La noche que Rajoy perdió las elecciones

La noche que conocimos a Zapatero yo tenía dieciocho años, un pueblo que parecía muy lejano y un amigo de León. Llevaba apenas seis meses en Madrid, mitad engullido y excitado por el miedo a las alturas de aquella época frenética en la que todo es un misterio y un peligro. Un año atrás tocaba el clarinete en la banda, me peinaba con gomina y tenía como único objetivo en la vida el intercambio de hormonas en los rincones más oscuros de la discoteca Karma de Aspe. Antes de irme de casa, mis padres me habían regalado un cuaderno que habían titulado ‘Diario de un paleto’ para que ilustrase mis andanzas por la capital. Nunca escribí en él por temor a dejar de ser un autor sin obra para convertirme en un autor mediocre más, pero confieso que, de haber tenido agallas para atreverme a escribirlo entonces, la primera página de aquel compendio de piruetas hubiera empezado así:

La tarde del catorce de marzo, Fernando y yo fuimos a Ferraz. Un día antes habíamos estado en Génova para ver desgañitarse a la gente del ‘Pásalo’. Mi amigo me llevaba un año de ventaja en Madrid y se había curtido en las manifestaciones del No a la Guerra pero yo parecía un flan alicantino entre las lecheras de los antidisturbios. Sin embargo, por si acaso alguien pensaba que era un cagón, no me moví cuando la policía anunció por megáfono que cargaría. Distinto fue cuando me llamó mi familia al móvil y, entonces sí, esprinté Santa Engracia arriba para coger el teléfono sin que se oyera el griterío. La vida de un paleto en Madrid es un camino intermitente en el que uno pasa de gritar consignas sobre Alqaeda a esconderse en un callejón para hablar con su abuela.

Sea como fuere, desde que el lunes un profesor nos había mandado cubrir las elecciones generales para una de sus prácticas, Madrid se había derrumbado y levantado varias veces. Las bombas, las manifestaciones y las falsas alarmas habían convertido a la ciudad en una estructura sonámbula. Fernando y yo habíamos pasado el fin de semana caminando en círculos desde Santa Bárbara a la plaza del Dos de Mayo contagiados por esa sensación. Para los dos eran nuestras primeras elecciones generales, pero yo no voté. Faltaban ocho años para Sol y el PSOE todavía no nos parecía la misma mierda que el PP. Por aquellos años, en la facultad corría la leyenda urbana de que una estudiante había conseguido un puesto en El País después de encerrarse en un baño durante horas para ser la única que había logrado una entrevista con Fraga (Fraga, sí) y teníamos como objetivo dar una campanada similar.

Cuando salimos del metro de Moncloa, Rajoy ya sabía que no iba a suceder a Aznar. Merodeamos, cámara réflex en mano, por el perímetro de vallas que abrazaba a la sede socialista buscando grietas por las que colarnos. Tres Ista, ista, ista, España socialista después, el tumulto de la euforia y las groupies de ZP, que existir existían, nos cortaron el paso y nos dejaron avanzar más. Hicimos un segundo intento de tomar la sede por la zona del garaje donde las televisiones tenían sus cámaras y los periodistas preparaban sus stand up. Recuerdo la cara de la corresponsal de TV3 a la que solo le faltó pasarnos la mano por el flequillo y mandarnos a acostar después de haberle contado nuestra idea. Heridos en nuestro orgullo periodístico, Fernando enfiló con determinación hacia la entrada y yo le seguí.

Un gorila nos detuvo: ¿Vosotros quiénes sois? Somos sobrinos de Rafael Simancas, dijo Fernando porque por el extremo contrario del pasillo llegaba el candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid al que ni una victoria en las generales le quitaba ya la cara de ser un hombre al que acaban de robar. Le saludamos efusivamente y, como buen político, Rafael nos correspondió. Qué tal muchachos, cómo vais. En cuestión de segundos estábamos en el epicentro de la noticia, brindando con champán junto a Cristina del Valle y unos conocidos de Jesús Caldera, que ahora no es nadie pero que entonces tenía su propio guiñol. Después todo pasó muy rápido, Zapatero cruzó por delante de nosotros y junto a él una nube de seguridad. La misma seguridad que había dejado que dos estudiantes de primero de periodismo vivieran desde dentro su propio triunfo electoral nos privaba ahora de una entrevista con el futuro presidente. Nos vinimos abajo pero seguimos en Ferraz  hasta que se acabaron los canapés y el carrete.

El peor fracaso vino al día siguiente, cuando intentamos revelar la película y Fernando me confesó que la había puesto mal. Al final sólo salió una foto que nos valió una buena nota en la práctica pero que dio al traste con nuestras pretensiones de acabar con un reportaje en El País. Doce años después, como si nuestra cámara fuera un artefacto del demonio, las fotos de Caldera se fueron borrando también de la vida real. Quizás el profesor de redacción haya ordenado a sus alumnos rurales que cubran las elecciones y ya nadie podrá escribir un diario sobre nosotros porque Zapatero se jubiló, Fernando vive en algún punto indeterminado de Sudamérica,  yo abandoné Madrid y, de toda esta historia, ya solo queda Rajoy.

18. diciembre 2015 by Carlos Torres
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A quién votar con cuatro millones de rayas encima

los planetas

A la hora de la cena Jota sale por la puerta de la izquierda y cruza el escenario. En la pantalla del móvil de una mujer de la quinta fila del anfiteatro brilla el whatsapp que la abuela envía con una foto del niño ya bañado y acostado. El Auditori está lleno hasta las cejas: hay más calvas que melenas, más chaquetas que parcas, más barbas que patillas, más divorciados que solteros y más cuñados que colegas. Nadie sabe si es mejor quedarse sentado o ponerse de pie. El concierto está a punto de empezar pero acabará antes de que cierre el metro. Primer rugido, ovación cerrada. Antes del cuarto tema una chica grita desde el gallinero: “¡Vamos señor! ¡Vamos maestro!”, como si en lugar del buque insignia del indie español el frontman de Los Planetas fuera algo parecido a Joaquín Sabina con sombrero. Todos corean, la energía del grupo les reconforta tanto como reconfortaba a aquellos aficionados de Talese que iban a ver a Di Maggio batear en los partidos de veteranos para volver a sentirse jóvenes cuando el viejo héroe acertaba las bolas. Hoy muchos han venido para que nadie les recuerde en qué frontera están: “Si ellos todavía pueden, yo también” y así, poco a poco, van cayendo del árbol los temas por los que han vencido la pereza para salir de casa un jueves de octubre por la noche.

Es a partir de “Un buen día” cuando ya nadie mantiene a salvo su dignidad. Por más que el niñato anunciara su retirada del fútbol la semana pasada y Mendieta lleve años cortando el césped de Middelsbrough, la chica de mi derecha, que hace un rato se ha escandalizado cuando Jota se encendía un cigarrillo en un recinto cerrado, se deja ahora la voz con los cuatro millones de rayas de Eric. Con ella, toda la generación que brinca en la platea se sacude el contrato indefinido que no llega a pesar de que se lo prometieron hace meses, las visitas a los colegios en los que quieren matricular a su hija, la cuota del gimnasio y el resto de cosas que no imaginaban que iban a tener que hacer cuando todavía no podían pagar los treinta euros que vale hoy la entrada. Echo un vistazo a los mejores tuits sobre el concierto y escarbo en el timeline de sus autores. Muchos de los que propagan su euforia por las redes con ‘Toxicosmos’ escribieron hace muy poco comentarios sobre la vuelta de Star Wars y el aniversario de Regreso al futuro. Me pregunto cuánto tiempo queda para que los hijos les compren dos asientos en el patio de butacas en un concierto de Jota cuando no sepan qué regalarles por Navidad. Pienso en que yo yo tenía catorce cuando mi padre tenía cuarenta y cinco años, quizás los Planetas son los nuevos Serrat.

No me extraña que aquí se sientan importantes. Es a esa generación a la que todos buscan estos días cuando hablan: las marcas para venderles productos, los cines para venderles entradas y los partidos para comprarles el voto. Ya es mala suerte que la campaña caiga en pleno otoño, patria de la nostalgia, y a los fans de Los Planetas se les vaya a hacer largo el cortejo. Me encantaría saber quién hará sentir joven a esta gente la noche electoral. Sólo quedan dos meses para las elecciones y mientras Pablo Iglesias confiesa que le gusta Carlos Cano a Albert Rivera ya le llaman Naranjito. 20 D, pesadilla en el parque de atracciones.

30. octubre 2015 by Carlos Torres
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Jánovas, una democracia en ruinas

janovasEl río Ara barre las primeras hojas del otoño con su agua cristalina. El zigzagueo majestuoso de la corriente desabrocha el valle en dos mitades hasta que el rumor se pierde tras la cerrada. En la margen derecha, al pie de una caprichosa roca con forma de Flatiron, se esconden las ruinas de Jánovas. Hace treinta y dos años que los últimos vecinos cerraron la puerta y se echaron al camino que cruza el río por un puente colgante. Los custodiaba una procesión de guardias civiles al servicio de esos hombres pillos que ven la oportunidad de negocio mientras los demás todavía estamos con la boca abierta por la belleza del paisaje.

Toni y Jesús Garcés reciben hoy a los visitantes en la plaza del pueblo, una explanada ruinosa que podría pasar por una de esas replacetas balcánicas de los noventa. La familia Garcés fue la última chispa encendida contra Iberduero, la empresa que también se llevó por delante los pueblos hermanos de Lacort y Lavelilla. El día que la maquinaria del progreso irrumpió a golpe de decreto en su vida cotidiana para empezar las obras del embalse, Paca Castillo y Emilio Garcés decidieron que se quedarían en casa y con ellos sus hijos. Resitieron veinte años mientras los colonos de la hidroeléctrica levantaron un muro de escombros en pos del interés general, derribaron la escuela, cortaron la luz y cerraron una y otra vez el paso en el puente. Por más que desde sus ventanas vieran cómo las señoras de los ingenieros esperaban el espectáculo de la explosión de dinamita, ellos nunca se rindieron.

Lo cuenta Toni en el próximo Salvados que se proyecta en exclusiva para las familias de Jánovas una semana antes de su emisión. Por eso hoy el pueblo vuelve a estar lleno y el equipo del programa se funde con los protagonistas de la historia en un encuentro que por culpa de las prisas pocas veces puede llevarse a cabo. Es difícil pisar la plaza y no sentirse huérfano. La lógica empresarial que se aplicaba durante el franquismo dice que este puñado de cimientos que se observa a ras de suelo no debería de ser hoy en día más que un campanario que emerge de puntillas los años de sequía. Por eso, cuenta Toni, cuando Franco y su afición a las inauguraciones anfibias bajaron la persiana, los Garcés lo celebraron seguros de que el proyecto del pantano no llegaría.

Hoy se arrepienten de aquello, pero cómo iban a saber entonces que la tan cacareada Transición no iba a pasar por Jánovas. Cinco años después de estrenar la Constitución, con Felipe González en el poder, una riada de fuerzas del Estado se los llevó por delante y dejó al pueblo sin vida. Toni señala la casa que quedó vacía. La mayoría de los asistentes tienen el esqueleto de su vivienda arrumbado en estas calles. Por eso han viajado hoy desde Barcelona, Zaragoza o Huesca. Allí se exiliaron sus familias a cambio de una indemnización tan pobre como forzosa. Muchos lamentan todavía en los corrillos que los mayores no resistieron al ajetreo de la vida urbana y se dejaron morir con la pena de no poder ser enterrados en el modesto cementerio que se cobija a espaldas de la iglesia donde fueron bautizados. La iglesia, hoy propiedad de Endesa, es el edificio que mejor resistió el trabajo de demolición de Iberduero. Quizá porque los trabajadores temían la ira de un dios vengativo, quizá porque siempre viene bien conservar una imagen pintoresca con la que presentar los balances anuales. En sus faldas las tumbas de los que se quedaron aquí enterrados subrayan con tristeza las vidas que hay que secar para poder anegar un valle con un pantano. Hasta la muerte abandonó a este pueblo. Y así hubiera seguido de no ser porque el gobierno de Aznar, ya en los dos mil, fracasó en su intento de sortear una normativa europea. La amenza se esfumaba y en Jánovas comprendieron en ese momento que sus casas, ahora propiedad de una hidroeléctrica, habían sido expropiadas y demolidas en vano. Han intentado recuperarlas desde entonces pero la empresa les pide más de treinta veces el precio que les pagaron en su momento.

río ara

Los vecinos se saben de carrerilla cada curva de los hechos, pero todavía se angustian cuando el próximo Salvados repasa la cronología de aquel disparate o jalean cuando el programa trata de encender la luz en los despachos más oscuros del ministerio de medio ambiente. El visionado es en la antigua escuela, un edificio que los habitantes de Jánovas han puesto en pie para empezar a devolver el aliento al pueblo. Si la emoción les pinta alguna lágrima sólo es para enseñar a todo el equipo que, del mismo modo que hay ‘Distintas formas de mirar el agua’, hay distintas formas de observar los escombros. Las ruinas de Jánovas, por ejemplo, apuntalan con su dignidad todas nuestras vergüenzas. De qué sirve esta democracia si no puede proteger del abuso a sus ciudadanos. Después del pase los vecinos nos hacen almorzarnos la rabia con cordero. Aunque todavía no puedan festejar el día a día en sus casas, saben que antes o después volverán a llenar Jánovas de vida. Por eso, celebran su resistencia contra la derrota ofreciendo música y vino a todo el que se acerca al pueblo. Poco después, cuando nuestro coche abandona el camino de piedras donde el sol salpica el río, se escucha todavía la rondalla. Hacemos una última parada para fotografiar la panorámica y cuesta creer que hace no tanto este paraíso estuvo a punto de extinguirse. Por encima de las guitarras y acordeones han quedado grabadas las palabras de Paca Castillo, una mujer sencilla a la que un pantano fantasma le arrebató media vida. No ha querido ir hoy a la fiesta pero con ochenta y ocho años le resta energía para prestarle el rostro a la memoria. Qué es la justicia, se pregunta y cuando su voz ajada se sacude el sufrimiento todas las rocas del pueblo tiritan porque saben que el agua que se marchó hacia el Cinca ya nunca volverá para ella.

28. octubre 2015 by Carlos Torres
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Un solo pueblo

Puta2
En la casa en la que vivía han colgado una estelada. Paso por delante del portal cada mañana de camino al trabajo, todavía deben llegar al buzón algunas cartas a mi nombre. Mi viejo piso- frío, caluroso, extremo- llevaba sin alquilarse tres o cuatro meses desde que lo dejamos. Ahora la bandera delata que la vida ha vuelto a germinarle. ¿Será una pareja o un soltero? Allí uno nunca se sentía solo porque los pasos tiritaban en los azulejos del suelo hidráulico y el ruido se propagaba como un tsunami por toda la casa. Pedimos que nos pusieran parqué pero se negaron a hacerlo. Espero que al nuevo inquilino al menos le hayan arreglado el grifo de la cocina, pero mucho me temo que la cuenta corriente del casero no entiende de patrias.
Mi antiguo bloque es una finca de Gràcia, veterana, acostumbrada a banderas. El vecino de abajo puso una del Barça para decir ‘no he sido yo’ al minuto siguiente de que un puñado de madridistas saliéramos de la clandestinidad en el último suspiro de la final de Lisboa. La peña culé-atlética gracienca, inexistente hasta la fecha, llevaba 92 minutos amargándonos el partido con su pólvora mojada. Después de aquel día, bautizamos a mi calle como Avenida de la Décima. Ahora vivo a trescientos metros de allí, en un tramo de acera que es un palimpsesto en el que a primera hora de la noche unos cafres pintan Viva España y por la mañana otros le han escrito encima Puta. Quizás por eso, hace un par de años, los vendedores pakistaníes de la diada despachaban con un brazo la bandera catalana y con el otro la rojigualda.
A mi actual vecino se la traen al pairo las dos afirmaciones. Ninguna patria le convence porque hace un tiempo su sobrino casi se deja el aliento saltando de una a otra en la valla de Melilla. Me lo encontré en el ascensor con el As en la mano. De qué equipo eres, Pablo. Del Espanyol, pero me caen muy bien los del Barça, ¿eh? Tranquilo Pablo, yo soy el Madrid. ¿Del Madrid? Uf, yo también. Juntos hacemos uno de los rellanos más atípicos de toda Barcelona. La semana pasada se nos cagó en la escalera un inquilino del piso turistico que hay en el ático. Una de las cosas en las que se pusieron de acuerdo los vecinos indepes y los unionistas es que aquello era una guarrada. IMG_3480
Ayer fui a votar con mi antigua compañera de piso. Cordobesa, trabajadora en el puerto, 28 años. Todos sus compañeros del grupo de batucada iban a votar a la CUP. Nosotros no supimos bien qué hacer hasta el último momento. Mucho más claro lo tuvo el miembro de la brigada paracaidista que votó delante de nosotros mientras sacaba pecho para que el resto viéramos sus emblemas. Media hora después, si de mí hubiera dependido, hubiera votado a la camarera del bar de Saragossa que es la única en Barcelona que sabe tirar bien las cañas.
De vuelta a casa reconté cientos de balcones con esteladas, muchas menos españolas, alguna bandera republicana y una señora tendiendo ropa interior que ante la primeras gotas del día dudaba si descolgar del tendedero su nacionalismo más íntimo. Seguro que a la mujer de la lluvia los resultados de las elecciones no le pillarían en bragas. Para el sí ganó el sí, paro el no ganó el no, para Unió la democracia. Los de C’s acabaron con las existencias de ginebra en el Upper Diagonal y los que estaban a punto de celebrarlo en el Born descorcharon el cava sin salirse del guión de la victoria soñada. “Un solo pueblo, un solo pueblo”, gritaban en la conexión de TV3. Y yo me fui a dormir pensando que en mi bloque sólo hemos sabido decretar por unanimidad que si huele a mierda en el rellano, huele a mierda y no pasa nada.

28. septiembre 2015 by Carlos Torres
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Tranvía busca lectores

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A las nueve de la mañana la plaza de Francesc Macià es uno de los extremos de los vasos comunicantes que unen el extarradio de Barcelona con el centro de la ciudad. A esa hora el andén está lleno de trabajadores y estudiantes que esperan al tranvía que le desabrocha las legañas a la Diagonal. El tren que yo cojo va y viene cada diez minutos desde la sede de La Vanguardia hasta el polígono industrial donde se camufla la redacción del programa en el que trabajo. Al no ser que arañe algunos minutos en la demora, tengo tasada la distancia hasta Sant Feliu de Llobregat en treinta páginas por viaje.

Me gusta leer aquí porque es un viaje muy literario. Parte de la plaza que es el polo sur del barrio barcelonés que alumbró los mejores días del boom latinoamericano y abre trocha en línea recta hasta la universidad. No hay visitas guiadas para turistas, pero la primera parada de ese itinerario está en L´illa, justo enfrente de la entrada de la Fnac. Los que estén familiarizados con esas superficies sabrán que hace tiempo que el desierto de la tecnología ha cercado el ecosistema de la narrativa, lo que en resumen sólo es una réplica a gran escala de la tragedia doméstica que ha supuesto quitar las estanterías del salón para que quepa bien una buena tele de plasma.

A escasas dos paradas de allí, en el Corte Inglés, las cosas tampoco mejoran. Es una estación concurrida porque muchos viajeros que vienen del metro se reenganchan a nuestro convoy y llenan de prisas los vagones con su transfusión. Sin embargo, a pesar de la concentración de fragancias, la ratio de libro por pasajero es tan pobre que es mejor no mencionarla para no abochornarse. Se reanuda la marcha y las plantas colgantes del edificio de Planeta surgen a la derecha como un santuario de ciencia ficción. Qué dirán los trabajadores de la editorial, al saber que los artefactos que fabrican desde sus sellos apenas tienen penetración en los andenes. Aunque en honor a la verdad sería injusto decir que nadie lee, pues casi todos los pasajeros están ensimismados en sus pantallas telefónicas y para cuando el tranvía peina Les Corts el transporte público es una jungla de smartphones. Duele especialmente que sea aquí, a tan pocos metros del piso que Bolaño ocupó con su madre y su hermana la primera vez que vivió entre nosotros y tan cerca del tanatorio donde se veló su cuerpo antes de l último adiós.

Atrás queda el recuerdo del chileno cuando las vías resquebrajan la universidad en dos mitades, a la derecha matemáticas y a la izquierda arquitectura. Antes un buen médico, un buen arquitecto o un buen matemático, debían leer literatura para ccompletar su formación. Hoy los estudiantes bajan con las manos vacías y sólo de tanto en tanto aparece algún alumno que no se avergüenza de llevar una novela bajo el brazo. No es que uno pida que se lea como en Finlandia, a razón de cuarenta y siete ejemplares al año, pero votaría gustoso en las próximas elecciones al partido que me asegurase que va a hacer todo lo necesario para subir el índice de natalidad cultural. De momento, ni independentistas ni unionistas han hablado de cultura en la campaña del 27 de septiembre. No sé si es que a ambos les molesta o es que sencillamente ahora no toca. La duda me ronda la cabeza toda la mañana y buena parte de la tarde hasta que, ya de vuelta, leo que ha muerto Carmen Balcells. Punto final a una de las páginas más vitales para la literatura en castellano. Xavi Ayén debe estar a estas horas escribiendo su obituario en La Vanguardia. Levanto la vista para buscar el edificio y ni un sólo libro abierto abanica el llanto en la despedida. Será la rabia de la ausencia, pero de poco servirá el legado de la superagente si no le encontramos con urgencia lectores a este tranvía.

22. septiembre 2015 by Carlos Torres
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Mortal y sirio

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Uno de los pasajes mitológicos más bellos de la literatura española asegura que Francisco Umbral lanzaba los libros que no le gustaban a su piscina. Y aunque él ayudó a propagar la hazaña en alguna de sus columnas, la viuda, María España, insistió que aquello no era cierto, que lo más que hizo el escritor fue lanzar a la balsa uno o dos libros de sus enemigos, porque si de verdad hubiera tirado al agua todos los que no le gustaban hubieran tenido que mudarse a un aquapark. Aún así, yo prefiero creer que Umbral lo hacía, que se subía a la primera planta de la casa, se asomaba a la ventana, echaba un último vistazo a la cubierta y arrojaba el libro a la piscina como si fuera un obús de intrascendencia. Al menos así es como me gusta recordarlo, porque al fin y al cabo las cosas que no se han vivido son las que mejor se evocan. Dice Eduardo Arroyo, en lo que a la piscina se refiere, que lo curioso del asunto es que a un libro lo mismo le vence el fuego que le vence el agua. Sin embargo, desde hace unos años a nadie se le ocurriría quemar ningún volumen, por insufrible que éste fuera, si no quisiera exponerse a ser tachado de filofascista.

Lo cierto es que hace poco me recordaron la anécdota de la piscina y sentí la tentación irrefrenable de visitar otra vez a Umbral. Incluso no siendo padre, no sé si ha sido una buena idea, porque estas vísperas de otoño, húmedas e inestables, uno toma ‘Mortal y rosa’ y se le afila tanto la nostalgia que se han de hacer altos en el camino para evitar herirse las costuras. Allí Umbral no es ese autor huraño que arroja novelas al agua estancada, sino un hombre vencido frente al océano que mientras ve a la marea subir y bajar, cree escuchar como todavía crece su hijo a pesar de estar muerto. El libro es un aullido que se podría haber escrito a pie de playa con los ojos de un padre sirio, como el de Aylan Kurdi, que escuchó llegar la muerte entre las olas y nada pudo hacer para detenerlas.

Pero no sólo él, porque hoy Umbral tendría en Europa cientos de alter egos  donde elegir. Padres y madres que por huir de las corrientes que arrastran a sus críos al abismo se han enfrentado a las bombas, al desierto y al Mediterráneo. Qué iban a saber ellos que, después de todo los martirios de los que han logrado escapar, la Unión Europea iba a lanzarles con sus subastas de miseria un jarro de agua fría. En el periódico, junto a sus caras asustadas está la periodista cobarde que repartía a base de zancadillas tarjetas de bienvenida a la civilización. El fuego de las patadas a traición y el agua de los gobiernos que regatean cuotas en Bruselas. Lo curioso del asunto es que los dos elementos vencen al padre y al hijo, pero solo al uso de uno de ellos se atreverán a llamarlo fascismo.

10. septiembre 2015 by Carlos Torres
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Todas las fotos son la misma

Todos la hemos visto. Un policía turco rescata el cuerpo inerte de un niño. Hay golpes en la boca del estómago para los que no se necesita ningún contacto. Cuenta Arturo Barea en su trilogía autobiográfica que, en los primeros meses de su trabajo en el servicio de censura de la guerra, se confiscaron unas fotos del depósito de cadáveres donde descansaban sesenta niños muertos en Getafe por los bombardeos de la aviación alemana. Los jefes del departamento creían que no era conveniente mostrar esas fotos porque se solía preferir que las imágenes que viajaban al extranjero reflejaran a milicianas jóvenes con sonrisas enérgicas o a obreros camino del frente con el fusil colgando del mono del taller. Mucho mejor un puño en alto que la manita flácida de un niño vencida por la muerte.

Por la noche Barea bajaba a los sótanos del edificio Telefónica y se los encontraba atestados de familias desorientadas, a las que mataba el hambre, el hacinamiento o la contienda. Según el escritor, tampoco eso se dejaba pasar en el improvisado servicio de censores que se había montado con el personal más cualificado que se había encontrado disponible y del que él formaba parte. Era noviembre y el cerco que se estrechaba sobre Madrid empezaba a estrangular el centro. El gobierno republicano se había trasladado a Valencia para evitar someter su actividad a los inconvenientes de la vanguardia. Según admite, fue en ese momento en el que los papeles empezaban a arder con la esperanza de que las cenizas no dejaran rastro cuando Barea se topó de nuevo con las fotos del bombardeo. Y entonces llegó el debate: conservarlas o destruirlas. El mismo debate que ha saltado de redacción en redacción desde la Primera Guerra Mundial hasta el comité de redacción de El Mundo de ayer por la tarde porque, en el fondo, todas las fotos que nos revuelven la conciencia son la misma.

Arturo Barea cuenta que vio a un pequeño con la boca abierta de par en par al que la muerte había retratado en su último grito. El madrileño creyó entonces que quemar aquellas fotos hubiera sido como matarlos dos veces. Relata que las conservó y que incluso pretendió hacer carteles para que el mundo las viera. Sin embargo, las fotos las acabó publicando el Partido Comunista. Hoy, casi ochenta años después, todavía no hay consenso sobre si aquel supuesto bombardeo fue una exageración de la propaganda republicana o el trabajo de la censura franquista en la posguerra. ¿Hubiera pasado lo mismo si después de contrastar la noticia un corresponsal extranjero hubiera roto el cerco de la censura?

La cuestión es parecida desde que existen cámaras capaces de registrar la miseria humana. Eso nos lleva a preguntarnos qué se debería haber hecho con el niño de la playa. Unos dicen que mejor hubiera sido informar de su muerte sin imágenes y haber guardarlo las fotos en el cajón al que van todos los niños muertos a los que hemos olvidado. Otros argumentan que no es necesario ver fotos de un niño muerto para saber lo que es un niño muerto, que si fuera un niño español no la habríamos visto. En la acera opuesta están los que comparten la imagen en todas sus redes sociales, como si cogieran del cuello a sus amistades para que no aparten la vista. Yo no tengo la solución, pero mientras la marea de twitter sube con nuestro debate estéril, todas las orillas son una frontera, todos los niños fotografiados son el mismo niño y todos los silencios la peor respuesta.

03. septiembre 2015 by Carlos Torres
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Felipe empuja el carro

IMG_3034Algunas señoras de mi pueblo nunca salen de casa sin su carro de la compra. No importa demasiado si el mercado está abierto o cerrado, ellas se arreglan el pelo, se aferran al Rollser, se santiguan y se echan a la calle. No es difícil avistarlas por las mañanas cerca del sagrario, con el carro en doble fila, rezando por las oposiciones del nieto o el alma del marido. Por las tardes se agrupan en manadas para tomar café en la plaza y por el camino van arando las siestas con el ruido de sus ruedas. Mi abuela, que tiene los ojos afilados, me ha explicado que el carro es una trampa de las señoras más coquetas. Que muchas mujeres, cuando les falla la rodilla y el médico les dice que necesitan un bastón o un andador para descargar el peso cuando caminan, prefieren apoyarse en el carro de la compra a tener que soportar el cuchicheo de las vecinas. Así que, aunque parezca que los supermercados de este pueblo gozan de una gran salud, las únicas compras que las señoras llevan en sus carros son unos cuantos kilos de apariencias. El ingenio es maravilloso porque les permite llegar a la siguiente esquina sin necesidad de mostrarse vulnerables.

El uso del carro no es más que una nueva evidencia de que España es un inmenso trampantojo. Sólo así se explica que ayer, al abrir el periódico, uno se encuentre a Felipe González reivindicando su condición de ciudadano raso. Lo dice en una carta que el viejo socialista dirige a los catalanes desde el diario El País. Si a estas alturas todavía alguien no la ha leído conviene tener Almax a mano. No es que diga nada nuevo o sesudamente revolucionario pero, en mitad de puntos de vista más o menos asumibles, Felipe compara la efervescencia de Cataluña con las aventuras alemanas e italianas de los años treinta. A estas alturas del guión, cualquiera sabe que llamar fascistas a los independentistas quizás no sea lo más sensato del mundo, pero parece que el expresidente se ha decidido a relevar a Wert y Albiol como capataz en la factoría que fabrica independentistas.

La táctica no es nueva. Ya hace décadas que Mayor Oreja y sus amigos atizaban a los vascos cuando querían salir en las portadas. Después se acabó ETA y ahora ya no se les ve salir mucho de casa. Nuestros viejos políticos se hacen mayores y se le agrietan las caderas, pero en vez de apoyarse en la sensatez prefieren ponerse coquetos y echarse a las redacciones con sus ocurrencias. Felipe González, el príncipe de las alcantarillas, empujó el carro por sus portadas. Es verdad que él, como las señoras, ya no pueden engañar a nadie, pero quién sabe a cuántos despertará de la siesta con el ruido de sus ruedas.

31. agosto 2015 by Carlos Torres
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1985

El domingo cumplo treinta años.

El día que nací alguien asaltó el garaje donde dormía el Ford Orion de la familia y le rompió las cuatro lunas al coche. No fue el Berlín del 38 pero técnicamente vine al mundo en la noche de los cristales rotos. Nunca se supo quién pudo causar el estropicio, pero de lo que estoy casi seguro es de que esta vez no fueron los nazis. Más alemán fue en cambio que, mientras yo esperaba mi debut en el banquillo, el Madrid le levantó al Bayern un cero a dos en el Santiago Bernabéu. A esa misma hora, mis padres iban camino de Alicante dentro de su coche mellado, con las contracciones en el vientre y el aire despeinándoles los nervios. Por si fuera poco, en las semanas de descuento del embarazo, el médico les había dicho que en vez de un niño le venían dos, así que no estaba la Quinta como para enseñarle a mi madre a remontar.

Después de aquello, me crié en una comarca de interior a veinte kilómetros de la costa. Allí aprendí que muchas veces la playa nunca está tan lejos como a quince minutos. Tuve una infancia rural y feliz, como la que se imaginan los niños que se quedan los veranos en Madrid porque ellos no tienen pueblo al que marcharse en agosto. Mi imaginación era inversamente proporcional y ya entonces soñaba con conquistar sus ciudades: primero como futbolista, después como músico y, por último, como escritor. Nunca se sabe, pero a mi edad Van Basten estaba retirado, Vargas Llosa ya había escrito ‘La ciudad y los perros’, Janis Joplin muerto y yo todavía invierto gran parte de mi sueldo solo en el alquiler. Tal vez los treinta sea la edad de empezar a bajarle la persiana a los sueños. No es pesimismo, pero no necesito frases con aroma a Coelho, porque al único alquimista impaciente que he conocido se mordía las uñas en clase de física hasta que sonaba el timbre y podía bajar al patio a vender hachís.

Una mañana, la maestra de inglés se levantó creativa y nos pidió que hiciéramos el esfuerzo de imaginarnos décadas después: ‘Vamos a hacer un ejercicio para aprender a utilizar el futuro y quiero que escribáis cómo os veis el día de mañana’, nos dijo. Ahora suena ridículo, pero entonces yo estaba convencido de que, antes o después, encontraría el modo de convertirme en el Bill Gates del Vinalopó Medio. Recuerdo que titulé la redacción con el nombre del sistema operativo que pensaba patentar: Towers 2020. Al la semana siguiente me pusieron gafas. Sin embargo, la cosa no se torció del todo hasta que en acabé el bachillerato y, en vez de matricularme en ingeniería informática, convencí a mis padres para que me dejaran una mañana en la puerta de la Complutense. Recuerdo que hacía frío, mucho frío. En el pueblo me habían dicho que el de Madrid no es como el de aquí, que basta con cubrirse bien para no sentirlo. Pero yo estaba helado porque contra el frío de la edad adulta en plaza España no hay más abrigo que el tiempo.

Decía Quino que habría que multar a las vacaciones por exceso de velocidad y algo muy parecido deberían haber hecho con mis años universitarios. Yo pensaba que una vez hecho el gran esfuerzo de decidirse a salir de Aspe el resto sería cerrar la puerta de casa y abrir la del diario El País. Lo cierto es que puse mucho más empeño en aprenderme las reglas del futbolín en Malasaña que el manual de Grijelmo y así, sin medias ni guarras, se me escapó la carrera en el tiempo que se tarda en rebobinar la cinta en el Laberinto. Tuve suerte y acabé aprendiendo el oficio en Interviú sin enseñar las tetas y en Callejeros sin drogarme. Allí, un señor en un rodaje me contó que yo había nacido el mismo día que murió el Yiyo en la plaza de Colmenar. ¿No se le habrá pegado algo del maestro?, me dijo. Aquel día también murió el toro, repliqué por no decirle que yo no creo en reencarnaciones. Es verdad que me gustaría ser inmortal como los animales de Borges, que lo son porque ignoran el final, pero se llega a una edad en la que la muerte llena todas las paredes con sus anuncios. Quizás tenía razón el argentino cuando decía que la vida no es más que una muerte que se viene.

A mi edad, mi padre tenía un coche, un trabajo fijo, dos hijos y una casa y yo ni siquiera he sido capaz de sacarme el carnet. Es verdad que tengo un máster, una carrera, un premio de poesía local y una vez me vine arriba y me atreví a decirle a mi abuelo, que superó la orfandad, el taller y la guerra, que soy miembro de la generación más preparada de la historia. Espero saber decirle algún día para qué. El domingo cumpliré treinta años y no tendré ninguna crisis existencial. Son cosas como las que mis padres hayan cambiado la bañera por un plato de ducha por si algún día tuvieran problemas para entrar las que me hacen sentir vulnerable, como si las certezas tuvieran agujetas. Tengo treinta años y no soy millonario, cantaban Los Punsetes. El tiempo se escurre entre los dedos y se que no se ha inventado policía capaz de cazarle en un radar.  De aquel prometedor Towers 2020 ya solo queda la tentación de reiniciar el sistema de tanto en tanto. Quién sabe si volverán a venir de noche para rompernos los cristales. Después de todo, creo que nunca he aprendido a utilizar el futuro.

27. agosto 2015 by Carlos Torres
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Tres días de luto oficial en Misent

en la orilla

Estos días Misent está abarrotada de madrileños. Empezaron a bajar los primeros fines de semana de mayo y no se irán del todo hasta que septiembre irrumpa con su languidez y la ciudad deje de ser una brasa furiosa en mitad de la meseta. Si uno se acerca a la playa por la tarde todavía puede verlos desesperándose en los semáforos en rojo, con la camisa abierta y el bañador mojado, sacando el brazo por la ventanilla para atrapar con los dedos el último salitre del verano. Antes de partir harán un esfuerzo para sentarse a cenar en un restaurante con espectáculo o tomarán un barco a la isla con la quilla de cristal para amortizar así su costumbre de caminar mirando al suelo. Harán planes con el frenesí de unas vacaciones que se acaban pero, por desgracia, ya no podrán negar en sus caras que la cuenta atrás ha comenzado, como comienza siempre cada quince de agosto, el último gran puerto puntuable del verano.

A partir de aquí todo es cuesta abajo: los castellanos empiezan a embalar los bultos en sus pulpos de goma, los camareros ya huelen a la prestación del Inem y los patinetes de la orilla se amotinan en barricadas como los del Quemado de Bolaño. Pero eso vendrá después, porque esta noche en Misent hay fiesta y las familias de la multipropiedad se mezclarán por el paseo marítimo con los señores del jacuzzi en la terraza y la barraca reformada del abuelo. Lo harán sin saber que, aunque no bajen los cristales tintados de sus ventanillas por miedo a que los pasodobles de las charangas les arruinen el punto álgido del coro de los peregrinos, ellos también se impacientan en los semáforos y le dan a la bocina; que ellos también fondearán en Tabarca aunque no tendrán que hacer cola ni comprar el ticket y que, en vez de mirar a los salmonetes por el casco, observarán a los peces gordos por la borda, con un ojo en su campo de almendros y el otro en el futuro suelo urbanizable. Compradores y comprados. Nadie nos enseñó a distinguir a los chacales de sus presas como Rafael Chirbes, el autor que recalificó nuestra literatura y halló lo extraordinario donde los demás sólo eran capaces de ver una montaña de hedionda rutina. Chirbes fue algo así como el faro de Misent. La luz que repasó con su mirada el mar Mediterráneo, consciente de que un escritor no puede evitar el naufragio pero sí subrayarlo.

Los últimos meses estaba tan harto de mirar siempre desde su atalaya la misma línea del horizonte que había empezado a decir que sentía que ya estaba todo dicho, todo contado, todo vivido y que sólo le quedaba consuelo y desasosiego en releer todo aquello que no comprendió en su momento. Cito: “O sea, la desesperante tarea del niño que quiere meter en el mar su pocito de playa. ¿Cómo escribir si no sabemos nada?, y ¿cómo atreverte a escribir con todas las cosas buenas que se han escrito?”.

Esta noche en Misent los madrileños irán a la verbena y se dejarán emborrachar con las bebidas baratas de verano. Verán la bandera a media asta en el ayuntamiento y no sabrán por quién doblan las campanas. Es mejor así. El concejal de cultura que decretó los tres días de luto tampoco sabrá explicar bien quién es el hombre que hoy por la tarde guardó su luz en un cajón y se dejó marchar a la deriva en un pocito de playa. “Es uno al que le daban premios”, le contará a sus amigos en la cena. Los turistas, ajenos a las tragedias de la literatura, bailarán hasta que el hígado aguante y acabarán en la playa apretando la carnes o vomitando la cena. El primer sol del día salpicará tímido la arena mientras un BMW cargado de remordimientos apurará un semáforo en ámbar. Como sucede con todos los faros, uno no termina de saber lo necesarios que son hasta que se apagan.

 

15. agosto 2015 by Carlos Torres
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