Rentería, el camino de la paz

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Presente y futuro en la Herriko Plaza de Rentería (Carlos Torres)

Los viernes por la tarde, sin importar cual sea el clima, una procesión pagana en la que los asistentes cargan con carteles con siluetas de presos disecciona el centro de Rentería hasta desembocar en la Herriko Plaza. La manifestación, a la que asisten desde históricos presos de ETA, como Txikierdi, hasta familias enteras con sus bebés en los carritos, discurre con la tranquilidad de la rutina. Finaliza cuando los familiares se suben a la escalinata de la iglesia cartel en mano y piden que sus familiares vuelvan a cumplir sus condenas a casa. En lo que dura la manifestación, incluso en el clímax final de la “Encartelada”, decenas de personas cruzan la plaza sin reparar en los familiares, inmersos en sus conversaciones sobre cualquier asunto banal como el arbitraje del último Real Sociedad- Barcelona de copa.

Rentería ya no es la ciudad gris industria de los ochenta en la que esos mismos niños que ahora juegan al fútbol en la plaza jugarían entonces a coleccionar pelotas de goma y cuyos viejos disturbios forman parte del imaginario colectivo de la violencia en Euskadi. Rentería es ahora un pueblo que empieza a sacudirse el miedo del pasado y que quiere vivir tranquilo el presente:  “El problema aquí ya no es el terrorismo, es el trabajo“, relataba una mujer al pie de la ría que parte en dos la ciudad. Muchos de los vecinos, sin importar la ideología que defienden, pues las crisis no entienden de fronteras, apuntalan esa opinión en las calles del casco antiguo. Aún así, todavía es difícil que testimonios tan inocentes como estos se atrevan a compartir su opinión con una cámara delante. Como un viejo tic heredado de los años más duros, muchos se protegen con el impermeable del silencio a la tormenta de las críticas. “Ya no me va  a amenazar nadie, pero tengo un negocio y quiero vivir en paz. Aquí entra gente de todo tipo y no quiero molestar a nadie“, cuenta la mujer antes de volver por donde vino.  Muy cerca de allí, la eterna papelera, uno de los últimos focos activos de aquella urbe entregada a las fábricas,  inunda con su columna de humo blanco el paseo de decenas de jubilados. Algunos de ellos cuentan que el pueblo está mentalmente dividido en dos: el centro, de tradición abertzale, y las zonas residenciales que lo rodean, como Beraun, donde mayoritariamente residen los vascos hijos de inmigrantes extremeños, castellanos o andaluces y tiene su sede la peña madridista de Rentería. En ambas geografías se quiere cartografiar la paz, dejar atrás la estela de los peores instintos: “Vamos a tener que tragar todos sapos y culebras, pero yo creo que la cosa ya no tiene vuelta atrás“, dice un hombre tras  la barra de un céntrico bar que sin ser una herriko taberna está decorado con toda su liturgia.  Ellos tampoco quieren narrar su experiencia para la televisión, tienen miedo que la ingeniería legislativa les acabe auscultando cada palabra en busca de un delito que poder atribuirles.

Sin embargo, aunque para los ojos forasteros sea fácil polarizar la sociedad, posturas a priori irreconciliables comparten a menudo el mismo techo. Como la madre que tuvo un hijo preso y tiene el otro ertzaina, o el hombre que tiene un familiar encarcelado y un cuñado Guardia Civil: “en las cenas de Navidad sabemos que no se puede hablar de política“, relata desde la marcha circular de la encartelada. Las campanas de Rentería son conscientes de esos silencios cuando además marcar las horas parecen señalar también el tiempo perdido en estos años de atentados, torturas, amenazas y miedo. Como el reloj detenido de aquel cartero que murió al echar una carta bomba que habían preparado los GAL en el buzón de un dirigente de Herri Batasuna o como aquel Guardia Civil que tuvo la negra casualidad de ser asesinado por ETA cuando hacía una sustitución momentánea de tres días.

Como pudo verse en el Salvados de anoche (“Tres días en Errentería”), todas las fuerzas políticas del pueblo se unieron en un ciclo de cine junto a víctimas de todo tipo para dejar a un lado las diferencias y dar un pequeño paso al frente: Escucharse para empezar a entenderse. Tres de ellos volvieron a sentarse en una misma mesa para la grabación del programa: “Algo que hace solo dos años hubiera sido impensable“, dice uno de los protagonistas a cámara. Un paso que no se hubiera dado sin que los vecinos exigieran vivir tranquilos para poder crear un futuro en paz. “Tengo una hija que nació hace año y medio, no sabéis lo que supone para mí que haya nacido sin violencia“, contaba emocionada una de las ediles del PNV. “Yo no quiero trincheras, no quiero guerra, quiero convivencia (…) hemos vivido juntos y no nos hemos conocido“, decía ayer Chema Herzog, concejal del PP, en la emisión de La Sexta. Por suerte, parece que él no es el único dispuesto a domar sus rencores en Rentería y abrir el diálogo al prójimo. Quién sabe, quizás puedan elegir para tomar un zurito la casa del pueblo del PSE en Rentería, que tras veintiocho veces asaltada abrió el año pasado por primera vez una terraza al aire libre.  El trayecto será largo y complicado para todos, pero como dice un viejo refrán coreano: “Camino empezado es mitad del camino recorrido“.

31. marzo 2014 by Carlos Torres
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Sin educación no hay salud pública

Hoy se jubila mi maestra. Cuando cierre el libro esta tarde ya no tendrá que salir más de casa rumbo al colegio. Lleva cuarenta años enseñando en la escuela pública, haciendo grande el oficio de dar a quien todavía no sabe. Se va contenta por el servicio prestado estas décadas pero triste por tener que ver a la educación pública en una de sus encrucijadas más difíciles. Estaría bien que todos fuéramos conscientes de que sin educación no hay fuerza, que un pueblo ignorante es un pueblo dominado, que cada recorte al presupuesto es un tajo hondo en nuestras libertades, a nuestras esperanzas. Porque enseñar es la primera forma de hacer la revolución, de rebelarse contra aquello que nos hace vulnerables. Los que gobiernan saben muy bien cómo la educación nos fortalece como sociedad organizada y es por eso que la atacan desde todos los flancos que conocen: la debilitan en las arcas, la manipulan con sus leyes clasistas y anacrónicas, la sobrecargan de alumnos y problemas mientras se empeñan en proteger su coto privado de enseñanza. Porque mientras pagamos el sueldo de profesores de la escuela concertada y financiamos un solo euro de la privada la escuela pública soporta cada vez más alumnos por clase con menos recursos por aula. Quizás sea sólo una persona que se marcha, pero esa maestra que hoy lo deja tardará bastante en ser sustituida porque la administración dilatará todo lo que pueda la llegada de algún maestro nuevo para ahorrarse unas semanas de sueldo. Por lo general sólo mandarán a alguien a tiempo si los padres de los alumnos protestan, si los padres de los alumnos se organizan, si los padres de los alumnos se defienden. Ya sabemos que una ola no puede tumbar un muro, pero que todas las olas hacen marea. Debemos saber que no habrán dejado de privatizar nuestra salud colectiva hasta que nuestra educación se recupere. Estaría bien que, como homenaje a aquella maestra que colocó las primeras piedras para que yo hoy pueda escribir esta columna, exijamos a esos políticos que nos ningunean que devuelvan a los colegios, a los institutos y a las universidades públicas su autonomía. Armemos barricadas de libros, disparemos palabras, defendamos lo público y no permitamos que nos hablen de primas porque nuestro único riesgo es la ignorancia. Gracias maestra por enseñarme tanto, por defender con tu trabajo la dignidad de una sociedad que debe pasar estos años su examen más difícil. Quizás nunca fui el mejor alumno, pero creo que me sé bien la primera respuesta: la educación pública no se vende, se defiende.

30. enero 2014 by Carlos Torres
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El día mundial de la pornografía

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Antigua sede de El Imparcial (imagen extraída de http://vestigiosdemadrid.wordpress.com/2012/09/05/la-antigua-sede-del-periodico-el-imparcial/)

Hoy es el día del periodista, algo así como el año chino del mono o de la rata. Un día para golpearnos el pecho, como si de pronto todos los informadores tuviéramos la imperiosa necesidad de celebrar la desgracia que nos une.  Un día para unirnos a todos, como aquella saga fantástica en la que los ejércitos del mal acababan arrodillándose ante la bondad de una compañía a la que los guerrilleros del bien entregaban cada uno su mejor característica. Pero esas cosas solo suceden en la literatura fantástica, que requiere de mucha imaginación. La realidad nos dice que hace años, en 1867, Eduardo Gasset y Artime (el abuelo de Ortega y Gasset) fundó el Imparcial. Cualquiera que camine por Tirso de Molina en Madrid y se dedique a mirar más allá de su smartphone podrá encontrar todavía, como una arqueología del olvido, las huellas de su sede en la calle duque de Alba. El Imparcial fue uno de los primeros periódicos publicados por una empresa independiente no adscrita a ningún partido político, en cuyo suplemento del lunes se publicaron a los mejores literatos de la época. Hoy en día, en una de esas agridulces metáforas del periodismo, el bajorrelieve de la cabecera todavía aguanta en el edificio que ahora habita la sede de un banco y algunos restos de una vieja sala X.

Recuérdenlo, padres que sus hijos estudian hoy en las facultades, en este día en el que muchos lanzarán desde sus santificados micrófonos 21 salvas de honor por las bondades de la profesión, hagan el ejercicio acostumbrarse a que sus hijos valdrán por lo que cuestan y que más de una vez llegarán a casa (son periodistas, no esperen que se marchen antes de los 30) sintiéndose prostituidos. Nuestra profesión es, sin duda, una de las más bonitas de cuantas pueblan el martirio, pero sin sueldo no hay democracia. Ser profesional supone poder vivir con dignidad de ello,  entendiendo que vivir de ello no es cobrar 600 euros por jornadas maratonianas con contratos leoninos, que vivir de ello no es aceptar matricularse de otras carreras para seguir siendo becarios después de los 26,…

En mi generación, esa que empezó la carrera el año de los atentados del 11M, pocos podrán celebrar hoy en las redacciones el día del periodista, pocos podrán hoy sentirse parte de una profesión o representados por popes de la prensa que se rasgan las vestiduras desde sus editoriales por las condiciones de los obreros de Panrico pero que nunca se han parado a escribir sobre cuánto gana aquel que maqueta sus textos. Porque quién puede ser imparcial viviendo con un ojo puesto en el banco y el otro en la pornografía.

24. enero 2014 by Carlos Torres
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Valencia abierta en canal

 

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Es insólito, pero conozco unos chavales de Albacete que entienden el valenciano gracias a que la emisión de Doraemon o de la Bola del Drac traspasó las fronteras levantinas y llegó hasta los pisos más altos de los bloques de la capital manchega.  Todavía recibo algún mensaje de vez en cuando con “mira a totes les floretes” o “si vols descobrir”. Lo mismo pasó en las zonas castellano parlantes del País valencià, como mi pueblo, donde hizo más Son Goku por la normalización de la lengua que todos los señores diputados con su escasa comprensión de la realidad valenciana.  No es raro que uno se sorprenda de vez en cuando canturreando las machaconas sintonías que Xoni, Poti i Tiriti nos legaron, porque la tele dio la mano de pintura necesaria a nuestra infancia para que comprendiéramos que nosotros teníamos una lengua común que compartir y sentirla como propia. Más crecido, recuerdo el olor a fútbol de los sábados en los que Canal 9, con su “partit oferit per Bancaixa”, nos narraba a través de Paco Nadal cosas sobre el Valencia (independientemente de que el partido lo jugaran Sevilla y Barça).

Valencia ya es hemoreteca: hoy ya no existe Bancaixa, ni Canal9, el Valencia tiene empeñado hasta al utillero y Paco Nadal, al que vi hace poco micro en mano retransmitir las fiestas populares de Segorbe (sense protecció, sense barreres), se irá al paro como otros tantos miles de profesionales. Sería injusto decir que la televisión valenciana estuvo a la altura de su pueblo y que no hubo acólitos del ladrillismo por doquier que escaletaron la parrilla al ritmo de Si, Buana.  Pero por poner otro ejemplo, mis abuelos, que nacieron y morirán con el castellano como lengua materna, nunca dejaron de ver el Metropolità por aquello de saber qué pasaba en los pueblos de “la contorná”. Y si ellos, octogenarios señores a los que la vida les negó grandes recursos educativos se divertían viendo “la nueve” qué no haría el gos del Babalà con cursos y cursos de niños que crecimos al ritmo del Uh ah (el del programa infantil, no el de Chimo Bayo). Porque Canal9 era una televisión politizada hasta las cejas (no hará falta recordar el vergonzante papel los días posteriores al accidente del metro de Valencia), el brazo armado del gobierno valenciano en el que se negó la reivindicación de la música hecha en valenciano y de la que un grupo nutrido de trabajadores fueron bastante sumisos con la línea editorial hasta que empezaron los problemas laborales (véase el telediario de ayer), claro que sí, pero los que han tomado la decisión de cerrarla han mantenido la actitud hitleriana de matar a un enfermo que puede recuperarse sólo porque nos cuesta dinero.

No se molesten en explicarlo, los dirigentes que todavía mandan en nuestra tierra, y recemos que no por mucho tiempo más,  no entienden que el beneficio de un servicio público no se puede medir en euros. Perdida la eficacia de la bandera del anticatalanismo, que tantos votos les ha dado en las pasadas legislaturas, Fabra, Císcar, Barberá y el resto de compinches de la Banda se han instalado en el cinismo: “nuestra prioridad es centrarnos en la sanidad y en la educación”, dicen sin dar la cara de pan de kilo que tienen. ¿Sanidad? Cuando está toda privatizada y nuestros mayores, como mi abuelo, se murieron en la época de bonanza esperando durante años la ayuda de dependencia concedida.  ¿Educación? Cuándo es la propia escuela valenciana la que debe acudir al micromecenazgo para actuar de urgencia. Eso sí, cuando en la universidad quieran explicar qué pasa en Grecia ya no tendrán que viajar a Atenas, bastará con pasear por Burjassot. Y yo me pregunto, ¿es que no nos merecemos los valencianos que un President comparezca ni siquiera por plasma? ¿En serio? Ni siquiera el mismo día que declaran nulo la chapuza de ERO que hicieron y que ahora dicen no poder asumir (que parezca un accidente, chicos). Eso sí, esta mañana ha tuiteado que la decisión de cerrar RTVV ha sido la más difícil del Consell desde que él es President, pues oye, una vez pasado el mal trago, convocar elecciones anticipadas debe ser mucho más fácil.

Quién sabe, quizás si la tele se llamará Fórmula Nou o Vuelta al mundo en canal autonómico hubieran perdido las posaderas por hacerse una foto y rescatarla. Es nuestra la necesidad de despertar de este mal sueño. En nosotros, los que vimos a Joan Monleón girar una paella gigante, los que hemos visto a los alcoians bajar desde el partidor con sus desfiles, los del Magdalena vítol, los del trau la llengua, los del concierto de las bandas de Lliria ,… en definitiva, los que siempre hemos soñado con una tele pública mucho mejor,  en nosotros está la obligación de recordar que Valencia ni se cierra, ni se vende. Valencia, por mucho que les pese a los talibanes del blaverisme, Valencia se defiende. Y eso es tan de justicia que lo saben hasta en Albacete.

06. noviembre 2013 by Carlos Torres
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Albert Pla y la política de la boina

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La política de la boina no es exclusiva de una región determinada o de un partido en sí. El boinismo lo practican por igual en el norte o el sur los guardianes de lo políticamente correcto y los talibanes del pensamiento único. Pongamos dos ejemplos separados por escasas 24 horas. El primero de ellos les corresponde a los ultras del boinismo en Barcelona. Aquí, los miembros de un prestigioso certamen fotográfico como el World Press Photo escogieron la foto de un torero para adornar las banderolas que anunciarán la exposición en Barcelona. Los del provincianismo en la cabeza, en este caso los del Ajuntament de Barcelona, vetaron la foto por cañí y poco estética, no vaya a ser que tal y como están los ánimos los votantes de bien se nos sulfuren. Hay que recordar que, no hace mucho en estas latitudes,  ya se evitó dar permiso de grabación a la serie Isabel de TVE para evitar interpretaciones de la historia poco acordes con “la que nos gusta”.

Los de la boina son así, personas con no usan las luces largas y que tienen el umbral de la sensibilidad muy bajo. Miren si no a los miembros del Partido Popular que han exigido que se suspenda en Gijón la actuación del artista Catalán Albert Plà. La censura de los boinistas viene esta vez motivada por unas declaraciones en las que el cantante decía que siempre le había dado asco ser español, que le gustaría ser independiente y que cree que en Gijón se debería imponer el catalán “por cojones”. Pues bien, los boinistas españolistas, a los que la libre expresión se la rempampinfla piden que el Teatro Jovellanos no acoja la obra del susodicho. Así es el ADN de esta artimaña política: la piel fina, la correa corta y el poco espíritu crítico del conmigo o contra mí, ése que irrumpe en librerías pidiendo que rueden cabezas, como si una persona no pudiera responder lo que le viniera en gana en una entrevista.

Quino lo explicaba mucho mejor que yo en una viñeta en la que Mafalda y Felipe compartían protagonismo. Estaba él calzado con un casco militar y ella ataviada con un escurridor de pasta en la cabeza. Felipe, en este caso el improvisado boinista, le preguntaba a la niña: “Mafalda, pero ese casco esta lleno de agujeros y pueden entrar las balas“,  “Ya, pero deja salir las ideas”, respondía ella.  Convendrán conmigo que el Congreso tendrá goteras pero en determinados partidos les hace falta unos buenos agujeros por los que pueda filtrarse el aire fresco. Necesitan nuestras democracias  menos boinas y más escurridores en la azotea, al fin y al cabo no se trata de adornar la cabeza, si no de usarla de vez en cuando.

16. octubre 2013 by Carlos Torres
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Carta abierta al ministro Wert

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Señor ministro Wert: hoy es el último día de trabajo de un profesor. Después de cuarenta años de servicio, cuando el timbre conceda permiso a los niños para irse a sus casas y la merienda desaloje a la madre más rezagada de la puerta, el maestro cerrará por última vez el libro y colgará para siempre la tiza. Habrán pasado entonces cuarenta años y casi tres generaciones por sus cuadernos de programación, un pueblo y un país que han ido modernizándose ante sus ojos. Lejos queda ya aquella pequeña primera aula en la habitación de una casa particular de los últimos alientos del franquismo, cuando una legión de alumnos se hacinaba en los pupitres y se necesitaba la palmadita en la espalda del cura de turno y el certificado de adhesión al Movimiento para poder trabajar al servicio del Estado. Recuérdelo, seguro que también tuvo que hacerle la rosca ficticia al régimen en aquellos 70 en los que usted todavía militaba en Izquierda democrática y empezaba a impartir clases en la Complutense.

Pero no nos desviemos, el profesor que hoy abandona la enseñanza tiene más o menos su edad y está cansado de pelear con leyes propuestas desde sus lejanos despachos por tipos como usted. Sería muy difícil enumerar aquí todas las siglas que han gobernado los colegios desde que el docente impartía clases en Terrassa y quedó sorprendido con cómo los alumnos hacían horas extra pagadas por los padres para poder aprender su lengua. ¿Diez, doce, quince?  es imposible enumerar el vaivén de legislaciones que ha vivido la enseñanza desde entonces.  Normas pensadas por teóricos de salón que nunca se han enfrentado a esas 30 o 40 ávidas fieras que poblaban los cursos en las escuelas de los ochenta. Quiero creer que es el desconocimiento y no la crueldad lo que les ha llevado a sepultar una por una todas las conquistas ganadas por esa generación de maestros que ahora se nos va y que fue de esas primeras hornadas de españoles que vio cómo el sexo no era una razón para separar a los alumnos por un muro.

¿Se acuerda cómo era todo entonces? Mi abuelo siempre nos contaba entre risas aquello de “ganas menos que un maestro de escuela”. Y bien cierto que era muy poco lo que ganaban y poco hubieran seguido ganando de no ser por su lucha de huelgas indefinidas, de pelea unida contra el Ministro de turno. Perdón si le saco esto ahora, precisamente a usted que ha permitido que las autonomías como la valenciana bajen el sueldo a sus profesores. Ya sé que me dirá que las cosas van mal, yo mismo me he dado cuenta. Pero si usted hubiera aprendido algo de los profesores a los que ordena sabría que en las clases hay que hacer más esfuerzos por los que se quedan atrasados y no premiar sólo a los más avispados. Esto es, nada de concertadas mientras las públicas necesiten inversión. Hágase a la idea señor Wert que usted, con su desidia, ha inventado la máquina del tiempo que ha sido capaz de transportar a todo un país más o menos cuarenta años: Ha subido el número de alumnos por clase, ha eliminado las pagas extras a los funcionarios, ha vuelto la religión puntuable a las escuelas y, apoyando con ayudas la segregación de sexos, ha dejado que los sacerdotes ya no nos den palmaditas si no más bien bofetadas a nuestra inteligencia. Supongo que, en su afán por españolizar, tampoco le importaría que el catalán volviera a ser financiado exclusivamente por los progenitores.

Señor José Ignacio Wert, le escribo con la única intención de que, si  leyera esta carta por algún azar de la vida, pudiera yo al menos amargarle un café porque no hay derecho a que el profesor que hoy se marcha tenga que irse triste con la Educación que usted nos deja.  Recuerde siempre que un gobierno justo tendría que ser digno con sus educadores. Escuchadnos vosotros también profesores, os perdimos perdón por haber dejado que ministros así se nos hayan subido a la chepa. Gracias por vuestra dedicación, vuestro trabajo y vuestro esfuerzo en estos tiempos. Gracias por estos cuarenta años, maestro.

14. octubre 2013 by Carlos Torres
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València de nou

Agazapado entre los ecos del 12 de octubre y el terremoto que provocan últimamente las diadas catalanas se esconde, como una metáfora en el calendario, el día de lo que los padres de la Constitución nos obligaron a llamar Comunitat, otrora Regne de València o País Valencià. El 9 de octubre es ese día en el que Canal9 emite una procesión en Valencia y en Alicante uno aprovecha para despedir los últimos días de playa o para quedarse en la cama hasta que la banda del pueblo te arrebata el sueño al compás del himno regional. Me gustaría contar qué es lo que hacen en Castellón, pero si los catalanes conocen la mayoría de sus comarcas, los alicantinos bastante hacemos con acertar qué pueblos nos rodean y cuál de las dos lenguas se habla en ellos.  Las dos Españas que tanto preocupan en otros territorios  son aquí un juego de niños: blavers, promurcianos de la Vega Baja, españolistas nostálgicos del régimen, pancatalanistas y correligionarios de Joan Monleó: viven, conviven, se insultan y emborrachan en las fiestas de moros y cristianos juntos bajo un mismo techo. De todos ellos, dicen,  es  el día de la patria valenciana y querrán hacerlos cantar aquello de: Per a ofrenar noves glòries a Espanya. Glories tales a fecha de hoy como ser la segunda región europea que más empleo destruye, sólo por debajo de Yuzhen Tsentralen en Bulgaria, o la autonomía más endeudada de España.

Atrás quedan ya nuestros años de excesos y aquel viejo discurso prepotente de Rita&Camps y compañía que nos han convertido en el Pim Pam Pum del resto de compatriotas:  Los valencianos somos fachas, los valencianos somos corruptos, los valencianos estamos locos, los valencianos somos bacalas… y todo el catálogo de prejuicios que uno oye a menudo. Quiero creer que cuando nos apuntan con el dedo buscan en nosotros también sus miserias: y no lo digo porque en Cataluña haya gobernado la derecha unos cuantos años más que en Valencia o porque en Madrid estén de deuda hasta las cejas, por los proyectos olímpicos o por el Forum de las culturas… no, sería un error bajar al barro a defender nuestra Comunitat.

Asumámoslo,  es cierto que los valencianos hemos dejado que año tras año los mismos corruptos vuelvan al poder, hemos hecho la vista gorda con los que se enriquecían en los años de bonanza, hemos dejado que Rita Barberà diga que aquellos que no comparten la política de la Fórmula Uno y la Copa América son unos aldeanos- de nuevo el pensamiento único del “Tots a una veu“. Mientras dejemos que usurpen así nuestra terreta, nosaltres els aldeans,  seremos los del Proyecto Castor, los de las gafas de Fabra,  los del accidente del Metro, los de Gandia Shore, los que ponen la playa a Madrid y los de las fotos de falangistas camuflados en los pipiolos de Nuevas Generaciones. Germans vingueu.

No importa que las encuestas empiecen a apuntar que el PP se hunde en el País Valencià… tanto da si eres de los que se queda durmiendo o los que sale de procesión, mientras no demostremos bien fuerte  que hemos abierto los ojos seguiremos haciendo que el resto del mundo olvide que somos una tierra productiva, un lugar donde siempre se acogió al trabajador foráneo, un rincón donde el movimiento obrero arraigó fuerte, la última región en ceder al franquismo, … la patria de Guillem Agulló, de Fuster y de Valor, de la Asociación de Víctimas del Accidente del Metro, de Berlanga y de Chirbes.  Una tierra de cultura y tradición popular, con una lengua compartida con nuestros vecinos del norte y otra con nuestros vecinos del sur. Despertemos, valencians, porque habrán arrasado nuestra reputación, pero ya no queremos ser cómplices y todavía podemos construir una València de nou.

09. octubre 2013 by Carlos Torres
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La importancia de la posesión

europaFoto @niasanjuan Europa-Júpiter, temp 12/13

Los domingos de partido en el Nou Sardenya hay un tipo que corre pegado a la banda; observa el juego con la precisión de un cirujano mientras espera la llegada del momento exacto para poder cambiar el ritmo. Bajo su ropa deportiva no se esconde ningún exceso y, aunque ya no es como esos chavales que se entretienen en el césped en los descansos, todavía guarda en la recámara una pequeña punta de velocidad. Delgado, algo atlético todavía y ya canoso, se le distingue bregar siempre de un lado para el otro pendiente de la posible trayectoria del balón. Si no fuera una banalidad se le podría definir como un filósofo del rebote, un hombre que reparte sus ojos afilados entre las patadas a seguir del rival y los rechaces atolondrados de la defensa.

Cuando el partido se afea, y el juego pasa más tiempo en el aire que en las botas, él se erige en salvador. En cambio, si el juego es bonito, la afición, desde el plácido retiro de la grada, no presta demasiada atención a su trabajo. Con todo y con eso, sus piernas atesoran cientos de partidos contra otros tantos cientos de rivales y arrancar, por qué no reconocerlo, ya le pesa en los gemelos. Hace años que dosifica sus esfuerzos y sólo invierte el aliento en dos o tres carreras contadas en cada parte; su zancada pequeña, heredera de un estilo curtido en mil sprints, cabalga ligera para que al equipo no le roben nunca el balón. Lo busca, lo olfatea y persigue su rastro hasta que interviene el esférico. Puede que, siendo la vida tan injusta como es con los sacrificios, en el campo nunca le vitoreen ni tampoco reciba grandes ovaciones como él se mereciera.  Hay de los que marcan tantos y otros tantos que se conforman con devolver las pelotas al pie.

Es verdad que quizá ya no tiene el repris de antes y puede que últimamente los más jóvenes le superen casi siempre en carrera, pero lo cierto es que, sin él, el equipo jamás tendría la pelota. Por la mañana, un aficionado que escapaba del estadio rumbo a una comida de amigos antes de que el colegiado pitara el final,  lo vio correr Secretari Coloma abajo. De un brinco saltó una valla del parque y escudriñó el horizonte de setos, bancos y carritos de coche: “chaval, ese balón es del Europa” le imagina decir en la distancia. Ya se sabe que en esto del fútbol, mantener la posesión es muy importante.

06. octubre 2013 by Carlos Torres
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Barcelona, qué hermosa eres

En una calle de Gràcia hace años que hay un descampado vacío; un nido de maleza que emerge como frontera de mala hierba al urbanismo de los años treinta y cuarenta. Quién sabe cuánto se pudo pedir por él en los años de bonanza; millones y millones por un puñado de metros edificables en el corazón de Barcelona en la era dorada de la burbuja. Sin embargo, aunque caro, el solar no está en primera línea de turista, esa que transitan los visitantes ex soviéticos que vienen a dejar sus ahorros en las tiendas del Paseo de Gràcia. La misma que el Ajuntament utiliza para promocionar a bombo y platillo sus atractivos: el último musical, la nueva exposición, la próxima candidatura de Juegos Olímpicos de invierno… “Barcelona, posa’t guapa”, dicen desde hace casi treinta años las lonas que cubren los edificios en rehabilitación que se inyectan el bótox de las reformas para que los japoneses puedan disparar mejores fotos. Raramente se cruzan esos asiáticos en sus rutas de cine con la otra inmigración: subsaharianos, rumanos o magrebíes, que empujan carros de la compra donde cargan los despojos metálicos de los que la sociedad de consumo se deshace. O en el mejor de los casos, si esos dos mundos convergen en algún punto de su estancia en la capital catalana, los señores que empujan carritos se convierten en una atracción más que plasmar en Instagram de esta ciudad abierta veinticuatro horas al turista.  Son los habitantes de esa Barcelona dura y abigarrada de la que nada se escribe en la Lonely Planet y a la que el ayuntamiento no dedica demasiados esfuerzos en su lavado de cara.

En Gràcia, uno de esos extranjeros que rebusca en los contenedores de la esquina, ha conquistado el solar que lleva años vacío. Es solo un terruño que mella la silueta de la ciudad, un paisaje abandonado en el que ahora crecen dos chabolas como un erupción cutánea en la clase media que le rodea; se supone que pronto el ayuntamiento reparará en ello, como aquellas partes de nuestro cuerpo que olvidamos hasta que un mosquito nos pica. Mientras tanto, los vecinos los ven entrar y salir para descargar su carro lleno de ferralla, cada vez más escasa, cada vez más disputada. Al principio la protovivienda no disponía de mucho más que un par de colchones, una cacerola en la que calentar agua con una resistencia eléctrica y montones de ropa pasada de moda que han ido rescatando de la calle. Pero el invierno se acerca también para los pobres, y todo aquel que viva en los edificios contiguos puede ver como en los últimos días los colonos han llevado hasta su solar nuevas adquisiciones para mejorar su casa. Telas metálicas y sacos azules de rafia que, como si de un Ikea de la calle se tratase, intentarán hacer frente al frío y a la lluvia que está por venir este otoño.

El casting para la techumbre habrá sido duro estas semanas: plásticos, maderas y telas descansan en un rincón del descampado.  Sin embargo, ayer, una vecina que se asomó a su terraza después de tender la ropa pudo ver sorprendida como por fin los inmigrantes han encontrado una lona que sellará su techo de las goteras. Ironías de la vida, desde el quinto piso claramente se leía: Barcelona, posa’t guapa.

 

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01. octubre 2013 by Carlos Torres
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Mil kilómetros, siete años. Lo insólito del accidente del metro de Valencia.

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Santiago de Compostela y Valencia distan casi mil kilómetros y siete años de distancia. Sin embargo, en cierto modo, como vías que discurren paralelas hasta que convergen, se entrelazan en algún punto de nuestras conciencias: dos ciudades y dos sociedades golpeadas por el mismo vacío de la desgracia. Un exceso de velocidad más una concatenación de variables evitables apartó de su camino a 43 personas en el metro de Valencia, encallando desde entonces a más de cuarenta familias en una pelea subterránea por la búsqueda de respuestas. Todavía huérfanos de responsabilidades este verano les alcanzó otro gran accidente, otra maldita curva, otro río de ilusiones drenado a destiempo.

Por entonces, la vergüenza de la gestión de su accidente ya había emergido con todo su pudor nauseabundo a la superficie de los medios de comunicación. No lo intentemos, jamás acertaremos a imaginar qué sintieron aquellos familiares valencianos cuando el tren de Angrois cercenó el futuro de cientos de personas. Mil kilómetros y siete años que se evaporaban en la nada, Santiago-Valencia como el estruendo de un triste rayo. Y así permanecieron enlazados mientras las conexiones en directo, las coberturas especiales y los teletipos de última hora iban jalonando nuestras sobremesas: “El accidente se pudo evitar”, como si un periodista valenciano, por aquel entonces becario, hubiera guardado un titular para publicarlo siete años más tarde.

Pero Valencia y Santiago distan mil kilómetros de distancia, no merece la pena olvidarlo y hoy, si uno abre el mismo diario digital puede leer dos titulares. “Los cinco cargos de ADIF imputados por el accidente ferroviario de Santiago declararán desde mañana” es el primero, “La jueza Nieves Molina rechaza reabrir la investigación del accidente del metro de Valencia” es el segundo. Dos accidentes que unen las tristezas de un puñado de familias y una vergüenza que separa nuestra Comunitat del mundo civilizado como si Saramago hubiera descrito en nuestro mediterráneo aquella balsa de piedra que flota a la deriva.

Qué importa que se hayan denunciado las irregularidades de la comisión de investigación, la existencia de descarrilamientos previos o la omisión de los resultados del equipo de frenado automático puntual; para la jueza del caso ninguno de los documentos aportados es novedoso al tiempo que asegura que el planteamiento que ha expuesto para reabrir el caso el Ministerio Fiscal es insólito.  Y puede que tenga razón, que algunos políticos nos mientan, que intenten escapar de sus responsabilidades o que avergüencen a toda una región como la valenciana no es ninguna novedad, lo verdaderamente insólito es que ahora una gran parte de esa sociedad ha decidido que ya no quiere ser cómplice. Por la dignidad de toda pueblo, por las víctimas de aquí y por las víctimas de allí, hoy más que nunca, el día 3 todos a la Plaza. Que nuestra indignación se una a la de las familias, hagámonos oír  incluso a mil kilómetros de distancia: tenemos 43 muertos, 47 heridos y 0 responsables.

 

18. septiembre 2013 by Carlos Torres
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