¿Qué hay detrás del Partido Popular de Madrid?

mitin-PP

Hay días que un acto en Barajas, un vecino y un móvil te pueden destartalar las estudiadas puestas en escena de la campaña electoral. Es cuestión de perspectiva pero, siendo explícitos, a esta fotografía se le podría titular “lo que el Partido Popular esconde” o tal vez “lo que el PP no quiere ver”. Lo cierto es que pocas veces cabe tanto Madrid dentro de una sola foto. Es como si Aguirre, que ya anunció su intención de echar a los sin techo del centro de la ciudad, hubiera empezado por ocultar tras un panel del partido a una señora que busca en la basura su sustento diario. Decía Rajoy el viernes, en un mitin en Oviedo, que hemos salido de la crisis gracias al sacrificio de las familias. A veces al gallego ingenuo le bastaría con mirar un poco más a la trastienda de su maquinaria electoral para saber que todavía hay muchos que, si acaso, atinan a emerger de su recesión diez minutos, que es el tiempo que tardan más o menos en encontrar el siguiente contenedor.

Quizá la escena es tan frecuente que puede que ya nos hayamos acostumbrado a regatearla con la mirada cuando nos topamos con ella. En la foto, por ejemplo,  todos los asistentes están tan entretenidos con los globos que regalan en la carpa popular que nadie mira hacia la señora. Curiosamente, Aguirre parece ser la única que la observa con detenimiento desde el autobús que capitanea con esa sonrisa que es tan suya que no necesita registrar en ninguna oficina de patentes. De ser su versión de carne y hueso la que hubiera estado en Barajas y no su alter ego de photoshop, no dudo de que Esperanza Aguirre se hubiera acercado para hablar con la mujer. Ya se sabe que, cuando a la marquesa se le pone en marcha el reloj biológico de la democracia, es una política todoterreno a la que le bastaría un solo minuto para llenar de demagogia la mochila de la señora. Aunque esto no es exclusivo de Madrid, a los socialistas de Barcelona que repartían su programa junto a una rosa en la puerta del metro se les marchitaron antes las promesas que las flores.

Hay días en los que una fotografía sintetiza cuatro años. Son esos en los que una mujer que se sumerge dentro en una basura llena de ofrendas políticas incumplidas levanta la cabeza y lee en el autobús: “Vota Esperanza”. Deja en el suelo sus bolsas llenas de herencia recibida, apoya sus manos en el borde del contenedor, trepa para salir y se pregunta: “Esperanza ¿Para quién?”.

19. mayo 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 23 comments

Gente perdida para objetos encontrados

El viernes perdí los papeles. Debió ser en el tranvía. Acababa de llegar al trabajo y estaba a punto de cruzar la frontera que separa la vida civil de la vida laboral cuando advertí que no llevaba mi cartera encima. Me quedé unos minutos varado en la tierra de nadie de la caseta de seguridad porque sin la tarjeta que llevo en mi billetera no se puede superar los tornos de la empresa. Mientras esperaba a que me dejaran pasar, me vino a la cabeza un carrusel de cosas horribles que se podían hacer con ella: señoras sacando dinero de mi cuenta, bribones valiéndose de mi documentación para delinquir o parejas usurpando mi DNI para poder contratar algún servicio a su nombre.  Ninguna de esas tropelías me provocó tanto terror como que alguien se apoderara de la foto de carnet en la que todavía salgo como un adolescente de pelo largo. Sentí un escalofrío. Registré de nuevo de arriba a abajo la mochila, me palpé todos los resortes ocultos de la chaqueta y comprobé una y otra vez que ésta no estuviera en el suelo.

No es la primera ocasión que entro en pánico de forma infundada, pero la mayor parte de veces que doy el grito de alarma la cartera casi nunca está tan lejos como en la propia mano. Quizá por eso, los compañeros me recordaban con insistencia la metodología que ha de seguirse en la arqueología del despiste: “¿Has mirado bien en los bolsillos interiores, Carlos?”. Volví a llevarme las manos a ellos con escaso éxito. Al contrario que en anteriores sucesos, esta vez los bolsillos parecían agrandarse con toda la ausencia que les cabe dentro. “¿Sabes dónde la has perdido?”. Si lo supiera no estaría escribiendo esta crónica.

Asumida la tragedia de la pérdida pasé a la siguiente fase, la de la tortura burocrática. El primer paso es el más fácil: anular las tarjetas. El banco, diligente en que ningún cliente se quede sin la posibilidad de gastar, te envía a casa nuevas copias en un periodo de tres días. El Estado, en cambio, conduce a menor velocidad que las sucursales bancarias y todavía tardaré un poco en renovarme mi carné de identidad. Aunque barajé la posibilidad durante un buen rato, no puse la denuncia porque hace meses una amiga perdió la cartera y la ciudadana que la encontró tuvo que localizarla personalmente a través de las redes sociales porque los mossos d’esquadra le dijeron que no tenían forma de encontrarla. La policía no puede localizar a una chica. Por suerte para ella, la externalización del servicio vía twitter fue un éxito. Me pregunto qué hubiera pasado con su billetera de haberla hallado un analfabeto tecnológico.

Ya había dado el episodio por resuelto y el cabreo por amortizado cuando, a media tarde, un señor parapetado tras un teléfono oculto me llamó informándome de que una ciudadana- lo dijo así, una ciudadana- había encontrado mi cartera y la había llevado a la oficina de objetos perdidos para devolvérmela. Yo ya estaba en el tranvía de vuelta y me puse tan nervioso por la noticia que casi lloro de la alegría. La ciudadana podría haberse quedado el dinero de la cartera porque, de golpe, me había devuelto una cantidad ingente de tiempo. Cuando el señor que me había dado la noticia colgó, me entró la risa floja del éxito. La euforia todavía duró un rato, pero cuando llegó la sensatez, advertí que no había sido capaz de apuntar la dirección de la oficina en la que mi cartera me esperaba. Según cuenta Sergio Castro, en esos casos de absoluta fortuna, medio cerebro se pone a festejar y el otro medio hace lo que puede.

Como si fuera la escena de “Lo imposible” en la que el padre busca a sus hijos de hospital en hospital, he llamado a todas las policías locales del extrarradio, he visitado los retenes de los ayuntamientos y he buscado más veces de lo deseado la compresión de la teleoperadora del número de atención de los usuarios del tranvía, pero nadie se ha identificado como el autor de la llamada. ¿Por qué se oculta un hombre que te ayuda a encontrar cosas? Esas oficinas y las gentes que lo habitan son para mí un misterio. Me cuenta Ander Izagirre que, “con más optimismo (y con más precisión), en inglés –found objects- y francés –objects trouvés”-  nombran como oficinas de objetos encontrados a lo que aquí llamamos objetos perdidos. Curioso que en mi búsqueda desenfrenada, una muestra más de que Barcelona ya es Europa, haya descubierto que aquí el ayuntamiento también la llama “Oficina de troballes”.  Jordi de Miguel me ha dado la idea de arrojar este mensaje al espacio porque quizás así reencuentre mi cartera:  El viernes perdí mis papeles y alguien los encontró. Ahora soy yo el que ha perdido la oficina de objetos perdidos y todo esto no me pasa por otra cosa que por haber extraviado la memoria.

16. marzo 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 3 comments

Puta feria

Desde las alturas, el campo del Europa luce en la noche como una parcela de hierba crecida a la sombra del muro gris de un rascacielos. A estas horas, Barcelona está tan minada de campos de fútbol alumbrados con esa luz blanca de las instalaciones deportivas que se diría que la convención que cobija bajo su ala debe de ser de futbolistas y no de ingenieros. El cráter negro que deja el Parque Güell sobre la superficie de su montaña, la luz azulgrana de la fálica torre Agbar o el brillo rojo de los barcos de pasajeros que entran después de la hora de la cena quedan atrás como un espectáculo fugaz. Tras el tacto frío de la ventanilla, el trazado de las bombillas del Eixample parece una inmensa pista de aterrizaje dispuesta para que el aparato entre a la ciudad a la torera. Sin embargo, en vez de tomar ese camino sembrado en el asfalto, el avión se adentra en la panza oscura del Mediterráneo, como si en su afán por conquistar la ciudad el piloto se hubiera pasado de frenada. Ahora, la curva del diminuto avión, que se debe divisar a ras de suelo únicamente como una estrella intermitente, sobrevuela los camiones alineados en diagonal en los aparcamientos de la zona franca. El pasajero tuerce el gesto, como si tras conocer la tripa tersa de una chica bella hubiera sido obligado a descubrir después el interior de sus intestinos. Por suerte, la sensación dura poco. El comandante les desea una feliz estancia. La gente está tan acostumbrada a volar que ya nadie aplaude cuando el avión toca tierra.

No queda rastro de nubes  pero el suelo está mojado, como si la lluvia hubiera sido la tarjeta de visita que precede al viajero. Una lluvia que algunos esperan facturar en euros, pues estos días el precio de una noche en el un hotel de extrarradio cuesta lo mismo que el alquiler de todo un mes en un piso del barrio de Gracia. En el recibidor del aeropuerto los chóferes esperan con un buen ramillete de apellidos anglosajones, nórdicos y asiáticos escritos sobre cartulinas. Los autobuses y el cercanías también van llenos. El Prat achica viajeros a la desesperada. Barcelona está impracticable y, estos días, el centro está sometido a un hacinamiento de empujones, de acreditaciones que penden del cuello de una chaqueta, de bolígrafos asomando en los bolsillos de las camisas y del simpático aire de admiración que desprenden los pasajeros habituales del metro hacia esos tipos anodinos con pinta de informático que ganan mucho dinero.

Las unidades móviles de televisión trabajan a destajo. La feria es tan beneficiosa para el conjunto de Barcelona que Zuckerberg y Felipe VI, representantes de dos monarquías antagónicas, la inauguraron cada uno a su manera. A ras de pabellón, la prensa especializada salta de chiringuito en chiringuito a la rapiña de algún obsequio que entregar en casa como impuesto revolucionario por su ausencia. Cuando acabe la semana, día 8 de marzo, se escribirán muchas páginas con cifras sobre la integración laboral en las nuevas tecnologías. Pero hoy, a la salida de la feria, unos tipos que reparten flyers de lujosas casas de citas a trabajadores y la luminaria verde de los taxis procesiona de lupanar en hotel y de hotel en lupanar por el gran burdel nocturno de Barcelona. Cualquiera diría que son los mismos cerebros que se han inventado aplicaciones para ligar. 4G, 3G punto G, todo tiene su tarifa y a la sombra del Mobile World Congress surge una feria paralela de mafias internacionales de la prostitución. No deja de ser irónico que miles de metros cuadrados levantados para honrar al futuro de las tecnologías acaben necesitando de una industria tan vieja como ésta. El negocio de la carne visibiliza como pocos que  la igualdad se quedó sin cobertura.

05. marzo 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | Leave a comment

La abuela de todos

prontoCuando yo no sabía lo que era el periodismo, mi abuela María me enseñó lo que era la censura. Recuerdo que fue en aquellos pegajosos meses de verano que sólo habitan de ese modo en el lugar de donde yo vengo. Las mañanas de los domingos nos sentábamos en la galería de su casa con la esperanza de que la escuálida brisa creciera en algún momento y aprendiera a robarnos el calor. Para matar el tiempo, o tal vez para que las playas de las fotos nos contagiaran con sus refrescantes mareas, tomábamos por turnos la revista Pronto, a la que mi abuela más que suscrita sigue afiliada. Mientras los mayores hablaban nosotros nos poníamos al día de todos los cotilleos que sembraban el agosto patrio de jugosas exclusivas. Por aquel entonces yo era un púber bastante curioso y no puedo decir que me importara colisionar con la fotografía de algún escote robado entre aquellas tediosas lecturas. Las buscaba con una mezcla de inocencia y culpabilidad que no he vuelto a hallar en ningún otro deseo. Deteniéndome en los artículos edulcorados de las fiestas que Gil organizaba en Marbella para que mis ojos no levantaran sospechas y delataran el destino final de su viaje. Aún siento ese cosquilleo que sentía cuando las páginas que estaba esperando se acercaban. El corazón se me amotinaba y mi mente ya sólo pensaba en ese pezón furtivo de Lidia Bosch o Natalia Estrada asomando al exterior con la inocencia del bañista. Toda esa agitación se derrumbaba al instante porque mi abuela tenía otros planes reservados para preservar la decencia de su familia y, antes de dejar que las revistas se amontonaran en la mesa, había pasado bolígrafo en mano, como si de una brigada del decoro se tratase, por todos los números de Pronto para devolver a mano la parte de arriba del bikini que alguna famosa había olvidado graciosamente sobre la arena.

Mi abuela es mi abuela y también la abuela de todos. Una mujer que ha conocido a tres reyes, dos dictadores y dos democracias pero sabe que Belén Esteban sólo hay una. Hoy cumple noventa años y, a pesar de una salud en retroceso, todavía no está dispuesta a ceder el bastón de mando. Me pregunto cómo va a ceder una mujer que consigue que sus nietos de metro ochenta le sigan llamando “abuelita”. Es inútil regatearle la nomenclatura porque mi abuela María (a la que por cierto bautizaron como Nieves pero a ella no le pareció bien) no está sometida a más principios que a los suyos. Incluso al único Dios con el que se relaciona lo ha sometido a la férrea programación de su pantalla y, si antes para encontrarla había que ir a la iglesia, ahora pone las misas que emiten por televisión a todo trapo, con la esperanza, imagino, de que a fuerza de escuchar la palabra del Señor más alta terminemos por escucharla.

Mi abuela no quiere que salga a la calle por la noche por si me confunden con otra persona y me pegan un tiro, no quiere que me vaya de viaje con mi novia si no estamos casados, quiere que salga con una mujer dos o tres años más joven porque ellas son más listas y así la inteligencia se compensa, no quiere que me retire tarde y por supuesto no quiere que beba alcohol. Pero sobre todo, mi abuela no duerme si a alguno de sus nietos les pasa algo malo. Mi abuela es también vuestras abuelas, incluso esas que ya se han ido. Un miembro más de esa liga de mujeres extraordinarias cada día más menudas, cada día más frágiles, cada día más lejanas. Esas mujeres que tienen las piernas llenas de varices y los surcos que les dejan las venas en la piel son los caminos de un tiempo que ya se marcha. Un tiempo cada vez más corto, un tiempo cada vez más extraño. Hoy me he levantado pensado que cuando mi abuela ya no esté ya no habrá nadie dispuesto a pintar sobre las páginas del Pronto.

28. febrero 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | Leave a comment

La mentira que Rajoy no dijo ayer

Exilios

 

 

Sólo hay una cosa peor que estar obligado a marcharse: tener que volver sin nada. Asumido ese día, facturar en un aeropuerto la decepción de haber fracasado también en el exilio es un sobrecoste demasiado caro. Quizá por eso, la protagonista del cortometraje aplaza su explicación para el aterrizaje, como si todavía guardara la esperanza de que la extraviaran como a las maletas y poder vagar de terminal en terminal por las oficinas de objetos perdidos. O es que acaso los miembros de esa generación con una tasa de paro juvenil mayor al cincuenta por ciento son para las políticas de austeridad otra cosa que objetos a los que nadie reclama.

La sorpresa viene en el tren de cercanías, cuando la chica que regresa con las manos vacías se encuentra a su padre con las manos llenas de Kleenex que vende para evitar el desahucio familiar y uno se pregunta cuánta rabia se amotina en en esos pañuelos. Es entonces cuando, para evitar males mayores, ambos pactan ocultarle a la madre la verdad. No es la primera vez que Joan Álvarez astilla con sus giros de guión nuestra frágil estabilidad social. Si antes había puesto a un comando antiERE a aterrorizar a empresarios, el autor catalán convierte esta vez el regreso de una joven a España en una Odisea sin héroes donde todos los protagonistas están vencidos de antemano y ya ni siquiera quedan lugares donde refugiarnos. 

Se hace difícil imaginar que a Celia Villalobos se le colara este corto por su iPad en un descuido de su partida al Candy Crush. De lo que estoy seguro es que de haberlo visto antes de que Rajoy empezara con su tortura dialéctica, habría convenido con el presidente que, a veces,  cuando la crisis golpea, la mentira es la última esperanza.

25. febrero 2015 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 12 comments

El presidente que perdió Cataluña

La manifestación de ayer en Barcelona fue tan masiva e icónica que no hará falta esperar al habitual baile de asistentes con el que aburren organizadores y delegados del Gobierno, pues basta con esgrimir una imagen de la Diagonal y la Gran Vía repleta de cabo a rabo para derrotar al enemigo en la guerra de las estimaciones. La concentración, pacífica y ordenada, nutrió ante el mundo su bíceps en forma de V y lo batió como un puñetazo demócrata en la aturdida cara de Mariano Rajoy. Un Rajoy que a menudo se parece más a un portero en una mala salida en un corner que a un estadista presidente del gobierno. Imagino que ayer el líder popular pasaría mal día, sobre todo al ver como el caso Pujol en el que tantas esperanzas habían depositado y en el que se han afanado los últimos días no restaba ni un ápice de vigor a la erección nacionalista. Bien empleado le está por confiar en pleno siglo XXI en una nueva guerra sucia (a las gestiones de Moragas me remito).

Habría que estar muy ciego para no ver que ayer una gran mayoría de catalanes volvió a reivindicar su derecho a decidir y echó la enésima pelota al tejado de Moncloa. Un palacio cuyo actual inquilino, en uno de los días marcados con rojo en el calendario político, solo acertó a hacer unas desafortunadas declaraciones sobre trasplantes: Porque es sabido que un andaluz puede vivir con el corazón de un catalán y viceversa, pero ambos necesitan un presidente con cerebro. Si no cómo se explica que mientras los catalanes toman las calles en unas manifestaciones que dan la vuelta al mundo el jefe del Gobierno no se plantea más solución que avivar las llamas abanicando la fortaleza de la Constitución.

Qué complejo tiene el Estado que les hace creer que no podrían ganar democráticamente una consulta ¿es que acaso piensan que no podrían encontrar ningún motivo para convencer a los catalanes? ¿por qué ese pánico a debatir si es mejor el sí o si es mejor el no? ¿Alguien va a explicarnos al resto de españoles si nos iría mejor o peor sin Cataluña? Otros países desarrollados como el Reino Unido o Canadá lo han hecho antes que nosotros y no parece que se vaya a fracturar el sistema.  Hay que ser miope para creer que uno puede parar con un muro de artículos en la Carta Magna a la riada de gente que quiere votar si se van o no de España.  Porque antes o después los catalanes acabarán por votar, no puede ser de otra manera, y el Estado les habrá dado tantos motivos con su actitud despótica para creer que mejor estarán por libre que ya será tarde para que las instituciones reaccionen. Y lo peor es que, seamos sinceros, tampoco es que el líder de la oposición, carcasa nueva para el PSOE con un mismo vetusto sistema operativo, tenga una mejor propuesta para el desafío que se plantea.

Y no es que a mí me preocupe la sacrosanta unidad de España, o si los catalanes quieren marchar (cada cual ya es mayor para tomar sus decisiones). Lo que me preocupa es que el presidente que perdió la legitimidad en Cataluña y el actual parlamento (lo que los catalanes llaman equivocadamente Madrid) no sepan estar a la altura. Necesitamos soluciones, necesitamos consulta, necesitamos propuestas de uno y otro bando y que los catalanes puedan decidir qué quieren ser y poder dedicarnos todos a luchar por temas más importantes.

12. septiembre 2014 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 36 comments

Rentería, el camino de la paz

la foto (4)

Presente y futuro en la Herriko Plaza de Rentería (Carlos Torres)

Los viernes por la tarde, sin importar cual sea el clima, una procesión pagana en la que los asistentes cargan con carteles con siluetas de presos disecciona el centro de Rentería hasta desembocar en la Herriko Plaza. La manifestación, a la que asisten desde históricos presos de ETA, como Txikierdi, hasta familias enteras con sus bebés en los carritos, discurre con la tranquilidad de la rutina. Finaliza cuando los familiares se suben a la escalinata de la iglesia cartel en mano y piden que sus familiares vuelvan a cumplir sus condenas a casa. En lo que dura la manifestación, incluso en el clímax final de la “Encartelada”, decenas de personas cruzan la plaza sin reparar en los familiares, inmersos en sus conversaciones sobre cualquier asunto banal como el arbitraje del último Real Sociedad- Barcelona de copa.

Rentería ya no es la ciudad gris industria de los ochenta en la que esos mismos niños que ahora juegan al fútbol en la plaza jugarían entonces a coleccionar pelotas de goma y cuyos viejos disturbios forman parte del imaginario colectivo de la violencia en Euskadi. Rentería es ahora un pueblo que empieza a sacudirse el miedo del pasado y que quiere vivir tranquilo el presente:  “El problema aquí ya no es el terrorismo, es el trabajo“, relataba una mujer al pie de la ría que parte en dos la ciudad. Muchos de los vecinos, sin importar la ideología que defienden, pues las crisis no entienden de fronteras, apuntalan esa opinión en las calles del casco antiguo. Aún así, todavía es difícil que testimonios tan inocentes como estos se atrevan a compartir su opinión con una cámara delante. Como un viejo tic heredado de los años más duros, muchos se protegen con el impermeable del silencio a la tormenta de las críticas. “Ya no me va  a amenazar nadie, pero tengo un negocio y quiero vivir en paz. Aquí entra gente de todo tipo y no quiero molestar a nadie“, cuenta la mujer antes de volver por donde vino.  Muy cerca de allí, la eterna papelera, uno de los últimos focos activos de aquella urbe entregada a las fábricas,  inunda con su columna de humo blanco el paseo de decenas de jubilados. Algunos de ellos cuentan que el pueblo está mentalmente dividido en dos: el centro, de tradición abertzale, y las zonas residenciales que lo rodean, como Beraun, donde mayoritariamente residen los vascos hijos de inmigrantes extremeños, castellanos o andaluces y tiene su sede la peña madridista de Rentería. En ambas geografías se quiere cartografiar la paz, dejar atrás la estela de los peores instintos: “Vamos a tener que tragar todos sapos y culebras, pero yo creo que la cosa ya no tiene vuelta atrás“, dice un hombre tras  la barra de un céntrico bar que sin ser una herriko taberna está decorado con toda su liturgia.  Ellos tampoco quieren narrar su experiencia para la televisión, tienen miedo que la ingeniería legislativa les acabe auscultando cada palabra en busca de un delito que poder atribuirles.

Sin embargo, aunque para los ojos forasteros sea fácil polarizar la sociedad, posturas a priori irreconciliables comparten a menudo el mismo techo. Como la madre que tuvo un hijo preso y tiene el otro ertzaina, o el hombre que tiene un familiar encarcelado y un cuñado Guardia Civil: “en las cenas de Navidad sabemos que no se puede hablar de política“, relata desde la marcha circular de la encartelada. Las campanas de Rentería son conscientes de esos silencios cuando además marcar las horas parecen señalar también el tiempo perdido en estos años de atentados, torturas, amenazas y miedo. Como el reloj detenido de aquel cartero que murió al echar una carta bomba que habían preparado los GAL en el buzón de un dirigente de Herri Batasuna o como aquel Guardia Civil que tuvo la negra casualidad de ser asesinado por ETA cuando hacía una sustitución momentánea de tres días.

Como pudo verse en el Salvados de anoche (“Tres días en Errentería”), todas las fuerzas políticas del pueblo se unieron en un ciclo de cine junto a víctimas de todo tipo para dejar a un lado las diferencias y dar un pequeño paso al frente: Escucharse para empezar a entenderse. Tres de ellos volvieron a sentarse en una misma mesa para la grabación del programa: “Algo que hace solo dos años hubiera sido impensable“, dice uno de los protagonistas a cámara. Un paso que no se hubiera dado sin que los vecinos exigieran vivir tranquilos para poder crear un futuro en paz. “Tengo una hija que nació hace año y medio, no sabéis lo que supone para mí que haya nacido sin violencia“, contaba emocionada una de las ediles del PNV. “Yo no quiero trincheras, no quiero guerra, quiero convivencia (…) hemos vivido juntos y no nos hemos conocido“, decía ayer Chema Herzog, concejal del PP, en la emisión de La Sexta. Por suerte, parece que él no es el único dispuesto a domar sus rencores en Rentería y abrir el diálogo al prójimo. Quién sabe, quizás puedan elegir para tomar un zurito la casa del pueblo del PSE en Rentería, que tras veintiocho veces asaltada abrió el año pasado por primera vez una terraza al aire libre.  El trayecto será largo y complicado para todos, pero como dice un viejo refrán coreano: “Camino empezado es mitad del camino recorrido“.

31. marzo 2014 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 16 comments

Sin educación no hay salud pública

Hoy se jubila mi maestra. Cuando cierre el libro esta tarde ya no tendrá que salir más de casa rumbo al colegio. Lleva cuarenta años enseñando en la escuela pública, haciendo grande el oficio de dar a quien todavía no sabe. Se va contenta por el servicio prestado estas décadas pero triste por tener que ver a la educación pública en una de sus encrucijadas más difíciles. Estaría bien que todos fuéramos conscientes de que sin educación no hay fuerza, que un pueblo ignorante es un pueblo dominado, que cada recorte al presupuesto es un tajo hondo en nuestras libertades, a nuestras esperanzas. Porque enseñar es la primera forma de hacer la revolución, de rebelarse contra aquello que nos hace vulnerables. Los que gobiernan saben muy bien cómo la educación nos fortalece como sociedad organizada y es por eso que la atacan desde todos los flancos que conocen: la debilitan en las arcas, la manipulan con sus leyes clasistas y anacrónicas, la sobrecargan de alumnos y problemas mientras se empeñan en proteger su coto privado de enseñanza. Porque mientras pagamos el sueldo de profesores de la escuela concertada y financiamos un solo euro de la privada la escuela pública soporta cada vez más alumnos por clase con menos recursos por aula. Quizás sea sólo una persona que se marcha, pero esa maestra que hoy lo deja tardará bastante en ser sustituida porque la administración dilatará todo lo que pueda la llegada de algún maestro nuevo para ahorrarse unas semanas de sueldo. Por lo general sólo mandarán a alguien a tiempo si los padres de los alumnos protestan, si los padres de los alumnos se organizan, si los padres de los alumnos se defienden. Ya sabemos que una ola no puede tumbar un muro, pero que todas las olas hacen marea. Debemos saber que no habrán dejado de privatizar nuestra salud colectiva hasta que nuestra educación se recupere. Estaría bien que, como homenaje a aquella maestra que colocó las primeras piedras para que yo hoy pueda escribir esta columna, exijamos a esos políticos que nos ningunean que devuelvan a los colegios, a los institutos y a las universidades públicas su autonomía. Armemos barricadas de libros, disparemos palabras, defendamos lo público y no permitamos que nos hablen de primas porque nuestro único riesgo es la ignorancia. Gracias maestra por enseñarme tanto, por defender con tu trabajo la dignidad de una sociedad que debe pasar estos años su examen más difícil. Quizás nunca fui el mejor alumno, pero creo que me sé bien la primera respuesta: la educación pública no se vende, se defiende.

30. enero 2014 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 4 comments

El día mundial de la pornografía

el-imparcial-1

Antigua sede de El Imparcial (imagen extraída de http://vestigiosdemadrid.wordpress.com/2012/09/05/la-antigua-sede-del-periodico-el-imparcial/)

Hoy es el día del periodista, algo así como el año chino del mono o de la rata. Un día para golpearnos el pecho, como si de pronto todos los informadores tuviéramos la imperiosa necesidad de celebrar la desgracia que nos une.  Un día para unirnos a todos, como aquella saga fantástica en la que los ejércitos del mal acababan arrodillándose ante la bondad de una compañía a la que los guerrilleros del bien entregaban cada uno su mejor característica. Pero esas cosas solo suceden en la literatura fantástica, que requiere de mucha imaginación. La realidad nos dice que hace años, en 1867, Eduardo Gasset y Artime (el abuelo de Ortega y Gasset) fundó el Imparcial. Cualquiera que camine por Tirso de Molina en Madrid y se dedique a mirar más allá de su smartphone podrá encontrar todavía, como una arqueología del olvido, las huellas de su sede en la calle duque de Alba. El Imparcial fue uno de los primeros periódicos publicados por una empresa independiente no adscrita a ningún partido político, en cuyo suplemento del lunes se publicaron a los mejores literatos de la época. Hoy en día, en una de esas agridulces metáforas del periodismo, el bajorrelieve de la cabecera todavía aguanta en el edificio que ahora habita la sede de un banco y algunos restos de una vieja sala X.

Recuérdenlo, padres que sus hijos estudian hoy en las facultades, en este día en el que muchos lanzarán desde sus santificados micrófonos 21 salvas de honor por las bondades de la profesión, hagan el ejercicio acostumbrarse a que sus hijos valdrán por lo que cuestan y que más de una vez llegarán a casa (son periodistas, no esperen que se marchen antes de los 30) sintiéndose prostituidos. Nuestra profesión es, sin duda, una de las más bonitas de cuantas pueblan el martirio, pero sin sueldo no hay democracia. Ser profesional supone poder vivir con dignidad de ello,  entendiendo que vivir de ello no es cobrar 600 euros por jornadas maratonianas con contratos leoninos, que vivir de ello no es aceptar matricularse de otras carreras para seguir siendo becarios después de los 26,…

En mi generación, esa que empezó la carrera el año de los atentados del 11M, pocos podrán celebrar hoy en las redacciones el día del periodista, pocos podrán hoy sentirse parte de una profesión o representados por popes de la prensa que se rasgan las vestiduras desde sus editoriales por las condiciones de los obreros de Panrico pero que nunca se han parado a escribir sobre cuánto gana aquel que maqueta sus textos. Porque quién puede ser imparcial viviendo con un ojo puesto en el banco y el otro en la pornografía.

24. enero 2014 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 2 comments

Valencia abierta en canal

 

nou

Es insólito, pero conozco unos chavales de Albacete que entienden el valenciano gracias a que la emisión de Doraemon o de la Bola del Drac traspasó las fronteras levantinas y llegó hasta los pisos más altos de los bloques de la capital manchega.  Todavía recibo algún mensaje de vez en cuando con “mira a totes les floretes” o “si vols descobrir”. Lo mismo pasó en las zonas castellano parlantes del País valencià, como mi pueblo, donde hizo más Son Goku por la normalización de la lengua que todos los señores diputados con su escasa comprensión de la realidad valenciana.  No es raro que uno se sorprenda de vez en cuando canturreando las machaconas sintonías que Xoni, Poti i Tiriti nos legaron, porque la tele dio la mano de pintura necesaria a nuestra infancia para que comprendiéramos que nosotros teníamos una lengua común que compartir y sentirla como propia. Más crecido, recuerdo el olor a fútbol de los sábados en los que Canal 9, con su “partit oferit per Bancaixa”, nos narraba a través de Paco Nadal cosas sobre el Valencia (independientemente de que el partido lo jugaran Sevilla y Barça).

Valencia ya es hemoreteca: hoy ya no existe Bancaixa, ni Canal9, el Valencia tiene empeñado hasta al utillero y Paco Nadal, al que vi hace poco micro en mano retransmitir las fiestas populares de Segorbe (sense protecció, sense barreres), se irá al paro como otros tantos miles de profesionales. Sería injusto decir que la televisión valenciana estuvo a la altura de su pueblo y que no hubo acólitos del ladrillismo por doquier que escaletaron la parrilla al ritmo de Si, Buana.  Pero por poner otro ejemplo, mis abuelos, que nacieron y morirán con el castellano como lengua materna, nunca dejaron de ver el Metropolità por aquello de saber qué pasaba en los pueblos de “la contorná”. Y si ellos, octogenarios señores a los que la vida les negó grandes recursos educativos se divertían viendo “la nueve” qué no haría el gos del Babalà con cursos y cursos de niños que crecimos al ritmo del Uh ah (el del programa infantil, no el de Chimo Bayo). Porque Canal9 era una televisión politizada hasta las cejas (no hará falta recordar el vergonzante papel los días posteriores al accidente del metro de Valencia), el brazo armado del gobierno valenciano en el que se negó la reivindicación de la música hecha en valenciano y de la que un grupo nutrido de trabajadores fueron bastante sumisos con la línea editorial hasta que empezaron los problemas laborales (véase el telediario de ayer), claro que sí, pero los que han tomado la decisión de cerrarla han mantenido la actitud hitleriana de matar a un enfermo que puede recuperarse sólo porque nos cuesta dinero.

No se molesten en explicarlo, los dirigentes que todavía mandan en nuestra tierra, y recemos que no por mucho tiempo más,  no entienden que el beneficio de un servicio público no se puede medir en euros. Perdida la eficacia de la bandera del anticatalanismo, que tantos votos les ha dado en las pasadas legislaturas, Fabra, Císcar, Barberá y el resto de compinches de la Banda se han instalado en el cinismo: “nuestra prioridad es centrarnos en la sanidad y en la educación”, dicen sin dar la cara de pan de kilo que tienen. ¿Sanidad? Cuando está toda privatizada y nuestros mayores, como mi abuelo, se murieron en la época de bonanza esperando durante años la ayuda de dependencia concedida.  ¿Educación? Cuándo es la propia escuela valenciana la que debe acudir al micromecenazgo para actuar de urgencia. Eso sí, cuando en la universidad quieran explicar qué pasa en Grecia ya no tendrán que viajar a Atenas, bastará con pasear por Burjassot. Y yo me pregunto, ¿es que no nos merecemos los valencianos que un President comparezca ni siquiera por plasma? ¿En serio? Ni siquiera el mismo día que declaran nulo la chapuza de ERO que hicieron y que ahora dicen no poder asumir (que parezca un accidente, chicos). Eso sí, esta mañana ha tuiteado que la decisión de cerrar RTVV ha sido la más difícil del Consell desde que él es President, pues oye, una vez pasado el mal trago, convocar elecciones anticipadas debe ser mucho más fácil.

Quién sabe, quizás si la tele se llamará Fórmula Nou o Vuelta al mundo en canal autonómico hubieran perdido las posaderas por hacerse una foto y rescatarla. Es nuestra la necesidad de despertar de este mal sueño. En nosotros, los que vimos a Joan Monleón girar una paella gigante, los que hemos visto a los alcoians bajar desde el partidor con sus desfiles, los del Magdalena vítol, los del trau la llengua, los del concierto de las bandas de Lliria ,… en definitiva, los que siempre hemos soñado con una tele pública mucho mejor,  en nosotros está la obligación de recordar que Valencia ni se cierra, ni se vende. Valencia, por mucho que les pese a los talibanes del blaverisme, Valencia se defiende. Y eso es tan de justicia que lo saben hasta en Albacete.

06. noviembre 2013 by Carlos Torres
Categories: Uncategorized | 9 comments

← Older posts