estaba a punto de cruzar la frontera que separa la vida civil de la vida laboral cuando advertí que no llevaba mi cartera encima. Me quedé unos minutos varado en la tierra de nadie de la caseta de seguridad porque sin la tarjeta que llevo en mi billetera no se puede superar los tornos de la empresa. Mientras esperaba a que me dejaran pasar, me vino a la cabeza un carrusel de cosas horribles que se podían hacer con ella: señoras sacando dinero de mi cuenta, bribones valiéndose de mi documentación para delinquir o parejas usurpando mi DNI para poder contratar algún servicio a su nombre.  Ninguna de esas tropelías me provocó tanto terror como que alguien se apoderara de la foto de carnet en la que todavía salgo como un adolescente de pelo largo. Sentí un escalofrío. Registré de nuevo de arriba a abajo la mochila, me palpé todos los resortes ocultos de la chaqueta y comprobé una y otra vez que ésta no estuviera en el suelo.

No es la primera ocasión que entro en pánico de forma infundada, pero la mayor parte de veces que doy el grito de alarma la cartera casi nunca está tan lejos como en la propia mano. Quizá por eso, los compañeros me recordaban con insistencia la metodología que ha de seguirse en la arqueología del despiste: “¿Has mirado bien en los bolsillos interiores, Carlos?”. Volví a llevarme las manos a ellos con escaso éxito. Al contrario que en anteriores sucesos, esta vez los bolsillos parecían agrandarse con toda la ausencia que les cabe dentro. “¿Sabes dónde la has perdido?”. Si lo supiera no estaría escribiendo esta crónica.

Asumida la tragedia de la pérdida pasé a la siguiente fase, la de la tortura burocrática. El primer paso es el más fácil: anular las tarjetas. El banco, diligente en que ningún cliente se quede sin la posibilidad de gastar, te envía a casa nuevas copias en un periodo de tres días. El Estado, en cambio, conduce a menor velocidad que las sucursales bancarias y todavía tardaré un poco en renovarme mi carné de identidad. Aunque barajé la posibilidad durante un buen rato, no puse la denuncia porque hace meses una amiga perdió la cartera y la ciudadana que la encontró tuvo que localizarla personalmente a través de las redes sociales porque los mossos d’esquadra le dijeron que no tenían forma de encontrarla. La policía no puede localizar a una chica. Por suerte para ella, la externalización del servicio vía twitter fue un éxito. Me pregunto qué hubiera pasado con su billetera de haberla hallado un analfabeto tecnológico.

Ya había dado el episodio por resuelto y el cabreo por amortizado cuando, a media tarde, un señor parapetado tras un teléfono oculto me llamó informándome de que una ciudadana- lo dijo así, una ciudadana- había encontrado mi cartera y la había llevado a la oficina de objetos perdidos para devolvérmela. Yo ya estaba en el tranvía de vuelta y me puse tan nervioso por la noticia que casi lloro de la alegría. La ciudadana podría haberse quedado el dinero de la cartera porque, de golpe, me había devuelto una cantidad ingente de tiempo. Cuando el señor que me había dado la noticia colgó, me entró la risa floja del éxito. La euforia todavía duró un rato, pero cuando llegó la sensatez, advertí que no había sido capaz de apuntar la dirección de la oficina en la que mi cartera me esperaba. Según cuenta Sergio Castro, en esos casos de absoluta fortuna, medio cerebro se pone a festejar y el otro medio hace lo que puede.

Como si fuera la escena de “Lo imposible” en la que el padre busca a sus hijos de hospital en hospital, he llamado a todas las policías locales del extrarradio, he visitado los retenes de los ayuntamientos y he buscado más veces de lo deseado la compresión de la teleoperadora del número de atención de los usuarios del tranvía, pero nadie se ha identificado como el autor de la llamada. ¿Por qué se oculta un hombre que te ayuda a encontrar cosas? Esas oficinas y las gentes que lo habitan son para mí un misterio. Me cuenta Ander Izagirre que, “con más optimismo (y con más precisión), en inglés –found objects- y francés –objects trouvés”-  nombran como oficinas de objetos encontrados a lo que aquí llamamos objetos perdidos. Curioso que en mi búsqueda desenfrenada, una muestra más de que Barcelona ya es Europa, haya descubierto que aquí el ayuntamiento también la llama “Oficina de troballes”.  Jordi de Miguel me ha dado la idea de arrojar este mensaje al espacio porque quizás así reencuentre mi cartera:  El viernes perdí mis papeles y alguien los encontró. Ahora soy yo el que ha perdido la oficina de objetos perdidos y todo esto no me pasa por otra cosa que por haber extraviado la memoria.

16. marzo 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 3 comments

Puta feria

Desde las alturas, el campo del Europa luce en la noche como una parcela de hierba crecida a la sombra del muro gris de un rascacielos. A estas horas, Barcelona está tan minada de campos de fútbol alumbrados con esa luz blanca de las instalaciones deportivas que se diría que la convención que cobija bajo su ala debe de ser de futbolistas y no de ingenieros. El cráter negro que deja el Parque Güell sobre la superficie de su montaña, la luz azulgrana de la fálica torre Agbar o el brillo rojo de los barcos de pasajeros que entran después de la hora de la cena quedan atrás como un espectáculo fugaz. Tras el tacto frío de la ventanilla, el trazado de las bombillas del Eixample parece una inmensa pista de aterrizaje dispuesta para que el aparato entre a la ciudad a la torera. Sin embargo, en vez de tomar ese camino sembrado en el asfalto, el avión se adentra en la panza oscura del Mediterráneo, como si en su afán por conquistar la ciudad el piloto se hubiera pasado de frenada. Ahora, la curva del diminuto avión, que se debe divisar a ras de suelo únicamente como una estrella intermitente, sobrevuela los camiones alineados en diagonal en los aparcamientos de la zona franca. El pasajero tuerce el gesto, como si tras conocer la tripa tersa de una chica bella hubiera sido obligado a descubrir después el interior de sus intestinos. Por suerte, la sensación dura poco. El comandante les desea una feliz estancia. La gente está tan acostumbrada a volar que ya nadie aplaude cuando el avión toca tierra.

No queda rastro de nubes  pero el suelo está mojado, como si la lluvia hubiera sido la tarjeta de visita que precede al viajero. Una lluvia que algunos esperan facturar en euros, pues estos días el precio de una noche en el un hotel de extrarradio cuesta lo mismo que el alquiler de todo un mes en un piso del barrio de Gracia. En el recibidor del aeropuerto los chóferes esperan con un buen ramillete de apellidos anglosajones, nórdicos y asiáticos escritos sobre cartulinas. Los autobuses y el cercanías también van llenos. El Prat achica viajeros a la desesperada. Barcelona está impracticable y, estos días, el centro está sometido a un hacinamiento de empujones, de acreditaciones que penden del cuello de una chaqueta, de bolígrafos asomando en los bolsillos de las camisas y del simpático aire de admiración que desprenden los pasajeros habituales del metro hacia esos tipos anodinos con pinta de informático que ganan mucho dinero.

Las unidades móviles de televisión trabajan a destajo. La feria es tan beneficiosa para el conjunto de Barcelona que Zuckerberg y Felipe VI, representantes de dos monarquías antagónicas, la inauguraron cada uno a su manera. A ras de pabellón, la prensa especializada salta de chiringuito en chiringuito a la rapiña de algún obsequio que entregar en casa como impuesto revolucionario por su ausencia. Cuando acabe la semana, día 8 de marzo, se escribirán muchas páginas con cifras sobre la integración laboral en las nuevas tecnologías. Pero hoy, a la salida de la feria, unos tipos que reparten flyers de lujosas casas de citas a trabajadores y la luminaria verde de los taxis procesiona de lupanar en hotel y de hotel en lupanar por el gran burdel nocturno de Barcelona. Cualquiera diría que son los mismos cerebros que se han inventado aplicaciones para ligar. 4G, 3G punto G, todo tiene su tarifa y a la sombra del Mobile World Congress surge una feria paralela de mafias internacionales de la prostitución. No deja de ser irónico que miles de metros cuadrados levantados para honrar al futuro de las tecnologías acaben necesitando de una industria tan vieja como ésta. El negocio de la carne visibiliza como pocos que  la igualdad se quedó sin cobertura.

05. marzo 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | Leave a comment

La abuela de todos

prontoCuando yo no sabía lo que era el periodismo, mi abuela María me enseñó lo que era la censura. Recuerdo que fue en aquellos pegajosos meses de verano que sólo habitan de ese modo en el lugar de donde yo vengo. Las mañanas de los domingos nos sentábamos en la galería de su casa con la esperanza de que la escuálida brisa creciera en algún momento y aprendiera a robarnos el calor. Para matar el tiempo, o tal vez para que las playas de las fotos nos contagiaran con sus refrescantes mareas, tomábamos por turnos la revista Pronto, a la que mi abuela más que suscrita sigue afiliada. Mientras los mayores hablaban nosotros nos poníamos al día de todos los cotilleos que sembraban el agosto patrio de jugosas exclusivas. Por aquel entonces yo era un púber bastante curioso y no puedo decir que me importara colisionar con la fotografía de algún escote robado entre aquellas tediosas lecturas. Las buscaba con una mezcla de inocencia y culpabilidad que no he vuelto a hallar en ningún otro deseo. Deteniéndome en los artículos edulcorados de las fiestas que Gil organizaba en Marbella para que mis ojos no levantaran sospechas y delataran el destino final de su viaje. Aún siento ese cosquilleo que sentía cuando las páginas que estaba esperando se acercaban. El corazón se me amotinaba y mi mente ya sólo pensaba en ese pezón furtivo de Lidia Bosch o Natalia Estrada asomando al exterior con la inocencia del bañista. Toda esa agitación se derrumbaba al instante porque mi abuela tenía otros planes reservados para preservar la decencia de su familia y, antes de dejar que las revistas se amontonaran en la mesa, había pasado bolígrafo en mano, como si de una brigada del decoro se tratase, por todos los números de Pronto para devolver a mano la parte de arriba del bikini que alguna famosa había olvidado graciosamente sobre la arena.

Mi abuela es mi abuela y también la abuela de todos. Una mujer que ha conocido a tres reyes, dos dictadores y dos democracias pero sabe que Belén Esteban sólo hay una. Hoy cumple noventa años y, a pesar de una salud en retroceso, todavía no está dispuesta a ceder el bastón de mando. Me pregunto cómo va a ceder una mujer que consigue que sus nietos de metro ochenta le sigan llamando “abuelita”. Es inútil regatearle la nomenclatura porque mi abuela María (a la que por cierto bautizaron como Nieves pero a ella no le pareció bien) no está sometida a más principios que a los suyos. Incluso al único Dios con el que se relaciona lo ha sometido a la férrea programación de su pantalla y, si antes para encontrarla había que ir a la iglesia, ahora pone las misas que emiten por televisión a todo trapo, con la esperanza, imagino, de que a fuerza de escuchar la palabra del Señor más alta terminemos por escucharla.

Mi abuela no quiere que salga a la calle por la noche por si me confunden con otra persona y me pegan un tiro, no quiere que me vaya de viaje con mi novia si no estamos casados, quiere que salga con una mujer dos o tres años más joven porque ellas son más listas y así la inteligencia se compensa, no quiere que me retire tarde y por supuesto no quiere que beba alcohol. Pero sobre todo, mi abuela no duerme si a alguno de sus nietos les pasa algo malo. Mi abuela es también vuestras abuelas, incluso esas que ya se han ido. Un miembro más de esa liga de mujeres extraordinarias cada día más menudas, cada día más frágiles, cada día más lejanas. Esas mujeres que tienen las piernas llenas de varices y los surcos que les dejan las venas en la piel son los caminos de un tiempo que ya se marcha. Un tiempo cada vez más corto, un tiempo cada vez más extraño. Hoy me he levantado pensado que cuando mi abuela ya no esté ya no habrá nadie dispuesto a pintar sobre las páginas del Pronto.

28. febrero 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | Leave a comment

La mentira que Rajoy no dijo ayer

Exilios

 

 

Sólo hay una cosa peor que estar obligado a marcharse: tener que volver sin nada. Asumido ese día, facturar en un aeropuerto la decepción de haber fracasado también en el exilio es un sobrecoste demasiado caro. Quizá por eso, la protagonista del cortometraje aplaza su explicación para el aterrizaje, como si todavía guardara la esperanza de que la extraviaran como a las maletas y poder vagar de terminal en terminal por las oficinas de objetos perdidos. O es que acaso los miembros de esa generación con una tasa de paro juvenil mayor al cincuenta por ciento son para las políticas de austeridad otra cosa que objetos a los que nadie reclama.

La sorpresa viene en el tren de cercanías, cuando la chica que regresa con las manos vacías se encuentra a su padre con las manos llenas de Kleenex que vende para evitar el desahucio familiar y uno se pregunta cuánta rabia se amotina en en esos pañuelos. Es entonces cuando, para evitar males mayores, ambos pactan ocultarle a la madre la verdad. No es la primera vez que Joan Álvarez astilla con sus giros de guión nuestra frágil estabilidad social. Si antes había puesto a un comando antiERE a aterrorizar a empresarios, el autor catalán convierte esta vez el regreso de una joven a España en una Odisea sin héroes donde todos los protagonistas están vencidos de antemano y ya ni siquiera quedan lugares donde refugiarnos. 

Se hace difícil imaginar que a Celia Villalobos se le colara este corto por su iPad en un descuido de su partida al Candy Crush. De lo que estoy seguro es que de haberlo visto antes de que Rajoy empezara con su tortura dialéctica, habría convenido con el presidente que, a veces,  cuando la crisis golpea, la mentira es la última esperanza.

25. febrero 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 12 comments

El presidente que perdió Cataluña

La manifestación de ayer en Barcelona fue tan masiva e icónica que no hará falta esperar al habitual baile de asistentes con el que aburren organizadores y delegados del Gobierno, pues basta con esgrimir una imagen de la Diagonal y la Gran Vía repleta de cabo a rabo para derrotar al enemigo en la guerra de las estimaciones. La concentración, pacífica y ordenada, nutrió ante el mundo su bíceps en forma de V y lo batió como un puñetazo demócrata en la aturdida cara de Mariano Rajoy. Un Rajoy que a menudo se parece más a un portero en una mala salida en un corner que a un estadista presidente del gobierno. Imagino que ayer el líder popular pasaría mal día, sobre todo al ver como el caso Pujol en el que tantas esperanzas habían depositado y en el que se han afanado los últimos días no restaba ni un ápice de vigor a la erección nacionalista. Bien empleado le está por confiar en pleno siglo XXI en una nueva guerra sucia (a las gestiones de Moragas me remito).

Habría que estar muy ciego para no ver que ayer una gran mayoría de catalanes volvió a reivindicar su derecho a decidir y echó la enésima pelota al tejado de Moncloa. Un palacio cuyo actual inquilino, en uno de los días marcados con rojo en el calendario político, solo acertó a hacer unas desafortunadas declaraciones sobre trasplantes: Porque es sabido que un andaluz puede vivir con el corazón de un catalán y viceversa, pero ambos necesitan un presidente con cerebro. Si no cómo se explica que mientras los catalanes toman las calles en unas manifestaciones que dan la vuelta al mundo el jefe del Gobierno no se plantea más solución que avivar las llamas abanicando la fortaleza de la Constitución.

Qué complejo tiene el Estado que les hace creer que no podrían ganar democráticamente una consulta ¿es que acaso piensan que no podrían encontrar ningún motivo para convencer a los catalanes? ¿por qué ese pánico a debatir si es mejor el sí o si es mejor el no? ¿Alguien va a explicarnos al resto de españoles si nos iría mejor o peor sin Cataluña? Otros países desarrollados como el Reino Unido o Canadá lo han hecho antes que nosotros y no parece que se vaya a fracturar el sistema.  Hay que ser miope para creer que uno puede parar con un muro de artículos en la Carta Magna a la riada de gente que quiere votar si se van o no de España.  Porque antes o después los catalanes acabarán por votar, no puede ser de otra manera, y el Estado les habrá dado tantos motivos con su actitud despótica para creer que mejor estarán por libre que ya será tarde para que las instituciones reaccionen. Y lo peor es que, seamos sinceros, tampoco es que el líder de la oposición, carcasa nueva para el PSOE con un mismo vetusto sistema operativo, tenga una mejor propuesta para el desafío que se plantea.

Y no es que a mí me preocupe la sacrosanta unidad de España, o si los catalanes quieren marchar (cada cual ya es mayor para tomar sus decisiones). Lo que me preocupa es que el presidente que perdió la legitimidad en Cataluña y el actual parlamento (lo que los catalanes llaman equivocadamente Madrid) no sepan estar a la altura. Necesitamos soluciones, necesitamos consulta, necesitamos propuestas de uno y otro bando y que los catalanes puedan decidir qué quieren ser y poder dedicarnos todos a luchar por temas más importantes.

12. septiembre 2014 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 36 comments

Rentería, el camino de la paz

la foto (4)

Presente y futuro en la Herriko Plaza de Rentería (Carlos Torres)

Los viernes por la tarde, sin importar cual sea el clima, una procesión pagana en la que los asistentes cargan con carteles con siluetas de presos disecciona el centro de Rentería hasta desembocar en la Herriko Plaza. La manifestación, a la que asisten desde históricos presos de ETA, como Txikierdi, hasta familias enteras con sus bebés en los carritos, discurre con la tranquilidad de la rutina. Finaliza cuando los familiares se suben a la escalinata de la iglesia cartel en mano y piden que sus familiares vuelvan a cumplir sus condenas a casa. En lo que dura la manifestación, incluso en el clímax final de la “Encartelada”, decenas de personas cruzan la plaza sin reparar en los familiares, inmersos en sus conversaciones sobre cualquier asunto banal como el arbitraje del último Real Sociedad- Barcelona de copa.

Rentería ya no es la ciudad gris industria de los ochenta en la que esos mismos niños que ahora juegan al fútbol en la plaza jugarían entonces a coleccionar pelotas de goma y cuyos viejos disturbios forman parte del imaginario colectivo de la violencia en Euskadi. Rentería es ahora un pueblo que empieza a sacudirse el miedo del pasado y que quiere vivir tranquilo el presente:  “El problema aquí ya no es el terrorismo, es el trabajo“, relataba una mujer al pie de la ría que parte en dos la ciudad. Muchos de los vecinos, sin importar la ideología que defienden, pues las crisis no entienden de fronteras, apuntalan esa opinión en las calles del casco antiguo. Aún así, todavía es difícil que testimonios tan inocentes como estos se atrevan a compartir su opinión con una cámara delante. Como un viejo tic heredado de los años más duros, muchos se protegen con el impermeable del silencio a la tormenta de las críticas. “Ya no me va  a amenazar nadie, pero tengo un negocio y quiero vivir en paz. Aquí entra gente de todo tipo y no quiero molestar a nadie“, cuenta la mujer antes de volver por donde vino.  Muy cerca de allí, la eterna papelera, uno de los últimos focos activos de aquella urbe entregada a las fábricas,  inunda con su columna de humo blanco el paseo de decenas de jubilados. Algunos de ellos cuentan que el pueblo está mentalmente dividido en dos: el centro, de tradición abertzale, y las zonas residenciales que lo rodean, como Beraun, donde mayoritariamente residen los vascos hijos de inmigrantes extremeños, castellanos o andaluces y tiene su sede la peña madridista de Rentería. En ambas geografías se quiere cartografiar la paz, dejar atrás la estela de los peores instintos: “Vamos a tener que tragar todos sapos y culebras, pero yo creo que la cosa ya no tiene vuelta atrás“, dice un hombre tras  la barra de un céntrico bar que sin ser una herriko taberna está decorado con toda su liturgia.  Ellos tampoco quieren narrar su experiencia para la televisión, tienen miedo que la ingeniería legislativa les acabe auscultando cada palabra en busca de un delito que poder atribuirles.

Sin embargo, aunque para los ojos forasteros sea fácil polarizar la sociedad, posturas a priori irreconciliables comparten a menudo el mismo techo. Como la madre que tuvo un hijo preso y tiene el otro ertzaina, o el hombre que tiene un familiar encarcelado y un cuñado Guardia Civil: “en las cenas de Navidad sabemos que no se puede hablar de política“, relata desde la marcha circular de la encartelada. Las campanas de Rentería son conscientes de esos silencios cuando además marcar las horas parecen señalar también el tiempo perdido en estos años de atentados, torturas, amenazas y miedo. Como el reloj detenido de aquel cartero que murió al echar una carta bomba que habían preparado los GAL en el buzón de un dirigente de Herri Batasuna o como aquel Guardia Civil que tuvo la negra casualidad de ser asesinado por ETA cuando hacía una sustitución momentánea de tres días.

Como pudo verse en el Salvados de anoche (“Tres días en Errentería”), todas las fuerzas políticas del pueblo se unieron en un ciclo de cine junto a víctimas de todo tipo para dejar a un lado las diferencias y dar un pequeño paso al frente: Escucharse para empezar a entenderse. Tres de ellos volvieron a sentarse en una misma mesa para la grabación del programa: “Algo que hace solo dos años hubiera sido impensable“, dice uno de los protagonistas a cámara. Un paso que no se hubiera dado sin que los vecinos exigieran vivir tranquilos para poder crear un futuro en paz. “Tengo una hija que nació hace año y medio, no sabéis lo que supone para mí que haya nacido sin violencia“, contaba emocionada una de las ediles del PNV. “Yo no quiero trincheras, no quiero guerra, quiero convivencia (…) hemos vivido juntos y no nos hemos conocido“, decía ayer Chema Herzog, concejal del PP, en la emisión de La Sexta. Por suerte, parece que él no es el único dispuesto a domar sus rencores en Rentería y abrir el diálogo al prójimo. Quién sabe, quizás puedan elegir para tomar un zurito la casa del pueblo del PSE en Rentería, que tras veintiocho veces asaltada abrió el año pasado por primera vez una terraza al aire libre.  El trayecto será largo y complicado para todos, pero como dice un viejo refrán coreano: “Camino empezado es mitad del camino recorrido“.

31. marzo 2014 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 16 comments

Sin educación no hay salud pública

Hoy se jubila mi maestra. Cuando cierre el libro esta tarde ya no tendrá que salir más de casa rumbo al colegio. Lleva cuarenta años enseñando en la escuela pública, haciendo grande el oficio de dar a quien todavía no sabe. Se va contenta por el servicio prestado estas décadas pero triste por tener que ver a la educación pública en una de sus encrucijadas más difíciles. Estaría bien que todos fuéramos conscientes de que sin educación no hay fuerza, que un pueblo ignorante es un pueblo dominado, que cada recorte al presupuesto es un tajo hondo en nuestras libertades, a nuestras esperanzas. Porque enseñar es la primera forma de hacer la revolución, de rebelarse contra aquello que nos hace vulnerables. Los que gobiernan saben muy bien cómo la educación nos fortalece como sociedad organizada y es por eso que la atacan desde todos los flancos que conocen: la debilitan en las arcas, la manipulan con sus leyes clasistas y anacrónicas, la sobrecargan de alumnos y problemas mientras se empeñan en proteger su coto privado de enseñanza. Porque mientras pagamos el sueldo de profesores de la escuela concertada y financiamos un solo euro de la privada la escuela pública soporta cada vez más alumnos por clase con menos recursos por aula. Quizás sea sólo una persona que se marcha, pero esa maestra que hoy lo deja tardará bastante en ser sustituida porque la administración dilatará todo lo que pueda la llegada de algún maestro nuevo para ahorrarse unas semanas de sueldo. Por lo general sólo mandarán a alguien a tiempo si los padres de los alumnos protestan, si los padres de los alumnos se organizan, si los padres de los alumnos se defienden. Ya sabemos que una ola no puede tumbar un muro, pero que todas las olas hacen marea. Debemos saber que no habrán dejado de privatizar nuestra salud colectiva hasta que nuestra educación se recupere. Estaría bien que, como homenaje a aquella maestra que colocó las primeras piedras para que yo hoy pueda escribir esta columna, exijamos a esos políticos que nos ningunean que devuelvan a los colegios, a los institutos y a las universidades públicas su autonomía. Armemos barricadas de libros, disparemos palabras, defendamos lo público y no permitamos que nos hablen de primas porque nuestro único riesgo es la ignorancia. Gracias maestra por enseñarme tanto, por defender con tu trabajo la dignidad de una sociedad que debe pasar estos años su examen más difícil. Quizás nunca fui el mejor alumno, pero creo que me sé bien la primera respuesta: la educación pública no se vende, se defiende.

30. enero 2014 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 4 comments

← Older posts